Una sola noche

capitulo 8: El plan sardina

El jefe abrió la puerta del despacho con cautela.

—Señor… alguien del Cartel de Juárez lo está buscando.

Chaco levantó apenas la mirada de su escritorio.

—¿Quién me está buscando? —preguntó sin emoción.

—Alguien del cartel, señor. Dice que es urgente… algo sobre el Plan Sardinas.

Por primera vez en varios minutos, la mirada de Chaco cambió. Sus ojos, hasta entonces apagados, se afilaron como cuchillas.

Se levantó lentamente de su asiento.

—Dile que voy ahora.

Antes de salir, abrió el cajón del escritorio. Dentro, perfectamente alineado sobre terciopelo negro, descansaba su revólver. Lo tomó con calma, lo giró entre sus dedos, revisó el tambor.

Impecable. Limpio. Listo para sumar otra víctima.

Guardó el arma y salió.

—Voy solo —ordenó a sus guardaespaldas—. Quédense vigilando la oficina.

Ellos intercambiaron una mirada breve, pero no discutieron.

El ascensor del edificio, silencioso y lujoso, emitió un leve click al abrirse.

Chaco entró.

Las puertas se cerraron.

Durante el descenso comenzó a colocarse la máscara que usaba cuando actuaba bajo el nombre de Leonardo. Pero algo era distinto.

Sus manos sudaban más de lo normal.
Su pierna izquierda temblaba ligeramente.
Y su mirada… estaba más fría que nunca, como si una parte de él ya no estuviera allí.

Click.

Las puertas del ascensor se abrieron.

A lo lejos lo esperaba un hombre robusto, de aproximadamente metro ochenta. Sus anteojos reflejaban la luz del lobby con el mismo brillo pulido de sus zapatos.

—Usted debe ser el famoso Leonardo —dijo una voz grave.

Chaco asintió con una sonrisa educada.

—Sí, señor. Mucho gusto. Escuché que quería hablar conmigo sobre un asunto importante.

—Así es —respondió el hombre—. Hay un pequeño inconveniente.

—Entonces venga a mi oficina —propuso Leonardo.

El hombre negó con suavidad.

—Prefiero un lugar más privado.

—En mi oficina no entra nadie sin mi autorización.

—Lo sé. Pero sus guardias estarán afuera… y no deberían escuchar nuestra conversación.

Chaco lo observó en silencio.

—Es lo mejor que puedo ofrecer.

El hombre sonrió apenas.

—He oído sobre una habitación… en construcción. Nadie cerca.

Chaco lo pensó un segundo.

—Habitación 123. Tercer piso.

—Perfecto. Entonces iremos allí.

El hombre —Luis— caminó primero hacia el ascensor.
Leonardo lo siguió, intrigado.

Las puertas se cerraron.

Durante el ascenso, el silencio se volvió pesado.

Cuando se abrieron nuevamente, ambos salieron hacia un pasillo oscuro y casi vacío.

La máscara de Leonardo desapareció de golpe.

—Dime qué carajos quieres —dijo Chaco, seco.

Luis caminó unos pasos más.

—Solo hablar de este pequeño… y gran proyecto.

Chaco se detuvo.

—¿Cómo mierda sabes del proyecto? Nunca escuché de ti.

Luis lo miró.

—¿Alguna vez oíste hablar del Santo Cortez?

Chaco frunció el ceño.

—Sí. Un gran asesino.

Luis sonrió.

—Mucho gusto.

Llegaron a la habitación.

En el centro había una mesa metálica iluminada por una única lámpara blanca.

Luis dejó un maletín sobre ella y sacó varios papeles.

—Tu plan para pasar droga por el país está fallando —dijo con calma—. Más de veinte transportistas fueron arrestados… y las últimas tres entregas no se realizaron.

En ese momento, una paloma chocó contra el enorme ventanal.

El golpe seco resonó en toda la habitación.

Luis giró la cabeza por instinto.

A varios edificios de distancia, Francis observaba a través de la mira de su rifle.

—¿Lo tienes? —susurró Dickens por el auricular.

—Lo tengo.

—Entonces que estas esperando dispara.

Dos disparos rompieron el silencio.

El vidrio estalló en mil fragmentos.

Pero Chaco seguía de pie.

El segundo disparo venía de otro lugar.

Desde otro edificio, más atrás, un francotirador desconocido había abierto fuego.

La bala impactó en el estómago de Francis.

—¡Mierda! —gruñó mientras caía hacia atrás.

Dentro de la habitación, Chaco intentó desenfundar su revólver.

Luis se lanzó sobre él.

La pelea fue brutal.

Golpe tras golpe.

Sillas cayendo. Vidrios crujendo bajo los pies.

Chaco terminó en el suelo.

Luis tomó el revólver.

Lo abrió.

Vacío.

En ese instante, otro disparo atravesó el aire y rozó su oreja.

Sin pensarlo más, Luis corrió hacia el ascensor.

Las puertas se cerraron justo cuando otro disparo perforaba la pared.

Abajo, salió corriendo hacia un auto negro estacionado en la calle.

Al mismo tiempo, Francis, sangrando y apenas consciente, bajaba tambaleándose por las escaleras del edificio opuesto.

Llegó al vehículo.

Luis lo ayudó a subir.

El motor rugió.

La lluvia comenzó a caer con violencia sobre la ciudad.

El auto desapareció en la noche.

y Luis comenzó a preguntarse si todo lo que había pasado en las últimas horas había sido una simple coincidencia… o si alguien había estado moviendo los hilos desde el principio.




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