Han pasado los años y ahora tengo trece. Dicen que a esta edad uno empieza a dejar atrás la infancia, pero yo siento que lo que realmente estoy dejando atrás son los últimos hilos que me unían a los recuerdos físicos de mi abuela Julia. Últimamente, me sucede algo que me hiela la sangre y me llena de una tristeza profunda: he empezado a olvidar el sonido de su voz.
Cierro los ojos con fuerza, trato de concentrarme, de buscar en los rincones de mi memoria aquel tono firme con el que me defendía o la suavidad con la que me llamaba "cielito". Pero el silencio es lo único que encuentro. Es como si el tiempo fuera una marea que, poco a poco, ha ido borrando las huellas de su voz en la arena de mi mente. Me pongo mal, me hundo en una melancolía pesada al darme cuenta de que el eco de mi verdadera madre se está apagando, y no hay nada que yo pueda hacer para subirle el volumen.
Junto a ese olvido, hay un fantasma que me persigue: el recuerdo de lo que dije aquella mañana cuando mami me dio la noticia. "¡Qué bueno que mi abuela murió!".
Ahora que soy más grande, esas palabras me queman por dentro. Me castigo pensando en lo cruel que debí sonar, aunque una parte de mí sabe que solo era una niña de seis años que no entendía la magnitud de la tragedia. A los trece, entiendo perfectamente que en ese instante lo perdí todo. Perdí mi refugio, mi escudo y la única mirada que me veía perfecta sin exigirme nada. Me entristece pensar que mi primera reacción ante su partida fue una celebración basada en la inocencia, sin saber que el vacío que se abría bajo mis pies duraría para siempre. Extraño a Julia con una intensidad que a veces me quita el aliento, y daría cualquier cosa por volver a escuchar, aunque fuera un segundo, el sonido real de su risa.