Una virgen para el jeque.

Capítulo 12: Layla no se rinde.

La llamada de Farida llegó al teléfono privado de Khalil mientras este se encontraba reunido con Tariq Al-Shami, repasando los últimos avances de la investigación contra Rashid, y la urgencia en la voz de su asistente al interrumpir la reunión fue suficiente para que Khalil comprendiera, incluso antes de contestar, que algo grave había ocurrido.

—Discúlpenme un momento —dijo, saliendo al pasillo con el teléfono ya pegado al oído—. ¿Amara? ¿Estás bien?

—Estoy bien, Khalil, pero acaba de pasar algo que necesitas saber. —La voz de Farida, tensa y directa, relató con precisión los detalles de la visita de la mujer que se había identificado como Reem, cada palabra de la conversación, cada amenaza velada disfrazada de consejo amistoso.

Khalil sintió que la furia se acumulaba en su pecho con una intensidad que apenas lograba contener mientras escuchaba el relato completo. La idea de que alguien hubiera entrado directamente al taller de Amara, hubiera amenazado su negocio y su reputación en su propio espacio de trabajo, representaba una escalada que él no había anticipado del todo, y que confirmaba, con una claridad brutal, que el rumor había alcanzado ya un nivel de peligro considerablemente mayor del que él y su madre habían calculado.

—Voy para allá ahora mismo —dijo, aunque Yusuf, que había salido tras él al escuchar el tono de la conversación, negó con la cabeza de inmediato.

—No puedes, Khalil. Si te presentas en el taller justo después de esto, confirmarás ante cualquiera que esté vigilando exactamente lo que el rumor sugiere. —Yusuf bajó la voz, aunque su expresión reflejaba la misma preocupación genuina—. Déjame ir a mí. Puedo evaluar la seguridad, hablar con Farida y Amara, y reportarte todo sin exponer tu presencia de manera tan evidente.

Khalil consideró la propuesta con una frustración evidente, consciente de que la lógica de Yusuf era, a pesar de todo, la más sensata en aquellas circunstancias, aunque cada instinto protector que había desarrollado durante las últimas semanas le exigiera actuar de manera directa e inmediata.

—Está bien —cedió finalmente—. Pero quiero que la seguridad alrededor del taller se duplique de inmediato, y que investigues quién es exactamente esa mujer, Reem. Necesito saber si actuó por cuenta propia o si alguien la envió directamente.

***

La respuesta llegó más rápido de lo que Khalil esperaba, y no fue Yusuf quien la proporcionó, sino su propia madre, que lo convocó a sus aposentos apenas una hora después con una expresión que combinaba la preocupación con una determinación renovada.

—Reem Al-Qassimi —dijo la Sultana, deslizando sobre la mesa una fotografía de la mujer que había visitado el taller—. Prima lejana de Layla Haddad, y su amiga más cercana desde la infancia. No actuó por su cuenta, Khalil. La familia Haddad se está moviendo con una rapidez que sugiere que están tomando muy en serio la posibilidad de perder la posición que creían prácticamente garantizada.

—¿Cómo lo descubriste tan rápido?

—Porque el jeque Malik solicitó una audiencia conmigo esta misma mañana, apenas una hora antes de que Yusuf me informara sobre lo ocurrido en el taller. —La Sultana se sentó, con un cansancio que reflejaba las múltiples presiones que convergían, cada vez con mayor intensidad, sobre toda la familia real—. Vino a expresarme, con la cortesía diplomática habitual, su "preocupación" por los rumores que circulan sobre tu comportamiento, insinuando, sin decirlo abiertamente, que consideraría retirar el interés de su hija si no recibe pronto una señal clara de tus verdaderas intenciones.

Khalil se pasó una mano por el rostro, sintiendo que la presión que se acumulaba desde múltiples frentes —Rashid con su chantaje financiero, los Haddad con su presión social, el propio Consejo con su plazo cada vez más cercano— amenazaba con volverse insostenible antes de que Tariq consiguiera siquiera el testimonio que necesitaban para neutralizar la amenaza más peligrosa de todas.

—¿Qué le respondiste?

—Le dije que aprecio profundamente la paciencia de su familia, y que las decisiones de esta magnitud requieren la reflexión cuidadosa que merecen, sin dejarse llevar por rumores sin confirmar. —La Sultana sonrió, con una expresión que combinaba el cansancio con cierta satisfacción estratégica—. Pero Khalil, no podemos permitirnos ignorar la advertencia implícita en su visita. Si los Haddad deciden retirarse públicamente de cualquier posible alianza, y lo hacen alegando falta de compromiso serio por tu parte, le darán a Rashid una munición todavía más poderosa que las fotografías que ya tiene: la percepción pública de que ni siquiera las familias más respetadas del reino confían ya en tu criterio.

***

Layla, mientras tanto, había pasado la tarde procesando la información que Reem le había transmitido tras su visita al taller, un relato que, lejos de aportarle la satisfacción vengativa que quizás había esperado sentir, la dejó con una sensación incómoda que no lograba nombrar del todo.

—Se veía genuinamente afectada, Layla —le había dicho Reem, con cierta reticencia que sorprendió a Layla, acostumbrada a que su amiga disfrutara sin reservas de cualquier tipo de intriga social—. No creo que esté jugando ningún juego calculado. Parecía más bien alguien completamente desprevenida ante toda esta situación.

Aquella noche, sola en su habitación, Layla se sentó frente al espejo de su tocador, contemplando su propio reflejo con una honestidad que rara vez se permitía fuera de la intimidad de esos momentos privados. Había pasado años perfeccionando cada aspecto de su presentación pública: la sonrisa exacta, el tono de voz mesurado, la elegancia calculada en cada gesto, todo diseñado para convertirse en la candidata perfecta que su familia, y el propio Khalil, esperaban de ella. Pero en ningún momento de aquel cuidadoso proceso de perfeccionamiento se había detenido a preguntarse si de verdad deseaba, genuinamente, convertirse en la reina de un hombre que jamás había mostrado hacia ella el más mínimo indicio del tipo de conexión que, según describía Reem, había presenciado entre Khalil y aquella bordadora del zoco.




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