Caminar detrás de esa caja de madera fue el recorrido más largo de mi vida. El sol golpeaba con fuerza, pero yo sentía un frío que me calaba hasta los huesos. Mis piernas, pequeñas y cansadas, se movían por inercia mientras mis ojos no se apartaban ni un segundo de aquel ataúd que se balanceaba sobre los hombros de los hombres. Cada paso que dábamos por la calle era un paso que me alejaba de mi infancia feliz y me acercaba a una realidad que no quería aceptar.
—¡No se la lleven! ¡Por favor, no la dejen ahí! —gritaba yo entre sollozos que me cortaban la respiración.
Lloraba mares, un llanto que no nacía de los ojos, sino de lo más profundo de mi pecho. Sentía que una parte de mí, algo físico dentro de mi cuerpo y de mi alma, se estaba desprendiendo. Era como si un hilo invisible que me mantenía unida a la vida se estuviera estirando hasta romperse. En mi mente de niña, todavía guardaba una esperanza absurda: pensaba que, al llegar al lugar, alguien diría que era una broma y Julia saldría de la caja para abrazarme.
Pero el camino no se detenía. La gente a mi alrededor rezaba y cantaba, pero sus voces me llegaban como un eco lejano, como si yo estuviera debajo del agua. Mi madre me sostenía con fuerza, pero sus manos ya no me daban la seguridad que antes me daba Julia. Ahora, ella también era una víctima del dolor.
Llegamos al entierro. Ver el agujero en la tierra fue el golpe final. Fue el momento exacto en que mi corazón entendió que no era un juego de escondidas. El polvo, el sonido de las palas y el silencio final me hicieron sentir que mi espíritu se quedaba ahí, enterrado junto a ella. Me quedé parada, viendo cómo la tierra cubría poco a poco la madera, sintiendo que con cada puñado de arena, el mundo se volvía un poco más oscuro, un poco más pesado, y mucho más solitario.