Una virgen para el jeque.

Capítulo 4: La lista de las imposibles

La delegación de Doha resultó ser, como tantas otras audiencias oficiales, una sucesión de formalidades que Khalil atravesó con el piloto automático perfeccionado durante años de entrenamiento diplomático: sonrisas medidas, apretones de manos firmes pero no excesivos, comentarios sobre acuerdos comerciales que en realidad llevaban meses cerrados y que aquella visita solo venía a formalizar con la pompa que la ocasión exigía. Cuando por fin los delegados se retiraron hacia sus alojamientos en el ala de huéspedes, ya había caído la noche sobre Al-Zahiri, y Khalil sintió, por primera vez en todo el día, que podía respirar sin la sensación de estar representando un papel.

No duró mucho ese alivio. Apenas se había aflojado la corbata cuando Fátima apareció en la puerta de su despacho privado con una expresión que Khalil ya conocía de memoria: la de quien trae un mensaje que preferiría no tener que dar.

—Su madre pregunta si puede recibirla antes de la cena, Su Alteza.

Khalil suspiró. Sabía exactamente de qué querría hablar su madre, y la conversación, aunque inevitable, era precisamente la que menos ganas tenía de sostener esa noche, con el recuerdo del zoco todavía fresco en la memoria como un secreto pequeño y cálido que no quería compartir con nadie, y mucho menos con la Sultana.

—Dile que voy enseguida.

Los aposentos privados de su madre ocupaban toda un ala del segundo piso, decorada con el mismo gusto exquisito y ligeramente severo que había caracterizado cada decisión que la Sultana Nur había tomado a lo largo de su vida como reina consorte, y que ahora, viuda, mantenía con la misma disciplina inquebrantable. La encontró sentada en la terraza privada que daba al jardín interior, con una taza de té de menta humeando frente a ella y una carpeta de cuero cerrada sobre la mesa baja de mármol.

—Siéntate, Khalil —dijo, sin levantar la vista de inmediato, un gesto que Khalil reconoció como el preámbulo habitual de una conversación que su madre había planeado con cuidado, probablemente durante horas.

Se sentó frente a ella, y por un momento ninguno de los dos habló, dejando que el silencio se llenara con el rumor de la fuente cercana y el aroma dulzón del jazmín que trepaba por las columnas de la terraza.

—Sé dónde estuviste esta tarde —dijo finalmente la Sultana, y aunque su tono se mantuvo neutro, casi conversacional, Khalil sintió que el estómago se le tensaba de golpe.

—Fui a caminar —respondió, con la mayor naturalidad que pudo reunir—. No hay ningún crimen en eso.

—No hablo de crímenes, hijo. Hablo de riesgos. —La Sultana abrió por fin la carpeta que tenía sobre la mesa, y Khalil vio, con una mezcla de irritación y resignación, que contenía fotografías: él mismo, de espaldas, caminando por el zoco viejo con las gafas de sol y la ropa sencilla; él mismo, deteniéndose frente al escaparate del vestido bordado; él mismo, hablando con una mujer cuyo rostro, en la fotografía tomada desde cierta distancia, aparecía apenas visible—. Los servicios de seguridad de palacio tienen ojos en toda la ciudad, Khalil. Deberías saberlo mejor que nadie.

Khalil tomó una de las fotografías, examinándola con una calma que no sentía del todo por dentro. Reconoció el momento exacto: él inclinándose para recoger el carrete de hilo, Amara con la cesta de mimbre colgada del brazo, la luz de la tarde cayendo oblicua entre los toldos del callejón.

—No es lo que parece —dijo, aunque incluso mientras lo decía sabía que la frase sonaba tan gastada y poco convincente como cualquier excusa que hubiera podido inventar un adolescente sorprendido en una travesura.

—¿Y qué parece, exactamente? —La voz de su madre se endureció apenas, lo suficiente para que Khalil supiera que la paciencia que había mostrado hasta el momento tenía un límite que empezaba a acercarse peligrosamente—. Porque a mí me parece que el futuro rey de Al-Zahiri, con un plazo de seis meses para encontrar esposa y con su primo buscando cualquier excusa para cuestionar su idoneidad ante el Consejo, decidió pasar la tarde coqueteando con una bordadora del zoco en lugar de atender los asuntos que de verdad importan.

—No estaba coqueteando —protestó Khalil, aunque la palabra, dicha en voz alta por su madre, hizo que algo se removiera incómodo en su pecho, porque no estaba del todo seguro de que la Sultana estuviera del todo equivocada—. Estaba pensando. Necesitaba salir de palacio, ver algo distinto a las mismas caras de siempre repitiendo las mismas expectativas.

La Sultana cerró la carpeta con un gesto seco, definitivo, y se recostó en su asiento, observando a su hijo con esa mirada penetrante que había heredado, según decían quienes la conocían desde joven, de su propia madre, una mujer beduina de carácter legendario en las historias familiares.

—Escúchame bien, Khalil, porque no voy a repetirlo. —Su voz bajó de volumen, pero ganó una intensidad que resultaba, de alguna manera, más intimidante que cualquier grito—. Entiendo tu necesidad de escapar. Yo también la sentí, muchas veces, cuando me casé con tu padre y descubrí que la vida de palacio era mucho más una prisión dorada que un cuento de hadas. Pero el mundo en el que vivimos no perdona a quienes olvidan su lugar, y mucho menos a las mujeres que, sin proponérselo, se ven arrastradas a ese olvido.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que si esa mujer del zoco llega a saber quién eres realmente, su vida cambiará de maneras que ella jamás pidió ni imaginó. La prensa la perseguirá. Su familia será investigada, cuestionada, expuesta a un escrutinio que ninguna persona común está preparada para soportar. Y si el Consejo llega a enterarse de que el futuro rey pasea de incógnito coqueteando con desconocidas en el zoco en lugar de considerar seriamente a las candidatas apropiadas, le darás a Rashid la munición perfecta para cuestionar tu criterio ante los ancianos.

Khalil guardó silencio, porque sabía, con esa certeza incómoda que solo llega cuando alguien articula en voz alta lo que uno mismo ha estado evitando pensar, que su madre tenía razón en cada palabra, incluso mientras deseaba con todas sus fuerzas que no la tuviera.




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