El viernes llegó con la puntualidad implacable de todos los plazos, y Rashid Al-Mazhar, que había pasado la semana entera esperando con la paciencia calculada de un jugador de ajedrez seguro de su próxima jugada, se presentó en el despacho de Khalil exactamente a las diez de la mañana, sin necesidad esta vez de que Fátima anunciara su llegada con la formalidad habitual: simplemente entró, con la confianza de quien ya considera aquel espacio, de alguna manera simbólica, casi suyo.
—Primo —saludó, tomando asiento sin que se lo ofrecieran, el mismo gesto deliberado de la visita anterior—. El plazo que te di ha llegado a su fin. Espero que hayas tenido tiempo suficiente para considerar mi propuesta con la seriedad que merece.
Khalil, que había pasado buena parte de la noche anterior ensayando mentalmente aquella conversación con la ayuda de su madre, mantuvo una expresión cuidadosamente calibrada entre la resignación y la duda persistente, exactamente el tono que habían acordado que resultaría más creíble para mantener a Rashid satisfecho sin comprometerse del todo.
—He pensado en ello, Rashid —dijo, con una voz que dejaba entrever, deliberadamente, cierta fatiga genuina—. Pero renunciar al derecho de sucesión no es una decisión que pueda tomar a la ligera, ni siquiera bajo la presión que representas. Necesito más tiempo.
Rashid entrecerró los ojos, con esa mirada calculadora que Khalil reconocía desde la infancia, evaluando la sinceridad de la respuesta con la misma precisión con la que analizaba cualquier movimiento en el tablero político que llevaba años construyendo con paciencia meticulosa.
—Más tiempo —repitió, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la sospecha—. ¿Cuánto tiempo, exactamente? Porque no tengo intención de esperar indefinidamente mientras tú decides si tu orgullo vale más que la seguridad de esa mujer del zoco.
—Un mes —respondió Khalil, la cifra exacta que había acordado con su madre y Tariq como el plazo mínimo necesario para conseguir el testimonio de Fahad Al-Rashidi—. Necesito ese tiempo para ordenar mis asuntos, para hablar con el Consejo de manera adecuada, para asegurarme de que mi renuncia, si finalmente decido darla, se presente de una manera que no genere más inestabilidad de la necesaria para el reino.
Rashid consideró la petición durante un largo momento, tamborileando los dedos sobre el brazo del sillón con un ritmo pausado que delataba, más que cualquier palabra, el cálculo constante que se desarrollaba detrás de aquella expresión serena.
—Dos semanas —dijo finalmente, con la seguridad de quien sabe que ha concedido una negociación aparente sin ceder realmente ningún terreno significativo—. Es más tiempo del que necesitas para tomar una decisión que, en el fondo, ya sabes que es inevitable. Pero estoy dispuesto a mostrarme razonable, Khalil, porque al final del día somos familia, y prefiero resolver esto entre nosotros antes que exponer a toda la corte a un escándalo innecesario.
—Dos semanas —aceptó Khalil, calculando rápidamente que aquel plazo, aunque más ajustado de lo ideal, todavía dejaba un margen razonable si Tariq lograba acelerar la obtención del testimonio—. Pero necesito que me des tu palabra de que las fotografías permanecerán guardadas durante ese tiempo, sin ningún tipo de filtración, ni siquiera parcial, a la prensa o a miembros del Consejo.
—Tienes mi palabra —dijo Rashid, con una sonrisa que no lograba del todo disimular la satisfacción de quien siente que su plan avanza exactamente según lo previsto—. Aunque espero, sinceramente, que utilices este tiempo con sabiduría, primo. Sería una lástima que, al final, todo este esfuerzo resultara innecesario porque decidiste, contra todo sentido común, aferrarte a un capricho pasajero.
Se levantó del sillón con la misma elegancia calculada con la que había entrado, y antes de salir del despacho, se detuvo un instante junto a la puerta, como si un pensamiento adicional acabara de ocurrírsele.
—Por cierto —añadió, con un tono aparentemente casual que, sin embargo, hizo que Khalil sintiera una alarma inmediata—, he oído que tu madre ha estado reuniéndose con el ministro Al-Shami en horarios bastante inusuales esta semana. Espero que no esté considerando ningún tipo de... investigación innecesaria sobre mis asuntos personales. Sería una pena que ese tipo de curiosidad injustificada complicara la relativa cordialidad que hemos logrado mantener hasta ahora.
La amenaza velada quedó suspendida en el aire con una precisión que confirmaba, sin lugar a dudas, que Rashid contaba con fuentes propias dentro del palacio, capaces de informarle incluso de reuniones que se suponía debían mantenerse en absoluta discreción. Khalil sintió que el estómago se le tensaba, pero mantuvo el rostro impasible con el mismo entrenamiento diplomático que había perfeccionado durante toda la semana.
—Mi madre se reúne con muchas personas, Rashid. No tengo control sobre su agenda, ni tampoco interés en cuestionarla.
—Por supuesto —respondió Rashid, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Solo lo menciono como una observación amistosa, primo. Nada más.
Salió del despacho dejando a Khalil con la certeza incómoda de que la red de información de Rashid era considerablemente más extensa de lo que habían anticipado, y que la discreción absoluta que Tariq había recomendado para la investigación se veía, ahora, seriamente comprometida por la posibilidad de que existieran filtraciones dentro del propio personal de palacio.
***
Yusuf entró al despacho apenas Rashid se hubo marchado, con una expresión tensa que reflejaba que había escuchado, desde el pasillo adyacente, al menos la última parte de la conversación.
—Sabe lo de la investigación —dijo, sin preámbulos—. O al menos, sospecha lo suficiente como para advertirte de que la detengas.
—Eso parece. —Khalil se pasó una mano por el rostro, sintiendo el peso acumulado de una semana que no dejaba de complicarse con cada nueva revelación—. Necesitamos averiguar quién le está pasando información desde dentro de palacio, Yusuf. Si tiene ojos en la agenda de mi madre, es muy probable que también tenga ojos en cualquier otro movimiento que hagamos a partir de ahora.