La casa se había transformado en un laberinto de susurros y olor a alcohol y medicinas. Ver a mi abuela Julia así, atrapada en ese sillón que antes era su trono de mando y ahora era su prisión, me causaba un nudo en la garganta que no lograba pasar. La diabetes le estaba robando todo: sus piernas ya no sostenían su peso, su oído se perdía en un eco lejano y sus ojos, aquellos que siempre habían detectado mi tristeza antes de que yo hablara, ahora estaban cubiertos por una niebla blanca que no la dejaba verme. Pero yo no me rendía. En mi mente de seis años, si yo era lo suficientemente buena, si era lo suficientemente alegre, ella se quedaría conmigo.
—¡Abuela, mira! Hoy no borré ni una sola vez en el cuaderno de caligrafía —le decía, pegando mi cuaderno casi a su nariz para que pudiera sentir el olor del papel nuevo, aunque sabía que ella solo veía sombras borrosas—. Mami no me gritó porque todo está perfecto, tal como a ella le gusta. ¿Viste qué derechito quedó?
Ella extendía su mano, que se sentía caliente y pesada por la fiebre del azúcar alta, y buscaba mi rostro. Sus dedos temblorosos me acariciaban la mejilla con una ternura que me hacía olvidar todos los regaños del día.
—Qué bueno, mi cielito... sigue así... eres la más inteligente —su voz era apenas un hilo, un susurro que me obligaba a acercarme mucho a su oído para entenderle.
Me instalaba a los pies de su cama o de su sillón y me convertía en su radio personal. Le contaba historias detalladas de lo que pasaba en el puesto de mis tías: quién había venido a comprar, qué chisme habían contado las vecinas o cómo un perrito se había robado un pan. Me inventaba chistes y le describía los colores del cielo en el atardecer, exagerando los rojos y los naranjas para que ella pudiera "verlos" a través de mis palabras.
—No te pongas triste, abuela Julia. Mañana vas a ver que tus piernas se van a despertar con fuerza y vamos a salir al balcón a ver la gente pasar —le decía con una seguridad que desafiaba a la realidad.
Incluso cuando la veía quedarse dormida a mitad de una frase, yo no me movía. Me quedaba ahí, sosteniendo su mano hinchada, sintiendo su pulso agitado. Mis tías pasaban y me decían: "Yuliana, ve a jugar con tus primas", "Hija, termina tus tareas", pero yo sentía que mi presencia era lo único que la mantenía anclada a este mundo. Sentía que si la soltaba, ella se deslizaría hacia ese lugar oscuro donde ya no me escucharía.
—Tú eres fuerte, abuela. Eres mi verdadera madre y las mamis nunca se rinden —le susurré una tarde mientras el sol se ocultaba. Le prometí que cuando yo fuera grande, sería doctora para curar a todos los que tuvieran "la azúcar alta" y que ella nunca volvería a sentirse mal.
Ella no podía ver mi dibujo, pero me pedía que se lo describiera una y otra vez. Yo le dibujaba un jardín donde ella caminaba sin dolor. Ella sonreía, y esa sonrisa era mi única recompensa. Sin embargo, los cuidados constantes de mi madre y mis tías ya no daban abasto. El azúcar estaba tan alta que Julia empezó a perderse en sus propios pensamientos, hablando con gente que no estaba ahí.
Un día antes de que la urgencia estallara, me acerqué para darle un beso. Ella me apretó la mano con una fuerza desesperada, como si supiera que el tiempo se estaba agotando. Yo, en mi inocencia, le devolví el apretón y le dije:
—Mañana vamos a jugar a las muñecas, abuela. Te lo prometo.
No sabía que esa promesa se quedaría flotando en el aire, y que esa sería la última noche de paz antes de que las sirenas y el caos se llevaran a mi escudo para siempre.