Una virgen para el jeque.

Capítulo 7: Cena con la Sultana.

La invitación llegó el miércoles por la mañana, formal como todo lo que emanaba de los aposentos de la Sultana Nur, escrita en el papel color marfil con el sello dorado de la casa real que Fátima entregó a Khalil con una reverencia breve durante el desayuno en la terraza.

*Espero tu presencia esta noche en una cena privada. Asistirán también los Haddad. Es importante que estés puntual, Khalil. No hay excusas que valgan esta vez.*

No era, por supuesto, una invitación en el sentido habitual de la palabra; era, como tantas otras comunicaciones de su madre, una orden disfrazada con la cortesía protocolaria que la Sultana consideraba indispensable incluso en los momentos de mayor tensión familiar. Khalil dobló la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta, sintiendo ya el peso anticipado de una velada que prometía ser, cuando menos, incómoda.

—¿Los Haddad de nuevo? —preguntó Yusuf, que había entrado al comedor privado con los informes de seguridad de la mañana bajo el brazo—. Tu madre no pierde el tiempo.

—Mi madre nunca pierde el tiempo —respondió Khalil, con un suspiro cansado—. Sospecho que después de la visita de Rashid ayer, alguien le ha informado de que el ambiente entre nosotros se ha vuelto considerablemente más tenso. Probablemente cree que una cena con Layla servirá para recordarme cuál es el camino sensato.

—¿Y lo hará?

Khalil no respondió de inmediato. Se sirvió una segunda taza de café, contemplando el jardín de naranjos a través de los ventanales, y pensó, no por primera vez esa semana, en la expresión de Amara al despedirse el día anterior: esa mezcla de desconfianza y algo parecido a la comprensión reticente que se había instalado en su rostro cuando él terminó de explicarle la situación.

—Lo dudo mucho —dijo finalmente—. Pero voy a asistir de todas formas. No tiene sentido dar a mi madre más motivos de preocupación de los que ya tiene.

***

El Salón Privado donde la Sultana solía recibir a sus invitados más cercanos estaba decorado, esa noche, con un esmero que dejaba clara la importancia que la ocasión tenía para ella: manteles de lino bordado con hilo de plata, centros de mesa de jazmín fresco cuyo aroma se mezclaba con el del cordero especiado que ya se percibía desde la cocina adyacente, candelabros de plata heredados de generaciones anteriores dispuestos con la simetría precisa que caracterizaba cada decisión estética de la Sultana Nur.

Los Haddad llegaron puntuales, como correspondía a una familia que llevaba generaciones cultivando la reputación de intachable formalidad: el jeque Malik Haddad, padre de Layla, un hombre de complexión robusta y voz profunda que dominaba cualquier conversación con la seguridad de quien nunca ha tenido que dudar de su propio lugar en el mundo; su esposa, la jequesa Samira, elegante y reservada, observando cada detalle de la velada con una atención discreta que Khalil reconocía como la misma que su propia madre desplegaba en situaciones similares; y Layla, vestida esta vez de un verde esmeralda que resaltaba aún más la disciplina con la que se había preparado para la ocasión.

—Su Alteza —saludó el jeque Malik, con una inclinación de cabeza respetuosa que no lograba ocultar del todo cierta expectación calculada—. Es un honor compartir esta velada con su familia.

—El honor es mío, jeque Malik —respondió Khalil, con la cortesía automática que había perfeccionado durante años de eventos similares.

La cena comenzó con la ceremonia habitual de estos encuentros: los entremeses servidos con precisión coreografiada, las conversaciones triviales sobre el clima inusualmente húmedo de esa semana, los comentarios corteses sobre los últimos proyectos filantrópicos de cada familia. Khalil, sentado entre su madre y Layla, mantenía la conversación con el piloto automático que había desarrollado a lo largo de años de práctica, respondiendo con la fluidez suficiente para no levantar sospechas, aunque su mente regresaba, una y otra vez, a la conversación pendiente que sabía se avecinaba en cuanto los platos principales fueran retirados y la charla se tornara, inevitablemente, hacia asuntos más serios.

No tuvo que esperar mucho. Apenas los sirvientes retiraron los platos del cordero especiado y sirvieron el té de menta que marcaba tradicionalmente el final de la cena, el jeque Malik se aclaró la garganta con un gesto que Khalil reconoció de inmediato como el preludio de una conversación cuidadosamente ensayada.

—Su Alteza, si me permite la franqueza —comenzó, con el tono mesurado de quien ha practicado sus palabras con anticipación—, mi familia lleva meses esperando alguna señal clara respecto a las intenciones de la corona en relación con mi hija. Entendemos las presiones del Consejo, el peso de la tradición, pero también debemos considerar la reputación de Layla. Una espera indefinida no es justa para ella.

Khalil sintió la mirada de su madre posarse sobre él, expectante, y la de Layla, más discreta pero igualmente atenta, esperando una respuesta que él todavía no estaba preparado del todo para articular.

—Comprendo su preocupación, jeque Malik —respondió con cuidado, escogiendo cada palabra con la precisión de quien camina sobre un terreno minado—. Pero le pido paciencia. Estas decisiones no pueden tomarse a la ligera, y sería una falta de respeto tanto para su familia como para la mía tomar una determinación apresurada solo por cumplir un plazo.

—Con todo respeto, Alteza —insistió el jeque, con una firmeza que empezaba a rozar la impertinencia—, el plazo que su propio padre estableció no es una sugerencia. Es una condición ineludible para su coronación. Y cuanto más se demore en decidir, más terreno gana su primo Rashid en la opinión del Consejo.

La mención directa de Rashid hizo que la Sultana interviniera, con la habilidad diplomática que la caracterizaba, redirigiendo la conversación antes de que se tornara demasiado tensa para continuar de manera civilizada.




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