El camino hacia el lugar donde velaban a mi abuela Julia estuvo lleno de una seriedad que yo no lograba descifrar. La casa estaba llena de gente vestida de colores oscuros, con rostros largos y voces que apenas se escuchaban por encima de un susurro. Yo caminaba de la mano de mi madre, mirando todo con mis ojos de seis años, buscando entre la multitud la figura de mi abuela, esperando que ella saliera de algún rincón para decirme que todo era una broma.
Entonces, la vi. Bueno, no a ella, sino a esa caja de madera larga y brillante que estaba en el centro de la habitación, rodeada de flores blancas cuyo olor era tan intenso que me mareaba un poco.
—¿Qué es eso, mami? —pregunté bajito, señalando el ataúd.
Mi madre no me respondió, solo apretó mi mano y soltó un sollozo. Me soltó y se acercó a la caja. Yo, con la curiosidad natural de mi edad, me acerqué también. Me puse de puntitas para alcanzar a ver el borde y ahí estaba ella. Mi abuela Julia. Se veía tan tranquila, con su piel pálida y sus manos cruzadas sobre el pecho. No parecía asustada, ni enferma. Parecía que estaba durmiendo un sueño muy profundo.
"Está jugando", pensé de inmediato.
Mi mente de niña no podía aceptar que ella se hubiera ido para siempre. Para mí, estar ahí acostada era parte de un juego nuevo, algo así como las escondidillas. Pensé que ella estaba esperando a que todos dejaran de llorar para abrir los ojos de golpe y decirnos: "¡Los asusté!".
—¡Abuela, ya despiértate! —le susurré al oído, convencida de que me estaba escuchando.
Pero ella no se movió. Ni siquiera sus párpados temblaron un poco. Me alejé de la caja, confundida pero no triste. Si ella quería seguir jugando a estar dormida, yo respetaría su juego. Miré a mis primas, que estaban en la habitación de al lado. Ellas también se veían un poco perdidas, pero pronto el instinto de la infancia nos ganó.
—¡Vengan! ¡Vamos a jugar a otra cosa allá! —les dije, señalando el cuarto contiguo.
Y así lo hicimos. Mientras los adultos lloraban mares y se abrazaban con desesperación frente al cuerpo de Julia, yo me fui a la habitación de al lado a jugar con mis primas. Corríamos, nos escondíamos detrás de las sillas y reíamos por lo bajo. Para mí, el velorio era solo una reunión más de la familia, un lugar donde mi abuela estaba descansando un ratito antes de volver a casa. No sentía dolor, solo esa extraña ligereza de quien cree que el adiós es solo un "hasta pronto".