Cuando cumplí los siete años, el dolor de extrañar a mi abuela Julia se había convertido en un compañero silencioso que no me dejaba ni un momento. Se acercaba la noche de Reyes Magos, esa fecha donde todos los niños sueñan con bicicletas, muñecas o juegos brillantes. Yo, sentada frente a mi hoja de papel, sentía que nada de eso tenía importancia. Mi mente, que siempre entendía todo rápido, sabía que lo que yo quería no se vendía en ninguna tienda.
Con mucho cuidado, usando esa caligrafía perfecta que tanto me había costado aprender bajo presión, escribí mi petición: "Queridos Reyes Magos, este año no quiero juguetes. Solo quiero saber de mi abuela Julia. Por favor, tráiganme una carta de ella".
Sabía que era algo imposible, que los muertos no escriben, pero una parte de mi corazón de niña se negaba a aceptar que el adiós fuera definitivo. Esa noche apenas pude dormir. Me imaginaba a los Reyes viajando hasta el cielo para buscar a mi abuela y pedirle un mensaje para mí.
A la mañana siguiente, corrí hacia el árbol con el corazón latiéndome en la garganta. Había paquetes envueltos en papel brillante y juguetes nuevos, pero mis ojos buscaron desesperadamente algo más pequeño. Y ahí estaba: un sobre con mi nombre.
Abrí la carta con manos temblorosas y, apenas leí las primeras palabras, me eché a llorar de una forma que asustó a mis hermanos. No eran lágrimas de tristeza, sino de un alivio profundo, como si por fin pudiera respirar. En la carta, "mi abuela" me decía que me amaba, que me veía desde el cielo y que estaba orgullosa de la niña en la que me estaba convirtiendo. Me decía que no estuviera triste, porque ella seguía siendo mi escudo, aunque yo no pudiera verla.
Me pasé el día entero abrazada a ese papel. Los juguetes se quedaron en un rincón, olvidados; para mí, ese pedazo de papel valía más que todo el oro del mundo.
A los ocho años, por cosas de la vida, me enteré de que la carta no había bajado del cielo. Supe que mi madre y mi padrastro, al ver mi desesperación y mi tristeza, se habían sentado juntos a redactarla, tratando de imitar el amor que Julia me tenía. Pero, aunque supe que era falsa, nunca dije nada. No me sentí engañada; al contrario, sentí una gratitud inmensa. Ese gesto de mis padres me sanó por dentro más que mil terapias. Entendí que, si ellos se habían tomado el tiempo de crear ese milagro para mí, era porque mi abuela realmente estaba presente en el amor que ahora ellos me daban.