El mensaje de Amara llegó al teléfono privado de Khalil poco después de las seis de la tarde, un número que él mismo le había dejado durante su última visita al taller, con la instrucción explícita de utilizarlo únicamente en caso de emergencia. Las palabras, breves y directas, no dejaban lugar a dudas sobre la urgencia que las había motivado: *Necesito hablar contigo. Ha pasado algo con el local de al lado. Farida cree que puede estar relacionado con Rashid.*
Khalil no dudó ni un instante antes de responder, organizando de inmediato con Yusuf un encuentro que, esta vez, decidió que no tendría lugar en el taller, demasiado expuesto ya a la vigilancia que sospechaban rondaba el barrio entero, sino en un lugar mucho más discreto y, para su propia sorpresa cuando la idea se le ocurrió, cargado de un simbolismo que no pudo evitar reconocer mientras coordinaba los detalles con Yusuf: el campamento privado de la familia real en el desierto de Rub'a, a poco más de una hora de la ciudad, un lugar donde la vigilancia de palacio resultaba, por la propia naturaleza aislada del entorno, considerablemente más fácil de controlar.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Yusuf, mientras preparaban el vehículo para el trayecto—. Llevarla al desierto, de noche, es un paso considerablemente más íntimo que cualquier otro encuentro que hayan tenido hasta ahora.
—Necesitamos un lugar seguro para hablar, Yusuf, lejos de oídos indiscretos y de cámaras que puedan comprometerla aún más de lo que ya está comprometida. —Khalil revisó por última vez el contenido de su teléfono, asegurándose de que la ubicación exacta del campamento hubiera sido enviada correctamente al conductor de confianza que se encargaría de recoger a Amara—. Además, necesito que vea, con sus propios ojos, que estoy dispuesto a tomarme en serio cualquier amenaza contra ella y su familia, no solo con palabras, sino con acciones concretas.
Amara llegó al campamento poco después de las ocho, todavía visiblemente nerviosa por la naturaleza inesperada del encuentro, envuelta en un chal ligero contra el frescor que empezaba a instalarse sobre las dunas con la caída del sol. El campamento en sí, aunque técnicamente pertenecía a la categoría de "campamento", guardaba poco parecido con la imagen sencilla que aquella palabra podría evocar: una serie de tiendas de lona bordada dispuestas alrededor de un patio central iluminado por decenas de faroles de latón colgados de postes de madera tallada, con alfombras de seda extendidas sobre la arena y cojines bordados con hilo de oro dispuestos en torno a una hoguera baja que ya empezaba a crepitar suavemente contra el silencio creciente del desierto.
—Esto es... —Amara se detuvo un momento, contemplando el entorno con una mezcla de asombro y cierta incomodidad ante el lujo evidente que la rodeaba—. No esperaba algo así.
—Mi familia viene aquí desde hace generaciones —explicó Khalil, acercándose para recibirla, aunque manteniendo una distancia respetuosa—. Es uno de los pocos lugares donde de verdad puedo pensar con claridad, lejos del ruido constante de palacio. Pensé que sería el sitio más seguro para hablar de lo que está pasando, sin riesgo de que nos escuchen o nos fotografíen.
Se sentaron junto a la hoguera, con Yusuf y el pequeño equipo de seguridad manteniéndose a una distancia discreta que permitía la privacidad necesaria sin comprometer del todo la vigilancia que la situación exigía, y Amara, después de aceptar una taza de té de menta que uno de los sirvientes del campamento le ofreció con una cortesía silenciosa, relató con detalle lo que Farida le había contado sobre la oferta anónima por el local contiguo a su tienda.
—No podemos estar seguros de que esté relacionado con Rashid —dijo Khalil, después de escuchar el relato completo, aunque su expresión revelaba una preocupación que no intentó disimular—. Pero la coincidencia en el tiempo es demasiado sospechosa como para ignorarla. Voy a pedirle a Yusuf que investigue el origen exacto de esa oferta, y mientras tanto, quiero reforzar la seguridad alrededor de tu taller y tu casa, de manera discreta, sin que resulte evidente para nadie que los observe desde fuera.
—¿Y si de verdad está detrás de esto? —preguntó Amara, con una voz que llevaba, por primera vez desde que Khalil la conocía, un rastro claro de miedo genuino que la desconfianza habitual con la que solía enfrentar cualquier conversación con él no lograba del todo disimular—. ¿Qué es capaz de hacer un hombre así, Khalil? Porque hasta ahora hemos hablado de fotografías, de chantajes, de amenazas veladas. Pero si empieza a acercarse a nuestro negocio, a nuestro sustento, esto deja de ser una abstracción política y se convierte en algo mucho más directo, mucho más personal.
Khalil guardó silencio un momento, sopesando cuánto revelar de la conversación que había sostenido esa misma mañana con Yusuf sobre el testimonio del administrador de la fundación de Rashid, y decidió, finalmente, que Amara merecía conocer la magnitud completa de lo que estaban descubriendo, en lugar de continuar protegiéndola con verdades a medias.
—Mi madre y yo hemos descubierto que Rashid ha estado desviando fondos de una fundación benéfica durante años —dijo, observando cómo la expresión de Amara cambiaba, de la preocupación inicial a una sorpresa genuina ante la magnitud de la revelación—. Estamos reuniendo pruebas para poder acusarlo formalmente, pero eso significa que, cuanto más se sienta acorralado, más peligroso e impredecible podría volverse. Si de verdad está detrás de esa oferta por el local contiguo, es probable que esté buscando maneras de presionarte a través de tu negocio, quizás con la intención de utilizarte como palanca contra mí si la situación se complica más de lo que puede controlar.
—Entonces soy exactamente lo que él dijo que sería —murmuró Amara, con una amargura que Khalil reconoció de inmediato, porque era la misma amargura que él mismo había sentido apenas la semana anterior, frente a la sonrisa calculada de su primo—. Un rehén. Una pieza en un juego que no elegí jugar.