Una Vida Después De La Muerte

¿No Hay Diversión?

Artemis toma el cuerpo suave y liviano de Arthur Cavendish para dirigirse al abismo y las llamas ardientes del infierno, mientras Arthur miraba el panorama y se aferraba a los hombros de Artemis; ambos se miran a los ojos y la frialdad en la mirada de ambos ni siquiera había cambiado después de todo lo sucedido. Arthur ríe suave mirando con ojos entrecerrados a Artemis.

—Te quedaste sin comida, ¿o no?, Artemis —habla Arthur desviando la mirada hacia el abismo donde se escuchaban gritos y ruegos.

—Me temo que tiene razón, amo. Nunca pensé que se suicidaría —Artemis siente cómo su ceño se frunce ligeramente, sin quererlo demostrar completamente; sólo necesita recordar lo sucedido para comenzar a sentir la sangre hervir en su interior.

—¿A dónde iremos?

—Al infierno, amo.

Arthur frunce el ceño un poco apretando los hombros de Artemis, quien se lanza hacia el abismo rápidamente con una leve sonrisa cayendo al oscuro lugar. Cuando Arthur abre los ojos, se encuentra afuera de su mansión con Artemis, él en sus brazos; frunce el ceño y mira a Artemis.

—¿Qué es esto? —pregunta Arthur bajándose de los brazos de Artemis.

—Supongamos que este fue su hogar por muchos años, es el único lugar que conoce y se aferró a él. No podremos salir después de la entrada, donde un lugar de sombras completamente desconocido para usted nos esperará.

—No quiero encontrar más demonios, ya tengo suficiente contigo, entremos, Artemis.

Ambos entran a la mansión y no había nada diferente, pero algo le faltaba en la vida a Arthur. La caja de música estaba justo ahí con pinturas que en su momento fueron obras de arte y ahora era como si varias almas estuvieran encerradas ahí con sufrimiento en sus ojos, sube las escaleras para llegar al despacho de Arthur Cavendish quien acaricia su escritorio suavemente, libre de suciedad, y con su ojo entrecerrado mira el lugar.

—Pensé que el infierno era...

—¿Un lugar lleno de sufrimiento? Lo lamento, mi señor. Lamentamos decepcionarlo, hay lugares donde las almas "pecadoras" reviven su propio sufrimiento una y otra vez, pero está muy lejos de aquí. Por ahora, cada demonio tiene su lugar, pero afuera... es completamente diferente. En varias ocasiones, ubicado en lo más profundo del infierno, el Salón de las Almas Vacías es un vasto pabellón oscuro donde los demonios aguardan entre contratos, acechando en busca de nuevas presas humanas. El techo es alto, imposible de ver, cubierto por una neblina espesa que brilla con un tenue resplandor carmesí. El Salón de las Almas Vacías no es solo un lugar de espera: es un mercado donde los demonios negocian, conspiran y cazan. Aquí, cada palabra es un contrato no escrito, y cada mirada puede sellar un destino.

—Entiendo. Entonces... ¿cuándo comenzará a darme hambre de almas humanas?

Los ojos de Artemis brillan en un destello rojizo por un microsegundo y le resta importancia alzándose de hombros. Arthur exhala.

—Esto será aburrido...

—Lamento decirle, señor... me temo que así es.

Arthur se sienta en su escritorio mirando los libros; toma uno con Artemis delante suyo, quien mantiene unos ojos fríos en comparación a cuando estaban en el mundo de los humanos. El silencio reinaba en el lugar, ni siquiera la falta de respiración de ambos podía escucharse. Las hojas pasan por los dedos de Arthur; el libro estaba completamente vacío, con hojas en blanco.

—Le traje el diario de la mansión, señor. Sabía que se iba a aburrir.

—¿No hay algo con lo cual divertirse?

—Lo lamento. Pero las formas de divertirse en el infierno son bastantes incoherentes para mi amo.

—Entiendo.

Un grito los hace salir de ese silencio y Arthur corre a ver la ventana mirando una pequeña sombra por el cielo. Arthur abre sus ojos con bastante asombro; Artemis se posa detrás de él mirando a la sombra en el cielo brillante con ojos fríos y calculadores.

—Es un alma que acaba de llegar al infierno, pasa por diferentes lugares... sin contrato hecho, pero sí con sus pecados. Me sorprende que haya llegado tan lejos... ¿quería diversión, amo? Si sigue deseando cosas así tendremos que escuchar ese tipo de accidentes a diario.

—Qué molesto y a la vez... interesante.

Artemis hace una pequeña reverencia antes de irse. Arthur toma el diario y comienza a leerlo, poniendo su codo sobre el escritorio aburrido y apoyando la mano en la mejilla.

Por otro lado, Artemis se encuentra en los límites de la mansión con un cuervo mirándolo a lo lejos. Sus ojos se encienden en un rojo carmesí con una pupila filosa: enojo, ira, decepción e irritación. Su puño se dirige con fuerza hacia el suelo. Se sentía frustrado debido a que tenía que servirle a un maldito demonio igual o menor que su rango; ahora estaba atado para siempre con esa formalidad y ese malintencionado contrato que le convertía en un maldito mayordomo. El suelo se rompe haciendo una grieta bastante grande, desgarrando la superficie debajo de él. El golpe se escucha hasta los oídos de Arthur, quien sonríe con malicia; iban a ser bastantes siglos en ese estado.




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