El viernes siguiente, mientras Amara terminaba de coser los últimos detalles del vestido de fiesta para la hija del comerciante de especias, Farida permaneció inusualmente callada durante toda la mañana, sumida en una introspección que no pasó desapercibida para su sobrina, acostumbrada ya a interpretar cada matiz del comportamiento de la mujer que la había criado prácticamente como una segunda madre desde la muerte de Rafael.
—¿Qué te ocurre, tía? —preguntó finalmente Amara, dejando a un lado la aguja mientras observaba a Farida ordenar, por tercera vez esa mañana, los mismos carretes de hilo que ya estaban perfectamente organizados—. Llevas todo el día como ausente.
Farida suspiró, sentándose finalmente frente a su sobrina con una expresión que combinaba el cansancio con una determinación que parecía haber estado gestándose durante días, quizás semanas.
—Hay algo que debería haberte contado hace tiempo, Amara. Algo sobre mi propio pasado, y sobre por qué quizás entiendo mejor de lo que imaginas la situación en la que te encuentras ahora.
Amara sintió una curiosidad inmediata mezclada con cierta aprensión, porque en todos los años que llevaba conociendo a su tía, jamás la había visto adoptar aquella actitud tan cargada de vacilación genuina.
—Te escucho.
—Antes de que tú nacieras, cuando yo era apenas un poco mayor de lo que tú eres ahora, trabajé durante casi dos años como costurera en palacio. —Farida habló con la mirada perdida en algún punto distante, como si estuviera recuperando recuerdos que llevaban mucho tiempo cuidadosamente guardados—. Formaba parte del pequeño equipo que confeccionaba y reparaba los vestidos ceremoniales de la familia real, incluidos los de la entonces joven Sultana Nur, apenas unos años mayor que yo, recién casada con el rey.
—Nunca me contaste esto.
—Porque no era una época de mi vida de la que me sintiera especialmente orgullosa contar, hija. —Farida sonrió, con una tristeza suave que suavizaba considerablemente la aspereza habitual de sus facciones—. Verás, en aquellos años, conocí también a un joven que trabajaba en los jardines de palacio. Nos enamoramos, con la intensidad ciega con la que uno se enamora a esa edad, sin pensar demasiado en las consecuencias ni en las diferencias que nos separaban.
Amara sintió que el corazón se le aceleraba, comprendiendo, con una claridad creciente, hacia dónde se dirigía aquella confesión.
—¿Qué pasó?
—Nos descubrieron, por supuesto. En un mundo como el de palacio, los secretos rara vez permanecen ocultos por mucho tiempo. —La voz de Farida adquirió un tono más duro, cargado de un dolor que, a pesar de los años transcurridos, todavía parecía fresco en algún rincón de su memoria—. Resultó que aquel joven, Tariq, era hijo de un consejero de cierta influencia, y su familia consideraba que una relación con una simple costurera del zoco arruinaría cualquier posibilidad de un matrimonio ventajoso que ya tenían planeado para él. Me despidieron de mi puesto, con una explicación vaga sobre reestructuraciones administrativas, y a él lo enviaron a estudiar al extranjero, con la promesa implícita de que, si regresaba y continuaba con aquella relación inapropiada, su familia entera sufriría las consecuencias.
—¿Nunca volviste a verlo?
—Una vez, años después, en una recepción pública a la que asistí acompañando a un cliente. —Farida esbozó una sonrisa amarga—. Ya estaba casado, con hijos, ocupando un puesto importante en el ministerio de finanzas. Me reconoció, por supuesto, pero apenas intercambiamos un saludo formal, como si aquellos dos años de nuestra juventud jamás hubieran ocurrido realmente.
El nombre resonó en la mente de Amara con una familiaridad inquietante, y solo entonces comprendió por qué Farida había decidido, precisamente en ese momento, compartir aquella historia largamente guardada.
—Tariq —repitió, con una certeza creciente—. ¿Te refieres a Tariq Al-Shami? ¿El ministro de finanzas que está ayudando a Khalil con la investigación contra Rashid?
Farida asintió, con una expresión que combinaba la resignación con cierta ironía amarga ante la coincidencia del destino que había traído de vuelta, a través de su sobrina, un eco lejano de aquella historia que ella misma había intentado dejar atrás durante décadas.
—El mismo. Cuando Khalil mencionó su nombre, durante la conversación que tuviste con él sobre la investigación, reconocí de inmediato de quién se trataba. —La voz de Farida se suavizó, cargada ahora de una preocupación genuina más que de nostalgia—. Y por eso, Amara, entiendo mejor de lo que quizás imaginas el peligro real que representa involucrarse con alguien de ese mundo. No es solo una cuestión de diferencias sociales, o de complicaciones políticas abstractas. Es la posibilidad muy real de que, sin importar cuán genuinos sean los sentimientos, las presiones externas terminen destruyendo cualquier posibilidad de un futuro juntos, dejando solo el recuerdo amargo de lo que pudo haber sido.
Amara guardó silencio, procesando la magnitud completa de aquella revelación, comprendiendo con una claridad renovada por qué Farida había mostrado, desde el principio, una cautela tan marcada respecto a la relación creciente entre ella y Khalil, una cautela que ahora se revelaba fundamentada en una experiencia personal mucho más profunda y dolorosa de lo que Amara jamás hubiera imaginado.
—¿Por qué me lo cuentas ahora, tía?
—Porque necesitas entender, con toda claridad, en qué te estás metiendo, antes de que sea demasiado tarde para dar marcha atrás sin sufrir demasiado en el proceso. —Farida tomó las manos de su sobrina entre las suyas, con una ternura que reflejaba toda la preocupación acumulada de aquellas últimas semanas—. Pero también quiero que sepas algo más: a pesar de todo el dolor que aquella experiencia me causó, jamás me arrepentí de haber amado a Tariq durante aquellos dos años, por breves e imposibles que resultaran. Si al final decides seguir adelante con Khalil, a pesar de todos los riesgos, quiero que sea una decisión completamente tuya, tomada con los ojos bien abiertos, no una decisión que tomes sin conocer completamente lo que está en juego.