El ambiente en el velorio era pesado, como si el aire mismo estuviera cargado de una humedad que no dejaba respirar. Yo me encontraba en medio de un contraste que mi mente de seis años no lograba procesar. Por un lado, veía a los adultos: tíos, vecinos y amigos de mi padrastro, todos con los ojos rojos y las manos temblorosas. El sonido predominante no eran las palabras, sino los sollozos entrecortados y el roce de la ropa oscura al abrazarse.
Yo los miraba desde mi baja estatura, sintiéndome como una observadora en una película que no terminaba de entender. ¿Por qué lloraban tanto si mi abuela solo estaba descansando?
—Pobrecita la niña, tan pequeña y ya sin su abuela —escuché que alguien susurraba a mis espaldas.
Ese tipo de comentarios me llenaban de una confusión extraña. No me sentía "pobrecita". En mi interior, la idea de que Julia estaba participando en un juego seguía siendo mi única verdad. Cada vez que pasaba cerca del ataúd, la miraba de reojo, esperando captar el más mínimo movimiento de sus dedos o un suspiro que confirmara que estaba a punto de levantarse.
—¡Yuliana, ven a comer algo! —me llamó una de mis tías, con la voz rota.
Me acerqué a la mesa donde había café y pan, pero mis ojos seguían fijos en la habitación contigua. Ahí, mis primas ya habían empezado a corretear. El sonido de sus risas infantiles chocaba contra los rezos de los adultos, creando una mezcla de sonidos que me hacía sentir que yo vivía en una burbuja aparte. En esa burbuja, no había muerte, solo una pausa.
Me alejé de los adultos y me uní al juego. Empezamos a jugar a las traídas y a las escondidillas en la casa de al lado. Mientras corría, mi pensamiento volvía a la caja de madera: "Seguro la abuela está escuchando nuestras risas y se está aguantando las ganas de reírse también", pensaba con una seguridad absoluta.
Sentía una especie de superioridad inocente sobre los grandes. "Ellos están tristes porque no saben que es un juego", me decía a mí misma. Pero muy en el fondo, en un rincón de mi alma que todavía no quería despertar, empezaba a surgir una duda pequeña, como un pinchazo frío. ¿Por qué nadie más estaba jugando? ¿Por qué mi madre me miraba con una lástima tan profunda cada vez que me veía reír? Esa confusión empezaba a crecer, pero yo la empujaba lejos con cada carrera y cada grito de juego, negándome a aceptar que el silencio de Julia era, en realidad, definitivo.