Una verdadera madre en el cielo

Un refugio en otra sangre

El silencio en mi habitación solo se rompía por el sonido del lápiz contra el papel. Tenía seis años y medio, pero mi mente nunca descansaba. Sabía que cada letra, cada trazo y cada palabra debía ser impecable. Para mí, la perfección no era un orgullo, era una forma de supervivencia.

—¡Yuliana! ¿Ya terminaste la tarea? —el grito de mi madre resonó desde la sala, cargado de esa autoridad que siempre me ponía en alerta.

—Ya casi, mami —respondí, borrando por quinta vez una letra que me parecía ligeramente torcida.

Yo era una niña tranquila, solitaria y muy observadora. Entendía todo rápido, pero esa inteligencia era un arma de doble filo: mientras más sabía, más se esperaba de mí. Mi familia tenía una economía estable; mi madre y mi padrastro trabajaban todo el día, pero el ambiente en casa era tenso. Cuando ella llegaba, el examen empezaba.

Escuché sus pasos acercándose. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Mi madre se paró detrás de mí y tomó mi cuaderno con brusquedad.

—Mira esto, Yuliana. Esta letra está descuidada. ¿Qué te he dicho sobre la limpieza? —dijo ella, con el ceño fruncido.

—Lo siento, mami. Lo voy a corregir...

—No hay "lo siento". Tienes que ser perfecta. Si no eres perfecta, no eres nada —antes de que pudiera reaccionar, sentí el primer golpe en mi brazo.

Eran golpes y regaños innecesarios por cosas pequeñas: mi escritura, mi forma de hablar o cómo ayudaba a mis tías —las hermanas de mi padrastro— a vender después de la escuela. Yo estaba creciendo y madurando a base de esos impactos, convencida de que mi valor dependía de no cometer errores.

—¡Ya déjala, por Dios! —la voz firme de mi abuela Julia cortó el aire.

Mi abuela Julia entró en la habitación y se puso entre mi madre y yo. Lo más increíble es que Julia no era mi abuela de sangre; era la madre de mi padrastro, pero para mí, ella era mi verdadera madre en la tierra. Con su mirada dulce pero decidida, detuvo la mano de mi madre.

—Es una niña, y es la mejor de su clase. No la trates así —le reclamó mi abuela.

—Tiene que aprender a ser responsable, mamá —respondió mi madre, soltando el cuaderno.

—Aprenderá con amor, no con miedo —sentenció Julia.

Mi madre salió de la habitación molesta. Mi abuela se sentó a mi lado y me limpió una lágrima que rodaba por mi mejilla. Sus manos, aunque un poco hinchadas por la diabetes, se sentían como el refugio más seguro del mundo. Ella y mis tías paternas eran quienes siempre sacaban la cara por mí.

—No llores, mi niña. Tú eres perfecta para mí —me susurró al oído—. Ven, vamos a ayudar a tus tías un rato y luego yo te ayudo con la tarea.

Esa tarde, mientras ayudaba en el puesto de mis tías, me sentía protegida. Ellas me querían como si fuera de su propia sangre. Sin embargo, mientras veía a mi abuela Julia caminar con dificultad y quejarse en silencio del azúcar alta, una sombra de miedo me cruzaba el pecho. Ella sufría de una diabetes muy agresiva, pero siempre ponía mi bienestar antes que su dolor.

Mis cumpleaños eran los únicos días donde me sentía realmente a salvo, donde el amor de Julia llenaba cada rincón y los golpes se detenían por unas horas. Pero el tiempo corría, y yo no sabía que ese escudo que me protegía del mundo estaba empezando a fallar.




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