Una virgen para el jeque.

Capítulo 5: Amara dice que no

El viernes amaneció con esa quietud particular que solo el día sagrado lograba imponer sobre el zoco, un silencio distinto al de cualquier otra jornada, roto apenas por el llamado a la oración que resonaba desde los minaretes de la ciudad vieja y por el repiqueteo ocasional de algún vendedor madrugador que preparaba su puesto para las escasas horas de actividad que el viernes permitía antes del mediodía.

Amara había dormido mal, dando vueltas en la cama estrecha de su habitación mientras la conversación de la noche anterior con Farida regresaba una y otra vez, como una melodía que no lograba sacarse de la cabeza. Se levantó antes del amanecer, no porque tuviera intención de trabajar —el viernes era, después de todo, el único día de descanso real que se permitía en toda la semana— sino porque el sueño, sencillamente, se había negado a cooperar.

Terminó el dobladillo del vestido de los Qureshi antes de las nueve, con una concentración casi febril que Farida, cuando bajó a desayunar, no dejó de notar.

—No tenías que terminarlo hoy —comentó, sirviéndose café mientras observaba a su sobrina doblar cuidadosamente el vestido sobre papel de seda—. Es viernes. Hasta las agujas descansan el viernes.

—Prefiero tenerlo listo —respondió Amara, sin levantar la vista—. Así no tengo que pensar en él el resto del día.

Lo que no dijo, aunque ambas lo sabían sin necesidad de palabras, era que mantener las manos ocupadas con el bordado era la única manera que Amara había encontrado, en las últimas doce horas, de evitar que sus pensamientos regresaran obstinadamente al callejón de los talladores, al hombre de ojos color miel, al nombre que Farida había pronunciado la noche anterior con tanta certeza que resultaba imposible, por mucho que Amara quisiera, descartarlo del todo como una simple coincidencia de nombres.

No tuvo, sin embargo, demasiado tiempo para seguir dándole vueltas al asunto. Poco después de las diez, mientras ayudaba a Farida a acomodar unas telas recién llegadas en la trastienda, el sonido de la campanilla de la puerta principal anunció la llegada de una visita, y cuando Amara se asomó para ver quién interrumpía el descanso del viernes, sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, mitad sorpresa, mitad algo que no quería nombrar todavía.

No era Khalil. Era Yusuf, vestido esta vez con una formalidad que contrastaba notablemente con la sencillez casual del día anterior, aunque su expresión mantenía la misma cortesía discreta que Amara recordaba haber notado, sin prestarle demasiada atención en su momento, mientras observaba la escena del callejón desde unos pasos de distancia.

—Buenos días —dijo Yusuf, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto que, aunque cortés, tenía algo de formal que no encajaba del todo con el ambiente relajado del taller—. Busco a la señorita Amara Beltrán.

—Soy yo. —Amara se limpió las manos en el delantal, sintiendo que la alerta de la noche anterior regresaba con fuerza renovada—. ¿En qué puedo ayudarle?

Yusuf dudó un instante, como sopesando la mejor manera de plantear lo que había venido a decir, y ese instante de vacilación bastó para confirmar, sin necesidad de más palabras, todo lo que Farida había sospechado la noche anterior.

—Vengo de parte de Su Alteza el príncipe Khalil Al-Mazhar —dijo finalmente, con un tono que pretendía sonar natural pero que no lograba del todo disimular cierta cautela profesional—. Le gustaría hablar con usted, si dispone de un momento.

El silencio que siguió a esas palabras se extendió por varios segundos, durante los cuales Amara sintió que todas las miradas de la tienda —incluida la de Farida, que se había quedado inmóvil en la trastienda con una pieza de tela todavía entre las manos— se posaban sobre ella, esperando una respuesta que ni ella misma sabía todavía con certeza cómo formular.

—¿El príncipe? —repitió, con una calma que le costó un esfuerzo considerable mantener—. ¿El mismo hombre con el que choqué ayer en el callejón de los talladores?

—El mismo —confirmó Yusuf, sin ningún intento de disimulo ahora que la verdad había quedado establecida—. Lamento la falta de transparencia de ayer. Fue decisión suya, no mía, mantener su identidad reservada durante el paseo.

Farida salió entonces de la trastienda, secándose las manos en el delantal con movimientos rápidos, y se colocó junto a su sobrina con una actitud protectora que Amara agradeció en silencio, aunque una parte de ella —la parte más terca, la que había heredado directamente de su padre, según decía siempre Farida— sentía también cierta irritación ante la idea de necesitar protección de nadie.

—¿Y para qué quiere hablar Su Alteza con mi sobrina? —preguntó Farida, con un tono que dejaba claro que no pensaba dejar pasar la pregunta sin una respuesta satisfactoria.

—Eso, con todo respeto, prefiere explicarlo él mismo —respondió Yusuf, sin perder la cortesía pero sin ceder tampoco ni un centímetro de terreno—. Le aseguro que sus intenciones son completamente honorables. El príncipe simplemente desea disculparse en persona por la falta de honestidad de ayer, y quizás... continuar la conversación que quedó interrumpida.

Amara sintió que algo se tensaba en su interior, una mezcla incómoda de curiosidad y desconfianza que no lograba resolver del todo en ninguna dirección clara. Por un lado, la parte más pragmática de su mente, la que había aprendido a sobrevivir en un zoco donde cada transacción, cada conversación, escondía siempre un cálculo subyacente, le advertía que aceptar cualquier tipo de acercamiento de un hombre en la posición de Khalil solo podía traer complicaciones que ella, sencillamente, no necesitaba ni quería en su vida. Por otro lado, el recuerdo de aquella conversación en el callejón —la facilidad inesperada con la que habían hablado, la sensación extraña de haber conectado, aunque fuera brevemente, con alguien que parecía cargar un peso similar al que ella misma sentía a veces bajo la aparente sencillez de su vida— se resistía a dejarse descartar sin más.




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