El sábado amaneció con una noticia que corrió por el zoco viejo con la velocidad implacable de un incendio alimentado por viento seco: la revista Al-Nadwa, la misma publicación donde Rashid había concedido su entrevista semanas atrás, había publicado en su edición digital un artículo que, aunque no mencionaba nombres explícitos, describía con suficiente detalle la situación como para que cualquier persona mínimamente informada sobre los rumores de palacio pudiera identificar de inmediato a quién se refería.
*"Fuentes cercanas a la corte confirman que el heredero al trono mantiene una relación secreta con una mujer de origen humilde, cuya reputación y pasado familiar podrían no cumplir con los estrictos requisitos tradicionales exigidos para una futura reina de Al-Zahiri. Se rumorea, además, que la familia de dicha mujer arrastra deudas considerables, lo que ha generado especulaciones sobre las verdaderas motivaciones detrás de su cercanía con el príncipe."*
Farida leyó el artículo completo en su teléfono, sentada en la trastienda con las manos temblando ligeramente, mientras Amara, a su lado, sentía que el suelo se abría bajo sus pies con cada nueva línea del texto, cargado de insinuaciones que, aunque técnicamente no afirmaban nada de manera directa, resultaban devastadoras precisamente por la ambigüedad calculada con la que sugerían todo tipo de motivos interesados detrás de su relación con Khalil.
—Esto es mentira —dijo Amara, con una voz que apenas lograba contener la furia y el miedo entremezclados—. Nunca hemos tenido deudas más allá de lo normal de cualquier negocio pequeño. ¿De dónde sacaron esto?
—No importa de dónde lo sacaron, hija. Lo que importa es que ya está circulando, y para cuando consigamos desmentirlo, si es que alguna vez lo conseguimos, el daño ya estará hecho. —Farida dejó el teléfono sobre la mesa con manos que aún temblaban, aunque su voz había recuperado ya cierta firmeza estratégica—. Esto tiene la marca de Rashid por todas partes. Solo alguien con acceso a información financiera privada podría haber mencionado lo de las deudas, aunque la hayan exagerado y distorsionado hasta convertirla en algo que ni siquiera se parece a la realidad.
La campanilla de la puerta sonó apenas unos minutos después, y cuando Amara se asomó, con el corazón todavía acelerado por la tensión del artículo, encontró a tres mujeres del vecindario, clientas habituales del taller, que la observaban con una mezcla de curiosidad mal disimulada y cierta cautela, como si de repente no supieran con certeza cómo comportarse frente a alguien cuya vida privada acababa de convertirse en material de escándalo público.
—Amara, querida —dijo una de ellas, la señora Hanan, con una sonrisa que no lograba del todo ocultar la avidez con la que esperaba, evidentemente, obtener alguna confirmación directa de los rumores—. Hemos oído cosas... interesantes esta mañana. ¿Es cierto que el príncipe...?
—No tengo nada que decir sobre rumores infundados —interrumpió Amara, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma, aunque por dentro sintiera que cada palabra le costaba un esfuerzo considerable—. Si han venido a comprar algo, estaré encantada de atenderlas. Si han venido solo por curiosidad, les pido que respeten la privacidad de mi familia.
Las mujeres intercambiaron una mirada incómoda, y finalmente, tras una disculpa apresurada y poco convincente, se retiraron sin realizar ninguna compra, dejando tras de sí un silencio cargado de la certeza incómoda de que aquella escena, con variaciones menores, se repetiría probablemente durante todo el día, a medida que más y más personas del barrio, alertadas por el artículo, sintieran la curiosidad de presenciar con sus propios ojos a la mujer que se había convertido, de la noche a la mañana, en el centro de un escándalo de proporciones nacionales.
***
En palacio, Khalil leyó el artículo con una furia que apenas lograba contener, mientras Yusuf, de pie frente a su escritorio, esperaba instrucciones con una tensión evidente en cada línea de su postura.
—Necesito hablar con el director de esa revista de inmediato —dijo Khalil, levantándose con una energía que reflejaba la magnitud completa de su indignación—. Exijo saber quién les proporcionó esa información sobre las supuestas deudas de la familia Beltrán.
—Ya he hecho algunas averiguaciones preliminares —respondió Yusuf, con una cautela que sugería que las noticias que traía no serían del todo satisfactorias—. El artículo fue escrito por un periodista independiente que trabaja regularmente para varias publicaciones de la corte. Según mis fuentes, recibió la información a través de un intermediario anónimo, con documentación que parecía suficientemente creíble como para publicarla sin verificación adicional.
—Rashid —dijo Khalil, con una certeza que no dejaba lugar a dudas—. Tiene que ser él. Nadie más tendría acceso a ese tipo de información financiera privada, ni el interés específico de distorsionarla de esta manera.
—Estoy de acuerdo, aunque será extraordinariamente difícil probarlo de manera concluyente. Los intermediarios anónimos son, precisamente, anónimos por diseño. —Yusuf se pasó una mano por el rostro, reflejando el mismo cansancio acumulado que Khalil sentía crecer con cada nueva revelación de aquella crisis interminable—. Lo que sí podemos hacer es actuar rápidamente para contrarrestar el daño. Tu madre ya está considerando la posibilidad de emitir un comunicado oficial desmintiendo las acusaciones específicas sobre las deudas, sin necesariamente confirmar ni negar la relación en sí.
Khalil asintió, aunque sentía que cualquier respuesta oficial, por cuidadosamente calculada que fuera, llegaría siempre un paso por detrás del daño ya causado por la velocidad implacable con la que los rumores y las especulaciones se propagaban una vez puestos en marcha.
—Necesito ir a verla —dijo finalmente, con una determinación que no admitía discusión—. No puedo dejar que enfrente esto sola, escondido detrás de comunicados oficiales y estrategias de contención de daños.