El lunes siguiente llegó a palacio con una agenda tan apretada que Khalil apenas tuvo tiempo de pensar en el zoco, en Amara, o en cualquier cosa que no fuera la sucesión interminable de audiencias, informes y decisiones administrativas que el papel de regente interino le exigía casi sin pausa. Fue precisamente en medio de esa vorágine, alrededor de las once de la mañana, cuando Fátima entró en su despacho con una expresión que Khalil no supo interpretar del todo, pero que reconoció de inmediato como distinta de su habitual gesto de discreción protocolaria.
—Su Alteza, el señor Rashid solicita audiencia. Dice que es un asunto urgente y personal.
Khalil frunció el ceño. Su primo rara vez solicitaba audiencias formales; prefería, casi siempre, los encuentros casuales en pasillos y jardines, donde las conversaciones podían mantenerse en un terreno ambiguo, difícil de citar o de utilizar como prueba de nada concreto. Una solicitud formal, con Fátima anunciándola como "urgente y personal", era, en sí misma, una señal de que algo distinto estaba en marcha.
—Hazlo pasar.
Rashid entró en el despacho vestido con una elegancia calculada, la túnica tradicional bordada en hilo de oro que solía preferir para ocasiones donde quería proyectar autoridad y respeto por las costumbres, un contraste deliberado, Khalil lo sabía bien, con los trajes occidentales que él mismo prefería vestir. Llevaba consigo una carpeta delgada de cuero oscuro, y su expresión, habitualmente cargada de una cordialidad que nunca terminaba de sentirse del todo genuina, tenía hoy un filo distinto, más afilado, más seguro de sí mismo.
—Primo —dijo Rashid, tomando asiento frente al escritorio sin esperar a que Khalil lo invitara formalmente a hacerlo, un gesto pequeño pero deliberado que Khalil registró de inmediato como una declaración silenciosa de las intenciones que traía—. Gracias por recibirme con tan poco aviso.
—¿En qué puedo ayudarte, Rashid?
—Más bien se trata de en qué puedo ayudarte yo a ti. —Rashid sonrió, esa sonrisa perfectamente calibrada que Khalil había aprendido a desconfiar desde la infancia, cuando ambos jugaban juntos en los jardines del palacio y Rashid, incluso entonces, tenía la costumbre de ganar cada juego mediante reglas que él mismo modificaba a mitad de partida—. He sabido, por ciertos canales, que has estado explorando... opciones matrimoniales fuera de los círculos habituales.
Khalil sintió que el estómago se le tensaba, aunque mantuvo el rostro impasible con el mismo entrenamiento que había perfeccionado durante años de audiencias diplomáticas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. —Rashid abrió la carpeta que había traído consigo y deslizó sobre el escritorio, con un movimiento lento y deliberado, una de las fotografías: Khalil inclinado, recogiendo el carrete de hilo del suelo del callejón, con Amara observándolo a apenas un metro de distancia—. Una bordadora del zoco viejo, según tengo entendido. Amara Beltrán, hija de un comerciante local y una española. Encantadora, por lo que dicen quienes la conocen. Aunque, como estoy seguro de que comprendes, completamente inadecuada para convertirse en reina de Al-Zahiri.
Khalil miró la fotografía sin tocarla, con una calma exterior que le costaba un esfuerzo considerable mantener mientras por dentro calculaba, a toda velocidad, las implicaciones de que su primo tuviera acceso a esas imágenes, las mismas —o copias muy similares— que su madre le había mostrado apenas unos días antes.
—¿Qué quieres, Rashid?
—Quiero lo mismo que siempre he querido —respondió Rashid, sin ningún intento de disimulo ahora que la conversación había llegado a su punto central—. Lo que es justo. Lo que el Consejo decidirá, tarde o temprano, si continúas por este camino de indecisión y distracciones impropias de un futuro rey.
—Habla claro. No tengo tiempo para acertijos esta mañana.
Rashid se recostó en su asiento, con la parsimonia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo, que la ventaja en aquella conversación le pertenece por completo y no necesita apresurarse.
—Tienes seis meses, primo. Cinco, ya, para ser exactos, desde la reunión del Consejo. Si en ese plazo no cumples con la condición que tu propio padre estableció en su testamento, el trono pasará a mí, conforme a la línea de sucesión. —Hizo una pausa breve, dejando que la frase calara antes de continuar—. Ahora bien, imagina lo que ocurriría si estas fotografías llegaran a manos de la prensa. No solo demostrarían que el heredero al trono pasea de incógnito por el zoco, coqueteando con mujeres comunes mientras el Consejo espera una decisión seria sobre su futuro matrimonio. Demostrarían, sobre todo, una falta de criterio, una inmadurez impropia de quien pretende gobernar un reino entero.
—Me estás amenazando.
—Te estoy ofreciendo una alternativa —corrigió Rashid, con una suavidad que resultaba, de alguna manera, más inquietante que cualquier amenaza directa—. Retírate de la sucesión, Khalil. Voluntariamente, con dignidad, alegando que prefieres dedicarte a otros asuntos, tal vez algún proyecto filantrópico, algo que suene noble ante la opinión pública. Yo asumiré el trono como corresponde, y estas fotografías, junto con cualquier otra información que pueda haber recopilado sobre tu... amistad con la señorita Beltrán, desaparecerán para siempre. Nadie tiene por qué salir lastimado. Ni tú, ni ella, ni el honor de la familia.
Khalil se levantó del escritorio, con un movimiento controlado que, sin embargo, no lograba disimular del todo la furia fría que empezaba a acumularse en su pecho.
—¿Y si me niego?
Rashid se encogió de hombros, con una indiferencia estudiada que resultaba, precisamente por eso, más amenazante que cualquier gesto de ira.
—Entonces las fotografías encontrarán su camino hacia la prensa de todas formas, solo que en ese caso, sin ningún tipo de consideración por las consecuencias que puedan tener para la señorita Beltrán y su familia. Imagino que un escándalo de esa magnitud podría afectar seriamente su pequeño negocio de bordados. La gente, ya sabes, puede ser cruel con quienes se ven envueltos, aunque sea sin culpa propia, en los escándalos de la familia real.