El jueves por la mañana, apenas una semana después de aquel primer encuentro casual en el callejón de los talladores, Khalil se despertó con la sensación inconfundible de que el terreno bajo sus pies, cuidadosamente calculado durante días de estrategia conjunta con su madre y Tariq, empezaba a resquebrajarse más rápido de lo que cualquiera de ellos había anticipado. La convocatoria llegó apenas terminaba el desayuno: el Consejo solicitaba una audiencia extraordinaria esa misma tarde, algo que no ocurría, según la memoria de Khalil, desde los días inmediatamente posteriores a la muerte de su padre.
—Esto no puede ser una coincidencia —dijo a Yusuf, mientras se vestía con la formalidad que la ocasión exigía, un traje oscuro que contrastaba con la ropa sencilla que había llevado apenas unos días antes en su primera visita al zoco—. El jeque Malik debe de haber conseguido suficiente apoyo entre los ancianos como para forzar esta reunión.
—Tu madre ya está al tanto. Está reuniéndose con Tariq en este momento, para ver si es posible presentar algún avance de la investigación antes de la audiencia, aunque sea de manera preliminar.
Khalil asintió, sintiendo el peso de la jornada que se avecinaba, consciente de que cualquier vacilación, cualquier respuesta insuficientemente convincente ante el Consejo, podría precipitar exactamente el tipo de crisis que habían intentado evitar con tanto cuidado durante las últimas semanas.
La Sala del Consejo, cuando Khalil finalmente entró esa tarde, tenía una atmósfera distinta a la de la reunión inicial donde se le había comunicado la condición del testamento de su padre: más tensa, más cargada de una expectación que se sentía casi física en el aire, con los doce ancianos ocupando sus asientos habituales, pero esta vez con expresiones que oscilaban entre la preocupación genuina y una curiosidad apenas disimulada ante los rumores que, evidentemente, habían llegado ya hasta cada uno de ellos.
—Su Alteza —comenzó el Gran Visir Omar Nasser, con una formalidad que no lograba del todo disimular cierta incomodidad ante la naturaleza delicada de la reunión—, el Consejo ha convocado esta audiencia extraordinaria debido a ciertas preocupaciones que varios de sus miembros han expresado respecto a su conducta reciente, y a la posible influencia que dicha conducta pudiera tener sobre su capacidad de cumplir, dentro del plazo establecido, con la condición matrimonial estipulada por el difunto rey.
Khalil permaneció de pie frente al semicírculo de ancianos, con la misma compostura que había perfeccionado durante años de entrenamiento diplomático, aunque por dentro sintiera la tensión acumulada de una semana que no dejaba de complicarse en cada nueva dirección.
—Estoy dispuesto a escuchar cualquier preocupación específica que el Consejo desee plantear —respondió, con una voz calculadamente neutra.
El jeque Faisal, el anciano de voz temblorosa que había insistido, en la reunión inicial, en la importancia de la tradición de quinientos años, tomó la palabra con una expresión que combinaba el respeto hacia la figura del príncipe con una genuina preocupación por lo que consideraba una amenaza a la estabilidad del reino.
—Su Alteza, se dice que ha estado usted frecuentando, de manera secreta y en circunstancias que podrían calificarse de impropias, la compañía de una mujer del zoco viejo. —Hizo una pausa, sopesando cuidadosamente sus siguientes palabras—. Entendemos que los asuntos del corazón son delicados, y no pretendemos inmiscuirnos en decisiones personales que corresponden únicamente a usted. Pero cuando esas decisiones personales empiezan a generar rumores que amenazan con desestabilizar la percepción pública de la corona, en un momento en que el reino necesita, más que nunca, una imagen de fortaleza y claridad de propósito, el Consejo tiene la obligación de intervenir.
Khalil sintió que el momento de decisión que tanto había temido durante los últimos días finalmente había llegado: la necesidad de ofrecer una respuesta que satisficiera al Consejo sin comprometer del todo la verdad, sin traicionar la promesa de honestidad que le había hecho a Amara, y sin revelar prematuramente la investigación contra Rashid que todavía necesitaba tiempo para completarse.
—Es cierto que he conocido a una mujer fuera de los círculos habituales de la corte —dijo finalmente, escogiendo cada palabra con el cuidado meticuloso de quien camina sobre un terreno extraordinariamente resbaladizo—. Y no voy a negar que esa relación, aunque reciente, ha adquirido para mí una importancia que no había anticipado. Pero les aseguro, con toda la sinceridad que esta sala merece, que cualquier decisión que tome respecto a mi futuro matrimonial se hará considerando plenamente el bienestar del reino, y respetando la tradición que mi propio padre consideró indispensable para la coronación.
—¿Y esa mujer cumple con la condición de pureza que la tradición exige? —preguntó otro de los ancianos, el jeque Yousef, con una franqueza que hizo que un murmullo incómodo recorriera el resto del Consejo.
La pregunta, formulada con la crudeza directa que Khalil había estado temiendo, lo colocó frente a una encrucijada que no había anticipado del todo tener que enfrentar en aquella audiencia. Responder afirmativamente sin conocer con certeza la respuesta sería una mentira directa; responder negativamente comprometería por completo cualquier posibilidad futura con Amara; y evadir la pregunta directamente, ante un Consejo ya predispuesto a la sospecha, resultaría igualmente perjudicial.
—Con todo respeto, jeque Yousef —respondió finalmente, con una firmeza que sorprendió incluso a algunos de los ancianos más veteranos—, no considero apropiado discutir detalles tan íntimos y personales sobre una mujer que no ha sido presentada formalmente ante este Consejo, ni ante nadie más allá de mi círculo más cercano de confianza. Lo que sí puedo asegurarles es que cualquier decisión matrimonial que tome respetará completamente las condiciones establecidas en el testamento de mi padre.