La diabetes no llegó de golpe; fue como una marea que subía lentamente hasta que empezó a inundarlo todo. Primero, fueron sus piernas. Mi abuela Julia, que siempre andaba de un lado a otro defendiéndome o ayudando con los pendientes, empezó a pasar más tiempo en su sillón.
—Abuela, ¿vamos al patio a ver las flores? —le preguntaba yo, esperando que se levantara como siempre.
—Hoy no, mi cielito. Me pesan mucho las piernas, parece que no me quieren hacer caso —me respondía con una sonrisa triste.
Pronto, dejar de caminar no fue lo único. La enfermedad empezó a robarle sus sentidos. A veces, yo le hablaba desde la puerta sobre mis tareas o sobre lo que habíamos vendido con mis tías, pero ella no respondía. No era que no quisiera, era que ya no escuchaba bien. Tenía que acercarme mucho y hablarle fuerte al oído.
—¡Abuela! ¡Que saqué diez en el dictado! —le gritaba con alegría.
—¡Qué bueno, mi vida! —decía ella, buscándome con la mirada, pero sus ojos ya no se enfocaban. La diabetes le había nublado la vista. A veces me pasaba la mano por la cara para reconocer quién era yo, porque para ella, el mundo se estaba volviendo una mancha borrosa.
Ya no salía a la calle. Su mundo se redujo a las cuatro paredes de la sala y a su habitación. Verla así me partía el alma, porque aunque ella no veía bien mis cuadernos, seguía preguntándome si mami me había regañado.
—¿Te dejó en paz hoy? —me preguntaba en un susurro cuando escuchaba que mi madre se acercaba.
—Sí, abuela. Hoy no hubo gritos —mentía yo a veces, para no preocuparla más, mientras escondía algún moretón en mi brazo.
Ella ya no podía defenderme físicamente como antes, pero su presencia seguía siendo mi lugar seguro. Sin embargo, una semana antes del final, su estado empeoró drásticamente. El azúcar estaba por las nubes y ya casi no podía ni sostener la taza de té. Sus cuidados eran constantes; mis tías y mi madre estaban agotadas, y yo, desde mi rincón, sentía que el color de mi mundo se estaba destiñendo junto con la salud de mi abuela.
El hospital se sentía cada vez más cerca, y el silencio en la casa se hacía más pesado, como si todos supiéramos que el escudo de Julia estaba a punto de romperse para siempre.