Una virgen para el jeque.

Capítulo 11: El rumor que corrió por palacio.

El rumor no nació, como cabría esperar, en los pasillos del palacio ni en las conversaciones susurradas del Consejo. Nació, con la ironía que solo el destino parece capaz de fabricar, en la propia boca de uno de los guardias del campamento del desierto, un hombre joven llamado Saeed que, al regresar a la base militar cercana tras finalizar su turno de vigilancia esa noche, mencionó a un compañero, sin malicia alguna, que había visto al príncipe recibir a una visitante "muy especial" en el campamento privado de la familia real.

El comentario, dicho entre risas cómplices durante una partida de cartas nocturna, viajó de boca en boca con la velocidad silenciosa pero implacable que caracteriza a los rumores dentro de cualquier institución cerrada, ganando detalles y especulaciones en cada nueva narración hasta que, para el lunes por la mañana, había llegado —transformado ya en algo mucho más elaborado y menos preciso que la verdad original— a oídos de Fátima, quien, alarmada por lo que empezaba a escuchar entre el personal de servicio, decidió que su lealtad hacia la Sultana pesaba más que cualquier discreción hacia Khalil.

—Su Majestad, hay algo que debe saber —dijo, presentándose ante la Sultana esa misma mañana con una expresión que dejaba claro cuánto le costaba dar aquella noticia—. Se dice entre el personal que el príncipe llevó a una mujer al campamento del desierto el sábado por la noche. Dicen que pasaron varias horas juntos, a solas, junto a la hoguera.

La Sultana Nur sintió que el estómago se le tensaba con una mezcla de furia y una preocupación mucho más profunda que la simple indignación por la imprudencia de su hijo.

—¿Se sabe quién es la mujer?

—Todavía no con certeza, Su Majestad. Pero los rumores empiezan a apuntar hacia una bordadora del zoco viejo. —Fátima bajó la vista, incómoda con el peso de la información que estaba compartiendo—. Dicen que es la misma mujer que ya apareció en ciertas fotografías hace unas semanas.

La Sultana cerró los ojos un instante, sintiendo que la estrategia cuidadosamente construida durante los últimos días —la fingida consideración de la propuesta de Rashid, la discreción absoluta que habían intentado mantener alrededor de la investigación y de la relación creciente entre Khalil y Amara— se desmoronaba con una rapidez que amenazaba con arruinar semanas de planificación cuidadosa.

—Convoca a mi hijo de inmediato —dijo, con una voz que había recuperado, en cuestión de segundos, toda la autoridad glacial que caracterizaba sus momentos de mayor tensión política—. Y averigua, con toda la discreción posible, hasta dónde ha llegado exactamente este rumor. Necesito saber si ha traspasado ya los muros de palacio.

***

Khalil llegó a los aposentos de su madre apenas veinte minutos después, y la expresión de su rostro al escuchar la noticia confirmó, sin necesidad de palabras adicionales, la gravedad completa de la situación.

—Es imposible que se haya filtrado tan rápido —dijo, con una frustración que apenas lograba contener—. Tomamos todas las precauciones. Solo Yusuf y el personal de mayor confianza del campamento sabían de la visita.

—Evidentemente, esas precauciones no fueron suficientes. —La Sultana caminaba de un lado a otro de la habitación, con la energía nerviosa de quien calcula, a toda velocidad, las múltiples ramificaciones posibles de una crisis que apenas empieza a desplegarse—. Khalil, si este rumor llega a la prensa, o peor aún, si llega a oídos de Rashid antes de que tengamos las pruebas necesarias contra él, habremos perdido cualquier ventaja que hubiéramos podido ganar con el tiempo extra que negociaste.

—¿Qué sugieres que hagamos?

La Sultana se detuvo, considerando las opciones con la misma frialdad calculadora que había definido cada decisión importante de su reinado como consorte, y finalmente, con una expresión que revelaba lo mucho que le costaba proponer aquella estrategia, se volvió hacia su hijo.

—Necesitamos convertir el rumor en algo menos peligroso de lo que parece —dijo—. Si negamos por completo que hubo un encuentro, y alguien presenta pruebas de lo contrario, pareceremos mentirosos, lo cual sería mucho más dañino. Pero si dejamos que el rumor crezca sin control, alimentará las especulaciones de la prensa sobre tu idoneidad como futuro rey. Propongo que filtremos, de manera controlada, una versión distinta de los hechos: que la mujer en cuestión es una artesana que fue consultada para un proyecto de patrocinio real relacionado con el fomento de los oficios tradicionales del reino. Una explicación aburrida, administrativa, que no despierte mayor curiosidad.

Khalil consideró la propuesta con una incomodidad creciente, sintiendo que cada nueva capa de mentira estratégica que se veía obligado a construir alrededor de su relación con Amara lo alejaba, precisamente, de la honestidad que le había prometido mantener con ella desde el principio.

—No me gusta —dijo finalmente—. Cada mentira que contamos ahora es una mentira que tendremos que sostener después, y cuantas más acumulemos, más difícil será desenredarlas cuando finalmente podamos ser honestos sobre lo que está pasando.

—Entiendo tu reticencia, Khalil, pero en este momento no tenemos alternativa. —La Sultana se sentó, con un cansancio genuino que reflejaba el peso acumulado de una crisis que no dejaba de multiplicarse—. La honestidad completa, en este momento, pondría en riesgo tanto tu posición como la seguridad de Amara. Necesitamos contener el daño hasta que la investigación de Tariq nos dé las herramientas necesarias para resolver esto de una vez por todas.

***

El rumor, sin embargo, ya había avanzado más allá de lo que la Sultana o Khalil podían controlar con una simple explicación oficial. Esa misma tarde, Layla Haddad recibió una llamada de una de sus amigas más cercanas, una joven vinculada a la corte cuya familia mantenía estrecha relación con el personal de seguridad de palacio, informándole con lujo de detalles —muchos de ellos inventados en el proceso de transmisión del rumor— sobre el encuentro nocturno de Khalil con la misteriosa bordadora del zoco.




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