Arthur Cavendish estaba siendo vestido con su pijama por Artemis. El frío volvía a reinar, no sólo en el ambiente, sino también en los ojos y el toque del mayordomo. Arthur se recostó en la cama, cubriéndose con las sábanas mientras miraba al techo; apretó los puños y volvió a incorporarse en poco tiempo.
—Cuéntame un cuento. No sé cómo voy a dormir.
—Nosotros los demonios... no dormimos.
Arthur se estremeció ligeramente y bajó la mirada. Tras un suspiro, se quitó las cobijas de encima y puso los pies en el suelo. Artemis sonrió con suavidad y dio un paso atrás.
Otro grito de un alma resonó en la distancia, seguido de fuertes pisadas que hicieron que ambos volvieran la vista hacia la ventana. Arthur había rodeado su morada con una atmósfera de penumbra salpicada de estrellas. Artemis abrió las persianas del gran ventanal y su amo se colocó a su lado para contemplar el jardín.
—¿Qué es eso?
—Un demonio... El alma que capturó intentó huir y él la está cazando en su propio terreno. Es lo más humano que hay en el infierno, ahora que lo pienso. No muchos de los nuestros decoran su hogar de una manera tan coloquial.
Pronto, el sonido de cristales rotos resonó en la mansión. Artemis mantuvo la compostura, imperturbable, con las manos cruzadas tras la espalda. Arthur, con el rostro tenso, apretó los puños al escuchar los pasos que se aproximaban por el pasillo: gruñidos, rugidos y el jadeo de bestias voraces. Se acercó rápidamente a la puerta y la cerró de golpe.
—Me temo que eso no servirá de mucho, joven amo. Otras bestias están cazando... y han irrumpido aquí buscando a esa misma alma.
—¡No juegues conmigo, Artemis! No quiero a otros demonios rondando por mi mansión. Te ordeno que eches a esos demonios... y me entregues la presa que tanto anhelan.
Dicho esto, Arthur caminó de vuelta a la cama, se recostó y tomó el diario de la mesa de noche.
Artemis atendió la instrucción y salió a la penumbra. Mientras los rugidos resonaban al otro lado de la pared, Arthur intentaba concentrarse en la lectura. No podía evitar preguntarse si existía una jerarquía, o si todo se reducía a distintas formas de sufrimiento y diversión impura. Lo único certero era que ya no poseía un corazón latiendo, ni respiración, ni sangre corriendo por sus venas.
Fijó la vista en un punto cualquiera, apretando el diario entre sus manos. El recuerdo de su antigua vida mortal le provocaba un punzante dolor de cabeza. Aunque sus ojos ahora fulguraban en un tono carmesí, él aún se sentía ajeno a esa naturaleza. Se percibía débil, distante... aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Acarició las sábanas esperando percibir alguna textura, pero ya no distinguía entre el frío y el calor. Ahora comprendía por qué las criaturas del infierno ascendían al mundo humano: buscaban desesperadamente algo que saciara su apetito o rompiera la monotonía. Cerró los ojos, aceptando que la humanidad perdida nunca regresaría. Ahora era un demonio con un mayordomo perpetuamente atado a su servicio; al menos, esa era la mejor parte.
En los oscuros corredores, Artemis se abría paso entre las bestias. Varios demonios luchaban entre sí violentamente, arañándose por atrapar al alma fugitiva. El espectro esquivaba las garras desesperadamente, tratando de huir incluso del ser con quien había pactado originalmente.
—¡Esa alma me pertenece! —rugió una de las criaturas. —¡Ni se les ocurra probarla! —vociferó otra.
El alma zigzagueaba por los pasillos buscando una salida inexistente. Detrás de ella, unos pasos serenos e inhumanos retumbaban sobre el mármol. Artemis emergió de las sombras, caminando con parsimonia y los brazos tras la espalda mientras las bestias se atropellaban entre sí.
—¿De verdad creíste que podías escapar? —murmuró con tono burlón.
El alma emitió un chillido e intentó acelerar, pero una garra brotó del suelo y la sujetó por la pierna. Un demonio de rostro alargado y cuernos afilados siseó con avidez.
—Nosotros también queremos un bocado, Artemis. No eres el único que caza en esta mansión.
El mayordomo suspiró mientras se reacomodaba el saco.
—Lamento informarles que este platillo ya tiene comensal. Y dudo que mi amo tolere la desobediencia.
Los demonios rieron mostrando hileras de dientes afilados. Uno de ellos, provisto de extremidades largas como cuchillas, se arrojó al ataque. Artemis apenas se inmutó: en un parpadeo, atravesó el pecho del atacante y le arrancó la esencia. El cuerpo del demonio se desplomó y pero no murió, sólo se desvaneció.
Los otros dos vacilaron un instante, pero la voracidad pudo más que la prudencia y arremetieron al unísono. Artemis sonrió.
Lo que siguió fue un despliegue de sombras y destellos oscuros. Intentaron desgarrarlo, pero el mayordomo esquivaba cada zarpazo con elegancia sobrehumana. Atrapó en el aire a uno de los atacantes que descendía desde el techo y lo estampó contra el muro con la fuerza suficiente para pulverizar sus huesos. El último intentó poner distancia, pero Artemis reapareció a su espalda; un simple chasquido de sus dedos bastó para deshacer a la criatura en polvo.
El alma, acorralada, temblaba en el suelo. Artemis la levantó con delicadeza por el cuello, contemplándola con fría curiosidad.
—Has dado una buena carrera... pero mi amo espera su cena.
Con una reverencia llena de ironía, desapareció entre las sombras.
De vuelta en el gran salón, Arthur lo aguardaba reclinado en un trono de ónix. Artemis se arrodilló ante su señor, extendiendo la mano para ofrecerle el alma brillante.
—Como ordenó.
Arthur tomó la esencia con una sonrisa distante. La observó flotar un segundo sobre sus dedos antes de llevarla a los labios. El sabor resultó indescriptible, la culminación de un apetito voraz. Dejó escapar un leve suspiro y sus ojos brillaron con satisfacción.
—Exquisito. Ahora entiendo por qué querías devorar mi alma.
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Editado: 17.08.2026