El tercer día del velorio amaneció con un gris diferente. La casa ya no olía solo a flores, sino a un cansancio acumulado, a cera quemada y a una tristeza que se había vuelto espesa. Yo me desperté con la misma idea de los días anteriores: buscaría a mis primas, correríamos a la casa de al lado y esperaríamos a que mi abuela Julia decidiera terminar su largo descanso. Para mí, el ataúd seguía siendo solo el escondite más largo de la historia.
Me dispuse a cruzar el umbral hacia el patio, buscando escapar una vez más del llanto de los adultos, cuando sentí una mano firme sobre mi hombro.
—No, Yuliana. Hoy no vas a ir a jugar —la voz de mi madre sonó distinta, más profunda, cargada de una solemnidad que me hizo dar un paso atrás.
La miré confundida. Mis primas ya estaban del otro lado, llamándome con señas, pero mi madre no me soltó. Sus ojos, hundidos por la falta de sueño, me miraban con una fijeza que me puso nerviosa. En ese momento, sentí que mi burbuja de protección, ese mundo donde todo era una broma, empezaba a agrietarse.
—Pero mami, allá están las demás... abuela todavía no se despierta —le dije, intentando convencerla de que el juego aún no terminaba.
—Tu abuela no se va a despertar, hija —me respondió ella, y esta vez no hubo regaño ni grito, solo una tristeza que me caló hasta los huesos—. Hoy es el último día que estará aquí. Tienes que quedarte a su lado.
Me quedé parada junto a ella, mirando hacia la habitación de al lado donde se escuchaban las risas de los otros niños. Por primera vez en esos tres días, sentí que el juego me estaba dejando atrás. Me obligaron a sentarme en una silla pequeña, muy cerca de la caja de madera. El silencio de Julia empezó a sentirse diferente; ya no parecía el silencio de alguien que aguanta la respiración para no ser descubierto, sino un silencio pesado, eterno, que llenaba toda la sala.
Miré a mi alrededor y vi que los hombres empezaban a prepararse, moviendo las flores y cerrando tapas. Mi corazón empezó a latir un poco más rápido. "¿A dónde se la van a llevar?", pensé con angustia. La confusión que había estado ignorando con juegos empezó a transformarse en un nudo apretado en mi garganta. Ya no quería jugar, ahora solo quería que alguien me explicara por qué el ambiente se sentía como si algo se estuviera rompiendo para siempre.