Una sola noche

capitulo 9: Una sola noche

Mientras Luis, arrodillado sobre un gran charco de sangre, espera su inminente destino con los ojos cerrados, recuerda a sus amigos, a su familia, a la guerra… y a todas las decisiones que lo trajeron hasta ese momento.

Del otro lado, un revólver apunta directamente a su cabeza, esperando el instante exacto para disparar. El jefe, con una risa molesta y humillante, lanza insultos crueles contra el indefenso Luis. Está disfrutando cada segundo.

Pero antes de que pueda decir algo más, una enorme limusina aparece al fondo del lugar.

Las luces golpean la oscuridad y encienden aquel sitio que hace unos minutos se tiñó de violencia. Un fuerte portazo retumba por el gran pasillo, oscuro y solitario.

Unos zapatos brillosos pisan el agua mezclada con sangre.

Un hombre trajeado, con el peinado prolijo y una sonrisa de oreja a oreja, comienza a reír cada vez más fuerte. Una risa cargada de desprecio.

—Ay, mi querido Luis… —dice con una voz burlona—. Qué lástima verte en esta situación.

Aquella voz le resulta familiar.

Luis abre lentamente los ojos. Al principio solo distingue una silueta frente a él, pero a medida que su vista se acostumbra a la luz, el rostro se vuelve claro.

Con la voz casi rota, murmura:

—Dickens… ¿Qué carajos tienes que ver con todo esto?

Dickens no responde de inmediato. Su risa se transforma lentamente en una sonrisa fría y malévola.

—Ay, Luis… —dice con calma—. ¿De verdad creíste que podías ser el rey? No eres más que un peón. Tanto tiempo, tanta experiencia… y aun así no viste nada.

Luis apenas puede reaccionar.

—¿Por qué…?

Dickens lo mira fijamente.

—¿Acaso no recuerdas al coronel Samuel?

Luis frunce el ceño.

—¿Quién?

Dickens suspira con falsa decepción.

—¿Ni siquiera recuerdas a tus propias víctimas?

Luis se queda en silencio unos segundos. Entonces, poco a poco, todo empieza a tener sentido.

El coronel Samuel era conocido como uno de los mayores narcotraficantes del país. Durante años construyó un imperio criminal imposible de ignorar.

Lo que Luis no sabía… era que Dickens y el coronel se habían vuelto cercanos. Mucho más de lo que cualquiera habría imaginado.

Cuando Dickens descubrió que Luis había asesinado al coronel, no reaccionó con rabia. No hizo nada impulsivo.

Porque Dickens era diferente.

Se tomó su tiempo.

Todo fue parte de un plan.

Creó una identidad falsa conocida como El Chaco. Inventó una organización criminal completa: el Cuartel Juárez. Fabricó una historia, una reputación, un pasado.

—Durante meses moví cada pieza —dice Dickens con una sonrisa—. Cada rumor, cada encuentro… incluso tus propias decisiones.

Luis lo mira, paralizado.

—Lo más curioso —continúa Dickens— es que tú mismo hiciste la mitad del trabajo por mí.

Se inclina un poco hacia él.

—No caíste en una trampa, Luis… caminaste directo hacia ella.

Luis permanece en shock.

Entonces otro portazo rompe el silencio.

El sonido de unos tacones rojos resuena en el pasillo.

Una mujer aparece desde la oscuridad.

—Hola, Luis —dice con una sonrisa tranquila—. Me llamo Sabrina.

En ese instante lo entiende.

Era la prostituta del bar.

La misma que engañó a Francis. La que manipuló su arma para que el disparo fallara.

Sabrina se acerca lentamente, observando el lugar con calma.

—Francis no sospechó nada —dice—. Solo quería ayudar.

Los tacones avanzan hasta el cuerpo sin vida de Francis.

—Fue el más amable de todos —susurra—. Casi me hizo sentir culpa.

Luis apenas logra hablar.

—¿Por qué… Francis?

Dickens responde con total indiferencia.

—Simplemente… un descarte.

Una carcajada repugnante llena el lugar.

Dickens levanta la mano para imponer silencio.

Luego se acerca lentamente a Luis.

Saca su revólver reluciente.

Lo apunta directamente a su cabeza.

Luis, desesperado, empieza a suplicar.

—Por favor… perdóname…

Dickens se ríe con ironía.

—Demasiado tarde.

Dos disparos rompen el silencio.

El cuerpo de Luis cae sobre su propio charco de sangre.

Todo termina en cuestión de segundos.

Sin preocuparse demasiado, el jefe, Dickens y Sabrina se dirigen nuevamente hacia sus lujosos autos.

Los motores se encienden.

Las luces de la limusina iluminan por última vez el pasillo vacío.

En el suelo, entre la sangre de Luis, queda olvidada una pequeña ficha de ajedrez.

Un peón.




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