Una verdadera madre en el cielo

Capitulo #8 "El camino sin retorno"

Me quedé ahí, de pie, sintiendo cómo el frío del piso subía por mis piernas. Mis primas seguían jugando en la casa de al lado, pero para mí, el mundo se había reducido a ese espacio estrecho entre la silla y el ataúd. Miraba a mi madre con los ojos muy abiertos, buscando una señal de que lo que decía era mentira, pero su rostro era un mapa de dolor absoluto.

—Mami, ¿por qué no me dejas ir? —le pregunté una última vez, con la voz temblorosa, aferrándome a la idea de que si me iba a jugar, nada de esto sería real.

Ella se agachó para estar a mi altura. Me tomó de las manos y sus palmas se sentían heladas. Me miró con una seriedad que me hizo entender que el tiempo de los juegos se había terminado.

—Yuliana, escucha bien —me dijo, y cada palabra sonaba como el golpe de una campana—. Tu abuela ya se va de aquí para siempre. Ya no está descansando, ni está jugando. La vamos a encaminar a su entierro.

Ese "para siempre" resonó en mi cabeza como un trueno. Hasta ese momento, mi mente de seis años no conocía el significado de la palabra eternidad. Para mí, todo volvía: el sol volvía cada mañana, mis tías volvían después de vender, mami volvía del trabajo. Pero ese "para siempre" sonaba a un vacío oscuro, a un lugar donde mis ojos ya no podrían alcanzarla.

—¿A su entierro? ¿A dónde se la llevan, mami? ¡No dejes que se la lleven! —empecé a gritar, y sentí que la primera lágrima quemaba mi mejilla.

La confusión desapareció de golpe, siendo reemplazada por un pánico desesperado. Vi cómo varios hombres se acercaban a la caja de madera y empezaban a levantarla. El sonido del roce de la madera contra el soporte fue el sonido más triste que había escuchado jamás.

—¡No! ¡Abuela, despiértate! ¡Mami, diles que no se la lleven! —suplicaba yo, tratando de soltarme del agarre de mi madre.

Negué con la cabeza tantas veces que sentí que el mundo daba vueltas. Me negaba a aceptar que esa caja fuera el final de todo. La procesión empezó a moverse hacia la salida, y con cada paso que daban los hombres cargando a Julia, yo sentía que me estaban arrancando una parte de mi propio cuerpo. La figura de mi abuela, mi escudo, mi verdadera madre, se alejaba hacia la calle, hacia el sol que ahora me parecía gris y sin brillo.

En ese momento, mi alma de niña entendió que el juego de las escondidas había terminado, y que Julia se había escondido en un lugar donde yo, por más que la buscara, no podría encontrarla.




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