Cuando finalmente me aparté de aquel balcón, no solo dejé atrás la calle vacía; dejé atrás a la niña que yo solía ser. La pequeña Yuliana, que a pesar de los golpes y las exigencias mantenía una chispa de esperanza, se quedó allí fuera, esperando una llegada que nunca ocurrió. Al cerrar la puerta tras de mí, sentí que el mundo entero había cambiado de tono. Ya no había rojos vibrantes ni azules brillantes; todo se volvió de un gris monótono, un blanco y negro que pesaba en el alma.
Empecé a vivir detrás de una máscara. Mi mente, siempre rápida y astuta, entendió que para sobrevivir en una casa donde la perfección era la única moneda de cambio, debía ocultar mi dolor.
—Mira, mami, mi cuaderno está limpio. No hay ni un solo error —le decía, mostrándole mis tareas con una voz que sonaba tranquila, casi mecánica.
—Así me gusta, Yuliana. Tienes que ser la mejor —respondía ella, sin notar que mis ojos ya no brillaban.
Por fuera, seguía siendo la niña amable, humilde y solitaria que todos conocían. Podía reír si la situación lo pedía, podía sonreír para las fotos o para que mis tías no se preocuparan, pero por dentro, estaba rota. Era una risa que no llegaba al pecho, una sonrisa que se quedaba en la superficie de los labios. Me volví experta en el arte de estar "bien" mientras por dentro gritaba por el refugio de Julia.
Nunca le dije a nadie cuánto me dolía. Guardé mi tristeza en un rincón muy profundo, justo al lado del recuerdo de los brazos de mi abuela. Aprendí a caminar erguida, a no fallar en mis trabajos, a ser esa estudiante perfecta que todos esperaban, pero lo hacía como un autómata. El vacío de mi "verdadera madre" se convirtió en un silencio constante que me acompañaba a todas partes.
Había madurado a la fuerza, no solo por los golpes físicos, sino por el golpe definitivo de la muerte. Sabía que mi escudo ya no estaba para recibir los impactos por mí, así que me construí una armadura de perfección para que nadie pudiera notar lo mal que estaba realmente. Mi mundo era gris, sí, pero en ese gris aprendí a caminar sola, llevando conmigo el amor de Julia como la única luz que, aunque lejana, me recordaba que alguna vez fui amada sin condiciones.