Tariq Al-Shami llegó al palacio a las siete de la mañana, antes de que la mayoría del personal administrativo hubiera comenzado siquiera su jornada, una hora elegida deliberadamente por la Sultana para minimizar al máximo la posibilidad de que su presencia despertara comentarios innecesarios entre el resto de la corte. Era un hombre menudo, de gafas gruesas y manera de hablar pausada que contrastaba notablemente con la energía nerviosa de sus manos, siempre ocupadas en reordenar papeles, ajustar el nudo de su corbata o limpiar los cristales de sus lentes con un pañuelo que sacaba y guardaba del bolsillo con una regularidad casi compulsiva.
Khalil lo recibió junto a su madre en la pequeña biblioteca privada de la Sultana, un espacio que, a diferencia de los salones más formales del palacio, ofrecía la discreción necesaria para una conversación de aquella naturaleza: paredes cubiertas de estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero, una única ventana con vista al jardín interior, y una puerta que, según había verificado personalmente Yusuf esa misma mañana, no tenía ningún tipo de sistema de vigilancia instalado.
—Su Alteza, Su Majestad —saludó Tariq, con una reverencia nerviosa que delataba, de inmediato, la tensión con la que había recibido la convocatoria—. Espero que todo esté en orden.
—Todo está en orden, Tariq —dijo la Sultana, indicándole con un gesto que tomara asiento frente a ellos—. Necesitamos conocer el estado exacto de la investigación que mi difunto esposo te encomendó respecto a las finanzas de Rashid Al-Mazhar.
El ministro se aclaró la garganta, ajustándose las gafas con un gesto automático, y abrió el maletín de cuero que había traído consigo, extrayendo una carpeta considerablemente más gruesa de lo que Khalil había esperado.
—He continuado la investigación con la mayor discreción posible, Su Majestad, tal como usted me indicó tras el fallecimiento de Su Majestad el rey. —Colocó la carpeta sobre la mesa baja entre ellos, aunque no la abrió de inmediato, como si necesitara primero explicar el contexto antes de revelar el contenido específico—. Los hallazgos son... preocupantes, para decirlo de la manera más diplomática posible.
—Muéstranos —dijo Khalil, con una impaciencia que apenas lograba disimular.
Tariq abrió la carpeta y extrajo el primer documento, una serie de estados financieros con múltiples anotaciones en tinta roja que marcaban discrepancias específicas.
—La Fundación Al-Zahiri para el Desarrollo Rural, que Rashid preside desde hace cuatro años, ha reportado gastos operativos que superan en un cuarenta por ciento los proyectos efectivamente ejecutados. —Señaló una columna específica de números—. En otras palabras, la fundación ha recibido fondos considerables de donantes internacionales y del propio tesoro real para proyectos de infraestructura en zonas rurales del reino, pero solo una fracción de ese dinero parece haberse destinado realmente a los proyectos declarados.
—¿Y el resto? —preguntó la Sultana, con la voz tensa de quien ya anticipa una respuesta que no le agradará.
—El resto, según hemos podido rastrear a través de una red compleja de transferencias entre cuentas offshore, parece haber terminado en propiedades adquiridas por terceros vinculados directamente a Rashid: primos lejanos, antiguos socios comerciales, incluso el propietario de una empresa de seguridad privada que, curiosamente, ha sido contratada en varias ocasiones por el propio Rashid para servicios de "consultoría", aunque no hemos podido determinar con exactitud en qué consisten dichos servicios.
Khalil tomó uno de los documentos, examinando las cifras con una mezcla de incredulidad y una furia que crecía a medida que comprendía la magnitud completa de lo que su primo había estado haciendo, presumiblemente durante años, mientras proyectaba públicamente la imagen de un hombre devoto a las tradiciones y al bienestar del reino.
—Esto es fraude a gran escala —dijo finalmente, con una voz que apenas lograba mantener bajo control—. Malversación de fondos destinados al desarrollo de comunidades que realmente los necesitan.
—Así es, Su Alteza. Y hay algo más. —Tariq extrajo un segundo documento, este con una serie de fotografías adjuntas de propiedades y vehículos de lujo—. Estas adquisiciones corresponden a los últimos dos años, un período en el que los ingresos declarados oficialmente por Rashid no justifican, ni de lejos, un patrimonio de esta magnitud. Una villa en la costa, valorada en más de quince millones de dirhams. Una colección de automóviles de coleccionista. Inversiones significativas en una empresa de tecnología con sede en Dubái que, según nuestros informes, tiene vínculos directos con la empresa de seguridad privada mencionada anteriormente.
La Sultana tomó las fotografías, examinándolas con una expresión que combinaba la indignación con algo parecido al alivio de finalmente contar con pruebas concretas de algo que, hasta entonces, había sido solo sospecha.
—¿Es esto suficiente para presentar ante el Consejo? —preguntó.
Tariq dudó un instante antes de responder, un gesto que Khalil interpretó de inmediato como una señal de que la respuesta no sería del todo satisfactoria.
—Es suficiente para abrir una investigación formal, Su Majestad, pero me temo que todavía no constituye una prueba irrefutable de malversación directa por parte de Rashid. —Se ajustó las gafas de nuevo, con ese gesto nervioso característico—. Las transferencias están estructuradas a través de una red suficientemente compleja de intermediarios como para que un abogado hábil pudiera argumentar que Rashid desconocía por completo el uso indebido de los fondos, que la responsabilidad recae enteramente en los administradores de la fundación que él delegó para gestionar las operaciones diarias.
—¿Y esos administradores? —preguntó Khalil—. ¿Podrían ser convencidos de testificar contra él?
—Uno de ellos, un hombre llamado Fahad Al-Rashidi, ha mostrado cierta disposición a colaborar, aunque exige garantías de inmunidad y protección considerables antes de comprometerse a nada por escrito. —Tariq cerró parcialmente la carpeta, como si el peso de lo que estaba a punto de decir requiriera un gesto físico de contención—. El problema, Su Alteza, es que actuar precipitadamente contra Rashid en este momento, sin pruebas absolutamente irrefutables, podría resultar contraproducente. Si él se entera de que estamos investigando sus finanzas antes de que tengamos un caso sólido, tendrá tiempo suficiente para destruir evidencia, presionar a los testigos potenciales, o incluso, dado lo que usted me ha contado sobre el chantaje contra Su Alteza, utilizar esa misma información como arma de negociación para evitar cualquier consecuencia legal.