Con el paso de los años, el calendario seguía marcando mis fechas especiales, pero mis cumpleaños dejaron de ser lo que eran. Antes, cuando Julia estaba, ese día era mi pequeño búnker de guerra; era el único momento del año en el que el mundo se detenía, las exigencias de perfección se pausaban y yo me sentía, por unas horas, verdaderamente a salvo y amada. Julia se encargaba de que así fuera. Pero ahora, sin ella, el día de mi nacimiento se convirtió en un espejo que solo reflejaba lo que me faltaba.
Recuerdo sentarme frente al pastel, rodeada de mi madre, mi padrastro y mis hermanitos. La mesa estaba llena de comida, había globos y regalos, y mi madre me miraba con una ternura que antes no existía. Pero en medio de las canciones y los abrazos, yo sentía un frío persistente. Mis ojos, por puro instinto, siempre terminaban buscando aquel rincón donde ella solía sentarse a observarme con orgullo.
—¡Pide un deseo, Yuliana! —decían todos con entusiasmo.
Yo cerraba los ojos, pero no pedía juguetes ni ropa nueva. Mi deseo era siempre el mismo, uno silencioso y desesperado: quería escuchar su voz una vez más, quería sentir sus manos hinchadas por la diabetes rodeando las mías. Al abrir los ojos y ver que el lugar seguía vacío, el pastel me sabía a ceniza. Mis cumpleaños se volvieron una paradoja: los amaba porque mi familia se esforzaba por hacerme feliz, pero los odiaba porque eran el recordatorio anual de que mi escudo ya no estaba ahí para protegerme del resto del año.
El vacío que sentía no se llenaba con los regalos. Era un agujero en el pecho que me recordaba que, aunque la vida continuaba y las cosas iban mejor, la mitad de mi alma se había quedado en aquel entierro. Aprendí a sonreír para que mi madre no se sintiera mal, a jugar con mis hermanos para que no notaran mi tristeza, pero al final del día, cuando las luces se apagaban, me quedaba a solas con ese vacío. Mi cumpleaños ya no era un refugio; era el aniversario de una ausencia que dolía más que cualquier golpe del pasado.