Una verdadera madre en el cielo

Capitulo #10 "La espera en el balcón"

Los días que siguieron al entierro fueron una neblina de silencio. Al regresar a casa, el vacío se sentía como un grito sordo que llenaba cada habitación. El sillón donde ella se sentaba estaba ahí, intacto, pero ya no olía a su colonia de lavanda ni se escuchaba su voz firme defendiéndome de los regaños. Mi mente, agotada de tanto llorar, decidió refugiarse en una última esperanza: "Seguro fue una broma", me decía a mí misma, "Seguro se escondió muy bien para ver si de verdad la quiero".

Con esa idea clavada en el pecho, empecé a pasar mis tardes en el balcón.

Me sentaba en el suelo frío, con las piernas encogidas y la barbilla apoyada en el barandal. Mis ojos no se apartaban de la esquina de la calle. Miraba cada figura que aparecía a lo lejos, cada mujer que caminaba con paso lento, esperando ver su silueta, su ropa familiar, su forma de caminar que yo conocía tan bien. Cada vez que alguien se acercaba, mi corazón daba un salto, pensando que el juego por fin se había terminado y que ella volvería para decirme que todo estaba bien.

Pasaron las horas, que luego se convirtieron en días, y los días en semanas. Mis tías pasaban por mi lado y me miraban con una tristeza que yo no quería aceptar. Mi madre me llamaba para hacer la tarea, exigiéndome otra vez esa perfección que ahora me parecía una carga insoportable. Yo obedecía, hacía mis deberes con letras impecables, pero en cuanto terminaba, corría de nuevo al balcón.

—¿Qué haces ahí, Yuliana? —me preguntaron una tarde.

—Esperando a mi abuela —respondí con una sencillez que les partía el alma.

Pero el sol se ocultaba una y otra vez, y la calle seguía vacía de ella. Poco a poco, el frío del balcón empezó a filtrarse en mi corazón. La niña rápida que entendía todo empezó a comprender la verdad más dura de su corta vida. Una tarde, mientras el cielo se teñía de gris, me levanté del suelo sin que nadie me llamara. Me rendí. Entendí que no era una broma, que el entierro no había sido un sueño y que Julia no iba a cruzar esa esquina nunca más. En ese momento, dejé de mirar la calle y entré a la casa, sintiendo que los colores de mi mundo se apagaban para siempre, dejando paso a una realidad en blanco y negro.




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