Una verdadera madre en el cielo

Capitulo #12 "El eco de Julia en las manos de mi mamá"

Después de que el silencio se instaló en la casa tras el entierro de mi abuela Julia, algo increíble empezó a suceder. Era como si el vacío que ella dejó en el sillón de la sala hubiera buscado un lugar donde esconderse, y lo encontró en el corazón de mi madre. Ella, que siempre había sido una mujer de hierro, de ojos críticos que solo buscaban errores en mis cuadernos y de manos rápidas para el regaño, empezó a cambiar de una forma que yo no podía comprender.

Recuerdo una tarde, semanas después del funeral. Yo estaba sentada en la mesa del comedor, con el cuerpo tenso y el borrador en la mano, lista para borrar una palabra que me había quedado un poco chueca. Sentía el sudor en mis palmas, esperando que en cualquier momento mi madre llegara por detrás, viera la imperfección y levantara la voz, o algo peor.

Escuché sus pasos. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes, esperando el golpe o el grito que ya eran parte de mi rutina. Pero en lugar de eso, sentí algo que me dejó paralizada: el roce suave de su mano acariciando mi cabello.

—Ya no borres tanto, Yuliana —me dijo con una voz que sonaba dulce, casi quebrada—. Está muy bien así. Eres una niña muy inteligente, descansa un poco.

Abrí los ojos con asombro. La miré y vi que su rostro ya no tenía esa dureza de antes. Era como si, al perder a su suegra —a mi abuela Julia, quien siempre la detenía—, ella hubiera decidido tomar el lugar de mi escudo. Poco a poco, los regaños innecesarios por la "perfección" fueron desapareciendo. Mi madre empezó a ser más cariñosa, a abrazarme sin que fuera un día especial y a decirme palabras de aliento que antes solo escuchaba de los labios de mi abuela.

A veces, cuando ella me abrazaba fuerte, yo cerraba los ojos y sentía que era Julia quien me rodeaba a través de ella. Mi madre ya no era la mujer que me golpeaba por una tarea; ahora era la madre que me buscaba para darme un beso antes de dormir. La casa seguía siendo de economía normal y estable, pero ahora era rica en afecto. Mi mundo en blanco y negro empezó a recibir sus primeros rayos de luz, no porque la tristeza se hubiera ido, sino porque mami había aprendido a amarme con la misma ternura con la que Julia me defendía.




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