Una Soltera de Oro

Capítulo 4. Yo siempre gano

El silencio se apoderó de la sala. Callum se quedó ahí, inmóvil, observándome con esa calma que, más que tranquilidad, parecía la pausa de una tormenta antes de descargar. El aroma de su perfume, limpio y cortante, llenaba el espacio entre nosotros. Me puse en guardia, esperando que se riera de mi arrebato.

En lugar de eso, una sonrisa pequeña, apenas una sombra en sus labios, apareció.

—Si estuviera jugando, no habría venido a las siete de la mañana —dijo con una voz baja, que no necesitaba alzar para dominar la habitación—. Y mucho menos estaría aquí perdiendo el tiempo con alguien que no me importa.

Se dio la vuelta lentamente y se apoyó contra el borde de la mesa de juntas, sin quitarme la vista de encima.

—Lo que busco es simple, Lucía: alguien que aguante el peso de lo que estoy pidiendo sin venirse abajo a la primera. Lo que hiciste en estas cuarenta y ocho horas no fue solo trabajo. Fue una señal. Me demostraste que no te conformas con lo fácil, y eso es exactamente lo que necesito para este proyecto.

Me quedé helada. Sus palabras fueron dichas con una franqueza que me dejó desarmada. El agotamiento me pesaba en los hombros, pero intenté no demostrarlo.

—Eso no te da derecho a tratarme de esta manera, Callum —respondí, soltando el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

Él se encogió de hombros, como si mi molestia fuera algo que simplemente aceptaba.

—Tienes razón. Pero, siendo honestos... ¿vas a dejar pasar la oportunidad de construir algo que va a cambiar esta ciudad solo porque te molesta mi tono? ¿O vamos a dejar los dramas de lado y hacer que esto pase de verdad?

Me obligué a relajar la mandíbula. Estaba siendo astuto, arrinconándome contra la pared, y lo peor es que tenía razón. Si decía que no, perdía el proyecto de mi vida. Si decía que sí, tendría que lidiar con él todos los días.

—Construir el edificio es lo único que me importa —dije, bajando el tono, volviéndolo más directo—. Tú eres solo quien pone el capital. Si queremos trabajar juntos, te lo digo claro: yo mando en la obra. Tú financias y te encargas de tus negocios, y yo me encargo de que esto no se caiga. Ni una palabra más.

Callum se quedó en silencio un momento. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, analizando cada fibra de mi determinación, buscando alguna señal de vacilación que, para su desgracia, no encontró. Había algo en su mirada, una mezcla de curiosidad y una chispa de desafío que me decía que él no estaba acostumbrado a que nadie le hablara con esa autoridad.

El tiempo pareció estirarse. Podía escuchar el zumbido del aire acondicionado, el roce de su camisa cuando respiraba y el latido de mi propio corazón martilleando contra mis costillas. Mi jefe, detrás de nosotros, se había vuelto invisible; la sala se había reducido únicamente a la distancia que nos separaba.

Callum no desvió la mirada. Lentamente, una sombra de diversión cruzó su rostro: el reconocimiento de alguien que ha encontrado a un igual. Se inclinó un poco hacia adelante, rompiendo el espacio personal con una elegancia depredadora.

—¿Ni una palabra más? —preguntó, su voz apenas un murmullo grave que parecía envolverme—. Arquitecta, usted tiene una forma muy peculiar de pedir una alianza. Pero acepto el reto.

Sin apartar los ojos de los míos, estiró y extendió su mano sobre la mesa. No era el apretón formal del sábado; era un gesto más pesado, más definitivo. Sus dedos eran largos, la piel impecable, y al rozar la mía, sentí una descarga eléctrica. Su palma envolvió la mía con una firmeza que me obligó a no retroceder. Era un contacto cargado de una tensión extraña; sentí el calor de su mano, una presión constante que parecía querer medir mi pulso. Me mantuve firme, obligándome a no retirar la mano, a sostenerle la mirada mientras el aire entre nosotros se volvía peligrosamente pesado.

Él no retiró la mano de inmediato. La dejó ahí, apretando apenas un segundo más de lo estrictamente profesional, como si estuviera marcando territorio o, quizás, asegurándose de que yo entendía exactamente a qué me estaba enfrentando.

El silencio se volvió espeso. Callum finalmente soltó mi mano, pero sus dedos rozaron los nudillos de los míos con una lentitud deliberada, casi como una caricia que desafiaba cualquier norma de etiqueta. Se echó hacia atrás, cruzándose de brazos, y me estudió de nuevo, esta vez con una intensidad que parecía querer descifrar qué hay detrás de mi rostro y mi porte.

—Has ganado el derecho a dirigir, Lucía —dijo, su voz bajando un par de tonos, perdiendo cualquier rastro de frialdad corporativa—. Pero no te equivoques. Este proyecto lleva mi nombre. Si tú eres el cerebro, yo soy el que vigila que no haya grietas.

Lo miré fijamente, sin parpadear. El cansancio físico seguía ahí, latente en mis músculos, pero mi orgullo estaba intacto.

—No te preocupes por las grietas, Callum —respondí con una serenidad que me sorprendió incluso a mí misma—. Siendo mi diseño, te aseguro que no habrá ni una sola.

Sin esperar una respuesta, ni una validación, ni otro de sus comentarios crípticos, me levanté. Con un movimiento fluido y controlado, guardé mi unidad externa en el maletín y cerré los broches con un chasquido metálico que resonó en el silencio de la sala.

Ni siquiera esperé a ver su reacción. Me di la vuelta, con la espalda recta y el paso firme, y caminé hacia la salida. Cada paso que daba sobre el suelo de mármol se sentía como una victoria. Salí de la sala, crucé la oficina principal y me dirigí al ascensor.

No hubo despedidas, ni le pedí permiso para retirarme. Simplemente lo dejé allí, en el despacho, solo con su arrogancia y el reflejo de mi obra en la pantalla.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, dejándome finalmente en soledad, solté el aire que había estado reteniendo. Al salir a la calle, el sol de la tarde golpeaba con fuerza, al igual que el dolor que cargaba en mi cabeza, consecuencia de no dormir en 48 horas. Al llegar a mi auto, el aire acondicionado me relajó un poco; encendí el motor y salí de allí. De repente comencé a reírme desesperadamente. Cualquiera podría pensar que soy una loca desquiciada, y tal vez lo sea, pero estoy feliz. Me encanta ganar, me encanta enseñarle a las personas que conmigo no se juega porque yo no juego. No hay que negar que la lección que di hoy fue magistral, así que llamé a la única persona que va a entender mis sentimientos perfectamente: Valeria. Necesitábamos unos cócteles; esta es la excusa perfecta para vernos en su casa.




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