Lucía
El sábado amaneció con esa luz insolente que se filtra por los ventanales, recordándome que, a pesar de mis intenciones de paz, el mundo insiste en girar incluso cuando mi cafetera ha decidido declararse en huelga indefinida. Estaba en la cocina, tratando de convencer a la máquina de que funcionara mediante una mezcla de súplicas y amenazas, cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la encimera como si tuviera un ataque de nervios.
Era el director de la firma. Otra vez. ¿Es que acaso la gente no sabe que los sábados son sagrados?
—Lucía, necesito que vengas a la oficina —dijo sin preámbulos, saltándose el saludo—. El inversor principal ha llegado a la ciudad antes de lo previsto y quiere revisar los planos finales del complejo. Ahora mismo.
Suspiré, dejando la cafetera en paz. La arquitectura es una amante exigente, y al parecer, este sábado no iba a ser la excepción.
Una hora después, entraba en la sala de juntas de la oficina. Estaba perfectamente preparada: mi tableta bajo el brazo, los planos impresos y una actitud de "no acepto sugerencias sobre el diseño". Pero al entrar, algo se sintió diferente. El ambiente estaba cargado de una tensión extraña.
Mi jefe estaba de pie junto a la ventana, y de espaldas a mí, mirando hacia la ciudad, había un hombre de una estatura imponente, con los hombros anchos y una postura que irradiaba una autoridad casi física. Vestía un traje de corte impecable, oscuro y elegante, que me resultó familiar antes de que siquiera me viera.
—Lucía, por fin —dijo mi jefe, aliviado—. Te presento al Sr. Callum Hawke.
El hombre se giró lentamente. Sus ojos oscuros, fríos y penetrantes como el acero, se clavaron en los míos. El aire en la sala pareció evaporarse. No había confusión en su mirada, solo un reconocimiento inmediato, y una chispa de algo que no logré identificar: ¿diversión? ¿desafío?
Él no necesitó hablar. Su presencia lo llenaba todo. Era el hombre de la gasolinera. El dueño del acento europeo, el que me había apartado con una mano para "resolver" mi problema. Y ahora, aquel sujeto arrogante era el cliente más importante de mi carrera.
—Ah, la arquitecta de las esferas —dijo Callum Hawke, con ese mismo acento marcado y grave que ya me había dado dolor de cabeza—. Me preguntaba si el proyecto estaba en manos de alguien con un sentido común tan... singular.
Me quedé helada, con los planos apretados contra el pecho. Mis dedos hormigueaban de pura rabia. Él me observaba con una sonrisa apenas perceptible, esa sonrisa de quien sabe exactamente qué efecto está causando.
—Sr. Hawke —logré decir, obligando a mi voz a mantenerse firme y profesional, aunque por dentro estuviera deseando lanzarle la mesa encima—. Veo que ya ha empezado a opinar sobre cosas de las que no tiene ni la menor idea.
Mi jefe abrió los ojos como platos, aterrorizado. Pero a mí no me importaba. Si él creía que iba a intimidarme en mi propia oficina, no conocía a Lucía Ashford. El juego apenas empezaba, y por lo visto, las reglas las íbamos a reescribir desde cero.
La tensión en la sala era tan espesa que se podía cortar con un bisturí. Mi jefe, que aún no entendía qué estaba pasando, nos miraba alternativamente, esperando que alguien suavizara el ambiente.
Callum Hawke dio un paso hacia adelante. Su movimiento era lento, deliberado, y esa sonrisa que lucía era la misma que alguien pondría al ver a un animal atrapado en una trampa.
—Es fascinante encontrarla aquí —dijo, con ese acento europeo pesado que reconocí al instante—. Especialmente después de haber estado hablando por teléfono con su asistente sobre el diseño del sector 4.
Me quedé helada. Los ojos se me abrieron como platos mientras conectaba los puntos con una lentitud dolorosa. ¿Él? ¿El hombre arrogante de la gasolinera era el mismo cliente imposible que me pedía "geometría" hasta volverme loca?
—¿Usted? —murmuré, procesando la información mientras sentía que el suelo bajo mis tacones temblaba—. Usted es el cliente que quiere que convierta un edificio de hormigón en un rompecabezas.
Callum soltó una carcajada seca, un sonido que apenas movió sus labios, pero que hizo que sus ojos brillaran con un desafío absoluto.
—Efectivamente. Y debo decir, señorita, que su mensaje enviado a través de su asistente sobre esa... "convención de esferas", me resultó bastante instructivo. Me dejó claro que su creatividad es tan vasta como su capacidad para la insolencia.
Mi jefe pasó la mirada de él a mí, totalmente confundido. —¿Se conocen? ¿De qué convención hablan? —preguntó con voz trémula.
Callum no despegó la vista de mí ni un segundo, ignorando por completo a mi jefe.
—La pregunta, arquitecta —continuó él, ignorando olímpicamente la formalidad de la sala—, es si ahora que estoy aquí en persona, va a seguir sugiriéndome a través de terceros que busque mis soluciones en una juguetería, o si finalmente va a ser capaz de explicarme por qué cree que un cubo es el diseño definitivo para un proyecto de esta envergadura.
La rabia, que hasta hace un momento era solo una chispa, se convirtió en una llama voraz. Me adelanté y puse los planos sobre la mesa de juntas con un golpe seco.
—No es una cuestión de gustos, Sr. Hawke —respondí, mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear—. Es una cuestión de arquitectura básica. Pero si usted prefiere gastar millones en formas caprichosas solo porque no entiende la funcionalidad de la estructura, es libre de hacerlo. Aunque le advierto: yo no diseño para que los edificios se vean bonitos en una maqueta, yo diseño para que funcionen en la realidad.