Lucía
El despertador sonó y mi primera reacción fue darle un manotazo digno de una estrella de la lucha libre. Eran las 5:00 a.m. Odio a la persona que inventó las mañanas, pero amo la sensación de estar despierta antes que el resto del mundo para poder juzgar mentalmente a los que siguen dormidos.
Salté de la cama. Mi rutina no es disciplina militar, es más bien un pacto de supervivencia. Fui a la cocina, miré la cafetera con desprecio y, como siempre, decidí que preparar comida real era una pérdida de tiempo criminal. ¿Cocinar? Por favor, si el horno y yo tuviéramos una relación, sería de orden de alejamiento. Me tragué un batido proteico que sabía a cartón con esperanzas y salí disparada hacia mi clase de Pilates.
El Pilates es mi momento zen. Me encanta estirarme en la máquina, sintiéndome como un gato sofisticado, mientras intento no caerme en el intento. A veces me miro en el espejo durante una postura compleja y me pregunto si parezco una arquitecta visionaria o un espagueti con calambres. Pero bueno, la flexibilidad es importante, tanto en el cuerpo como en los planos, ¿no?
Para las 10:00 a.m., ya estaba en casa de Valeria. Ella es mi mejor amiga, lo que significa que tiene licencia para decirme que estoy loca mientras Jael, su pequeña, intenta convertirme en su lienzo personal.
—Lucía, por el amor de Dios, deja de revisar el móvil un segundo —dijo Valeria, mientras yo intentaba responder a un contratista con una mano y sostener a Jael con la otra.
—Val, si dejo de revisar correos, el edificio se cae —respondí, lanzándole una mirada dramática—. Y honestamente, no quiero ser la arquitecta que sale en las noticias porque su torre decidió adoptar la forma de una torre de pizza.
Jael soltó una carcajada y me puso una diadema de flores que me quedaba, digamos, muy poco profesional. Julián entró al salón, concentrado en su propio teléfono, con esa misma energía inagotable y eléctrica que tanto nos caracteriza a los tres.
—¿Otra vez con el diseño, Lú? —preguntó Julián, acercándose para saludar mientras seguía revisando unos datos en su pantalla—. No sé de dónde sacas tiempo para todo, pero te aseguro que, conociéndote, vas a terminar ese edificio antes de que la mayoría haya terminado de desayunar.
—Es el don de la gente eficiente, Julián —respondí guiñándole un ojo—. Tú deberías aprender un poco más de mi técnica y menos de tu tecnología, que a veces parece que vive en otro planeta.
Nos reímos los dos, en esa sintonía de "adictos al movimiento" que siempre nos hace llevarnos tan bien. Mientras Valeria nos miraba con esa mezcla de cariño y resignación por habernos juntado, me puse en pie, quitándome la diadema de flores —pero guardándola en el bolso, porque, admítelo, me quedaba genial— y le di un beso sonoro a Jael.
—A ver, edificio, prepárate —murmuré para mis adentros con una sonrisa pícara—. Soy una arquitecta brillante, y si este proyecto va a ser mi obra maestra, no voy a permitir que nada lo arruine.
Salí de casa de Valeria sintiéndome poderosa, un poco caótica y totalmente lista para trabajar. El mundo de la arquitectura suele ser serio, aburrido y lleno de gente con corbata que cree que sabe más que yo.
Llegar a la oficina no fue precisamente el paseo triunfal que esperaba. Mi asistente, un chico adorable llamado Mateo que me mira como si fuera una superheroína a punto de colapsar, me recibió con una pila de planos y una cara de pánico.
—Jefa, el cliente del sector 4 quiere que el edificio sea más "geométrico".
—¿Más geométrico? —pregunté, dejando mis llaves sobre la mesa—. Mateo, el edificio es un cubo. ¿Qué quiere, que lo convierta en una esfera? ¿En un dodecaedro? Dile que si quiere geometría, le recomiendo comprar un set de piezas de lego.
Me reí mientras me ponía el casco de seguridad, preparándome para una tarde de supervisión.
Pero el día tenía otros planes. A media tarde, mi móvil vibró con un mensaje de un tal "Adrián, el de la gala de arquitectura", un tipo que me había estado rondando desde hacía semanas. El mensaje era corto: Una mujer como tú no debería pasar un viernes sin un cóctel. ¿Cena conmigo?".
Me quedé mirando la pantalla, inclinando la cabeza. Adrián era guapo, sí, pero tenía la profundidad emocional de un charco después de una llovizna. Aun así, tenía un plan: necesitaba desconectar, y lo mejor para desconectar es ir a un lugar donde pueda practicar mi sarcasmo con alguien que no sea un plano arquitectónico.
—Mateo —llamé, ajustándome el blazer—, si el cliente del sector 4 vuelve a llamar, dile que he ido a una convención de esferas. Estaré fuera.
A las 9:00 p.m. ya estaba en un restaurante que parecía diseñado para gente que se toma la vida demasiado en serio. Adrián llegó luciendo un traje que probablemente costaba más que mi primera reforma de baño. Intentó impresionarme hablándome de sus inversiones, mientras yo, por dentro, estaba apostando conmigo misma cuánto tiempo tardaría en mencionar su coche.
—Lucía, eres tan... inalcanzable —dijo él, con esa sonrisa ensayada que me daba un poco de pereza—. Me pregunto qué hace falta para que una mujer tan brillante como tú pierda el control.
Me incliné hacia adelante, sosteniendo mi copa de vino con una elegancia que escondía la burla que sentía por dentro.