El callejón al que Khalil y Yusuf se internaron era más estrecho que los anteriores, tan angosto en algunos tramos que los toldos de las tiendas enfrentadas casi se tocaban por encima de sus cabezas, creando una sombra fresca y moteada que contrastaba con el sol implacable de las calles más abiertas. Aquí el ambiente era distinto: menos turístico, más íntimo, con talleres pequeños donde los artesanos trabajaban a la vista de cualquiera que se detuviera a mirar, sin las vitrinas cuidadosamente iluminadas de las tiendas más grandes del zoco principal.
Fue precisamente ese ambiente el que hizo que Khalil aminorara el paso, fascinado por la visión de un hombre mayor tallando madera de sándalo con una paciencia que parecía desafiar el paso del tiempo, las virutas cayendo alrededor de sus pies en pequeños montículos dorados que olían a resina y a algo dulce, casi medicinal.
—Diez minutos más —murmuró, más a sí mismo que a Yusuf, que caminaba un par de pasos por detrás con la vigilancia discreta de siempre.
Fue en ese momento, mientras Khalil se detenía a observar el trabajo del tallador, cuando Amara dobló la esquina del callejón perpendicular, todavía con el carrete de hilo azul añil apretado en una mano y la cesta de mimbre colgada del otro brazo, caminando con la prisa habitual de quien tiene una lista mental de tareas pendientes y calcula, casi sin pensarlo, cuánto tiempo le queda antes de que el calor de mediodía se vuelva insoportable.
No vio a Khalil de inmediato. Su atención estaba puesta en esquivar a un grupo de niños que corrían entre los puestos jugando a algo que solo ellos entendían, con esa energía inagotable que el calor del desierto nunca parecía lograr apagar del todo. Fue justo al esquivarlos, girando el cuerpo con un movimiento rápido y ágil, cuando chocó de lleno contra algo —alguien— que no había visto llegar desde la dirección opuesta.
El carrete de hilo azul se le escapó de la mano y rodó por el suelo empedrado, deshaciéndose parcialmente en un rastro de color que serpenteó entre los pies de los transeúntes hasta detenerse contra la base de un puesto de especias.
—Perdón, yo... —empezó a decir Amara, levantando la vista con la irritación instantánea de quien ha perdido el equilibrio sin quererlo, pero las palabras se le quedaron a medio camino cuando sus ojos se encontraron con los del hombre contra el que acababa de chocar.
Era alto —más alto de lo que parecía a primera vista, con esa altura que solo se aprecia del todo cuando uno está lo bastante cerca como para tener que levantar la barbilla para sostenerle la mirada— y vestía con una sencillez que, sin embargo, no lograba disimular del todo cierta elegancia natural en la manera de sostenerse, en la calidad discreta de la tela de su camisa, en algo indefinible que Amara no supo nombrar de inmediato pero que registró, de manera casi instintiva, como fuera de lugar en aquel callejón de artesanos y talladores de madera.
—No, ha sido culpa mía —dijo él, y su voz tenía un timbre grave, controlado, la voz de alguien acostumbrado a que la gente escuchara cada palabra que pronunciaba—. Estaba distraído.
Se agachó antes de que Amara pudiera reaccionar, recogiendo el carrete de hilo con un gesto rápido y devolviéndoselo con una media sonrisa que, para su sorpresa, no tenía nada de la condescendencia que ella esperaba encontrar en un hombre que, a juzgar por su porte, probablemente jamás había tenido que preocuparse por el precio de un carrete de hilo en toda su vida.
—Gracias —dijo Amara, tomando el hilo y examinándolo brevemente para comprobar que no se hubiera dañado—. No es nada grave, por suerte. Solo un poco de tierra.
—Puedo comprarle otro, si lo prefiere. Hay una tienda de telas dos calles atrás.
Amara lo miró entonces con más atención, entrecerrando ligeramente los ojos, no por el sol sino por algo parecido a la curiosidad, o quizás a la sospecha, esa alerta silenciosa que las mujeres que han crecido en un mercado desarrollan de manera natural frente a los extraños demasiado generosos.
—No hace falta —respondió, con un tono que dejaba claro que la oferta, aunque amable, resultaba innecesaria—. Es solo un carrete de hilo, no una joya de la corona.
Algo en la frase pareció divertir al hombre de una manera que Amara no esperaba. Sonrió —una sonrisa breve pero genuina, distinta de la media sonrisa cortés de un momento antes— y por un instante, ese instante fugaz en que dos desconocidos se sostienen la mirada un segundo más de lo estrictamente necesario, algo pareció suspenderse en el aire cálido del callejón.
—Tiene razón —dijo él finalmente—. Aunque debo admitir que en mi experiencia, la gente rara vez rechaza un ofrecimiento tan sencillo.
—Entonces quizás no ha conocido a la gente correcta —respondió Amara, sin poder evitar cierta ironía en el tono, y se sorprendió a sí misma por la facilidad con la que las palabras le salieron, como si hablar con aquel extraño fuera, de alguna manera inexplicable, más natural de lo que debería haber sido.
Yusuf, que observaba la escena desde unos pasos de distancia con una atención que no pasó del todo desapercibida para Amara, dio un paso adelante como si fuera a intervenir, pero Khalil levantó apenas la mano, un gesto mínimo que Yusuf interpretó de inmediato y que lo hizo retroceder de nuevo a su posición de observador discreto.
—Es posible que tenga razón —dijo Khalil, y había en su voz algo que Amara no supo identificar del todo, una especie de curiosidad genuina que contrastaba con la actitud ligeramente distante con la que, según había aprendido a reconocer por experiencia con los turistas y comerciantes visitantes, solían hablarle los hombres que se detenían a charlar con ella en el zoco—. ¿Es usted de aquí? Del barrio, quiero decir.
—Nací a dos calles de este mismo lugar —respondió Amara, ajustándose la cesta sobre el brazo con un gesto que indicaba, sin palabras, que la conversación estaba a punto de llegar a su fin—. Y usted, por su acento, definitivamente no.