Una verdadera madre en el cielo

Capitulo #17 -Ultimo- "Conversaciones frente a la piedra"

Hoy, el camino hacia el cementerio ya no se siente como aquel trayecto doloroso y eterno de mi infancia. Ahora, mis pasos son firmes y mi corazón, aunque todavía guarda una pizca de nostalgia, camina en paz. Llego frente a su tumba, me limpio un poco la ropa y me siento sobre el pasto, justo al lado de donde descansa su cuerpo. A veces llevo flores, otras veces solo llevo mis pensamientos, pero siempre siento que en ese pequeño espacio de tierra el aire se vuelve más liviano. Me siento allí y, sin importar quién esté cerca, empiezo a hablarle en un susurro que solo el viento y ella pueden entender.

—Hola, abuela Julia. Vine a contarte cómo va todo... —comienzo a decir, y en ese instante, el vacío que sentía en el balcón de mi casa parece llenarse por completo.

Le platico mis días con todo el detalle que mi mente rápida puede recordar. Le cuento sobre mis hermanos, de cómo crecen tan rápido y de cómo trato de ser para ellos un poco de ese escudo que ella fue para mí; les hablo de ella para que, aunque no la conocieron, sientan que tienen una guardiana en el cielo. Le hablo de mami, de cómo nuestra relación ha sanado tanto que ahora nos abrazamos con la sinceridad que antes nos faltaba. Le confieso mis miedos de adolescente, mis dudas a los trece años y mis sueños de ser alguien que ayude a los demás, tal como ella me ayudó a mí cuando mi mundo era blanco y negro.

Mientras estoy allí sentada, siento que las grietas que se abrieron en mi alma cuando era una niña de seis años —aquellas que intenté ocultar durante tanto tiempo detrás de una caligrafía perfecta y una sonrisa falsa— finalmente se han sellado. No es que el dolor se haya ido, porque la falta que me hace es eterna, pero he aprendido a vivir con esa ausencia, transformándola en una fuerza que me impulsa. Julia, la madre de mi padrastro, me enseñó que la verdadera maternidad no nace de la sangre, sino de la protección, de la defensa ante la injusticia y del amor que no pide perfección a cambio.

Me levanto de la tumba, le doy una última caricia a la fría piedra y me despido con una sonrisa que esta vez sí llega a mis ojos. Al caminar hacia la salida del cementerio, ya no veo el mundo en gris. He recuperado los colores porque entiendo que mi abuela no está atrapada bajo la tierra, sino que vive en cada acto de bondad que realizo y en cada vez que me perdono por no ser "perfecta". Ella es mi verdadera madre en el cielo, y mientras yo respire y visite este lugar para platicarle mis días, su presencia seguirá guiándome, cuidándome con un amor que ni la muerte pudo borrar.




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