Una verdadera madre en el cielo

Capitulo #4 "El sol de una noticia extraña"

La noche anterior se había sentido eterna. Recuerdo el eco de las voces bajas en el pasillo y el sonido de la puerta cerrarse cuando se llevaron a mi abuela Julia al hospital. Yo me quedé en casa, rodeada de mis tías y mis primas, intentando dormir en una cama que se sentía más fría de lo normal. En mi mente de seis años, los hospitales eran lugares mágicos donde la gente iba a "repararse". Pensaba que los doctores simplemente le darían algo para que sus piernas volvieran a caminar y que, en unos días, ella estaría de regreso en su sillón, lista para defenderme de los regaños de mami.

A la mañana siguiente, desperté con el brillo de un sol muy fuerte. Era uno de esos días bonitos en los que dan ganas de estar afuera. Salí al patio y me puse a jugar con mis primas. Corríamos y saltábamos, ajenas por completo a lo que el destino ya había decidido. Yo estaba tranquila, solitaria en mis pensamientos, imaginando que mi abuela ya se sentía mejor.

De pronto, escuché el sonido de la puerta principal. Era mi madre.

Me detuve en seco. Ella no caminaba como siempre; sus pasos no tenían esa firmeza autoritaria que solía darme miedo. Se veía pequeña, con los hombros caídos y el rostro empapado en lágrimas. Sus ojos estaban tan rojos que parecían heridos. Se acercó a mí y se sentó en el suelo, justo a mi lado, algo que casi nunca hacía.

—¿Mami? ¿Por qué lloras tanto? —le pregunté, ladeando la cabeza. Mi voz era suave, llena de esa curiosidad inocente que todavía no conoce la tragedia.

Ella me tomó de los hombros. Sus manos temblaban un poco. Me miró con una tristeza tan profunda que por un momento me asusté, pero no entendía el motivo. Entonces, con un nudo en la garganta que apenas le permitía hablar, me dijo:

—Es que... tu abuela falleció ayer en la noche, Yuliana.

Me quedé mirándola fijamente. "Falleció". "Murió". Eran palabras que yo había escuchado antes, pero que no tenían un significado real en mi mundo. Mi mente rápida empezó a procesar la información a su manera. Recordé a mi abuela Julia quejándose por el azúcar alta, recordé sus ojos nublados que ya no me veían bien y sus piernas que ya no querían caminar. Pensé que "morir" era la solución que Dios le había dado para que ya no sufriera.

En mi lógica de niña, si alguien deja de sufrir, es algo bueno. Es algo por lo cual estar feliz. Así que, con una sonrisa sincera y el corazón lleno de una alegría equivocada, dije las palabras que quedaron grabadas en el aire como un eco amargo:

—¡Siii! ¡Qué bueno, mi abuela murió!

Vi cómo mi madre se quedaba sin aire. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y desconcierto absoluto. Ella no podía entender que mis palabras no venían de la maldad, sino de un amor tan grande que prefería ver a mi abuela "muerta" antes que verla sufriendo. Yo pensaba que Julia ahora era libre, que estaba saltando entre las nubes o que simplemente estaba en un lugar donde ya no había inyecciones ni dolor.

—¡Qué bueno! —repetí, casi celebrando—. ¡Mi abuela ya está bien!

No sabía que en ese instante mi mundo se estaba quedando sin su luz más grande. No sabía que "morir" significaba que nunca más volvería a verla en el balcón. En mi mente de niña, yo celebraba su victoria contra la diabetes, sin entender que la que acababa de perderlo todo era yo.




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