Luis abre los ojos.
Ante él solo hay un vacío eterno. Una calma extraña recorre todo su cuerpo.
No hay dolor. No hay aire. No hay un solo sonido.
—¿Estoy… vivo? —pregunta Luis, confundido.
Intenta mirar sus manos, pero no las encuentra.
Desconcertado, observa el lugar que lo rodea. Solo hay un fondo blanco profundo que parece extenderse hasta el infinito.
—¿Estoy… en el limbo? —se pregunta.
Como si alguien lo estuviera escuchando, una fuerte brisa aparece de la nada y lo golpea. Luis siente que, de algún modo extraño, esa fue una respuesta.
Decide avanzar.
Da unos pasos largos en medio del vacío. El camino parece eterno. Solo están él y sus pensamientos.
Los segundos pasan.
Luego los minutos.
Y no obtiene ninguna respuesta.
Hasta que un fuerte ruido sacude todo el lugar.
Luis gira lentamente la cabeza.
Entonces ve algo inexplicable.
Se ve a sí mismo.
La figura es idéntica a él, pero permanece completamente en silencio.
—¿Qué está pasando? —grita Luis—. ¿Quién carajos eres?
El impostor no responde. Sin una sola expresión, mete la mano en su bolsillo y saca algo.
Luis no puede verlo.
Un disparo rompe el silencio.
En ese momento lo entiende.
Está siendo cazado… por sí mismo.
Luis comienza a correr desesperadamente. Los disparos no se detienen.
El eco de cada bala retumba en el vacío.
Pero después de unos segundos, agotado, se detiene.
—Si ya estoy muerto… ¿qué es lo peor que puede pasar? —dice, cansado.
Deja de correr.
El viento se detiene junto con él.
El primer disparo lo alcanza.
No siente nada.
Ni dolor. Ni miedo.
El segundo disparo lo golpea.
Luis empieza a reír.
—Entonces soy inmortal…
El tercer disparo impacta.
Y en ese instante lo entiende.
Luis comprendió demasiado tarde que no estaba huyendo de un enemigo… estaba huyendo de sí mismo.
Y como si el suelo se abriera bajo sus pies, Luis comienza a hundirse en el vacío.
Todo desaparece.
—¿Morí… otra vez? —se pregunta.
De repente, el fondo blanco se desvanece.
Luis aparece dentro de un departamento.
El lugar le resulta dolorosamente familiar: el olor a café frío, el viejo sofá gris, las paredes gastadas que alguna vez intentaron pintar juntos.
Entonces la ve.
Candela.
Entra por la puerta con dos bolsas del mercado. Lleva una blusa roja que Luis recuerda perfectamente.
Durante un segundo, el tiempo parece detenerse.
—Cande… —susurra Luis.
Ella deja las bolsas sobre la mesa y comienza a acomodar algunas cosas como si fuera un día completamente normal.
Luis se acerca lentamente, con miedo de romper ese momento.
—No… no puede ser…
Está reviviendo el día que cambió su vida.
El día en que Candela murió.
Luis intenta hablarle.
—Cande… estoy acá… mírame…
Pero ella no lo escucha.
Ni siquiera parece sentir su presencia.
Luis intenta tocar su hombro.
Su mano atraviesa su cuerpo.
Es solo un espectro.
—No… por favor…
Candela comienza a cantar suavemente mientras guarda las cosas. Una canción que solía cantar cuando estaban solos.
Luis siente cómo el pecho se le rompe.
—Te juro que esta vez puedo cambiar todo —dice desesperado—. Esta vez puedo salvarte.
En ese momento, la puerta del departamento se abre violentamente.
Luis lo recuerda demasiado bien.
Dos hombres entran.
Candela apenas alcanza a reaccionar.
—¿Qué…?
Un disparo.
El sonido es seco.
Brutal.
Candela cae al suelo.
Luis corre hacia ella desesperadamente.
—¡Cande! ¡Cande!
Se arrodilla junto a su cuerpo.
Pero sus manos atraviesan el suyo.
No puede sostenerla.
No puede detener la sangre.
No puede cambiar nada.
Candela respira con dificultad.
Sus ojos se pierden lentamente.
Luis llora como un niño.
—Perdóname… perdóname… todo esto fue por mi culpa…
Candela muere frente a él otra vez.
Y Luis no puede hacer nada.
Nunca pudo.
El silencio del departamento se vuelve insoportable.
Luis se queda allí, arrodillado, con la cabeza apoyada contra el suelo.
—Te prometí que te iba a proteger…
Pero la promesa murió con ella.
De repente, un sonido lo arrastra fuera de ese lugar.
Click.
Luis aparece en otro sitio.
Esta vez es un hospital.
Un silencio incómodo recorre los pasillos vacíos.
Luis reconoce el lugar inmediatamente.
Es donde murió su madre.
Habitación 132.
Se tapa la boca y las lágrimas comienzan a caer.
Abre la puerta.
Su madre está sola en la cama, a punto de morir.
Luis corre hacia ella y toma su mano.
—Mamá… estoy acá… vas a estar bien, ¿okey?
Ambos saben que no es verdad.
—Soy yo… Luisito. Quédate unos segundos más conmigo.
El sonido de la máquina empieza a detenerse lentamente.
—Mamá… por favor… otra vez no…
Pero la máquina emite su último pitido.
Luis se quiebra.
Ese día perdió otra parte de sí mismo.
Un grito ahogado rompe el silencio.
—¿¡Por qué!? —grita al cielo—. ¿Por qué tenía que pasar todo esto?
No hay respuesta.
Otro click lo arrastra nuevamente.
Ahora está en su antigua casa.
La casa de su infancia.
Donde todo comenzó.
Unos gritos lo alertan.
Luis baja al cobertizo.
Y ve algo que nunca olvidó.
Su padre está arrodillado en el suelo.
Un hombre le apunta con un arma.
A un costado, un pequeño Luis grita desesperado.
La lluvia golpea el techo del cobertizo.
El padre de Luis suplica.
—Por favor… tengo un hijo…
El secuestrador no dispara.
En cambio, gira la cabeza hacia una esquina del cobertizo.
—Ven aquí —dice con calma.