Una virgen para el jeque.

Capítulo 16: Celos en la gala de las embajadas.

La Gala Anual de las Embajadas era, desde hacía más de tres décadas, uno de los eventos más importantes del calendario social de Al-Zahiri: una noche en la que representantes de más de cuarenta países se reunían en los Jardines Reales para celebrar las relaciones diplomáticas del reino, en una ceremonia que combinaba la pompa protocolaria con una red compleja de negociaciones informales que, a menudo, resultaban más decisivas que cualquier reunión oficial celebrada durante el resto del año.

Aquel año, sin embargo, la gala llegaba en el peor momento posible para Khalil: apenas dos días después de la publicación del artículo en Al-Nadwa, con el escándalo todavía fresco en boca de toda la corte, y con la presentación formal del testimonio contra Rashid programada para apenas cuarenta y ocho horas después, un cronograma que dejaba prácticamente nulo el margen de maniobra para cualquier error adicional.

—No puedes faltar a este evento, Khalil —le había advertido su madre esa misma mañana, mientras revisaban juntos los últimos detalles de la estrategia final contra Rashid—. Sería interpretado, sin lugar a dudas, como una confirmación tácita del escándalo, una admisión implícita de que tienes algo que ocultar o de que la presión te ha vencido. Necesitas presentarte con la compostura y la seguridad de siempre, como si nada de esto te afectara en absoluto.

Así que aquella noche, Khalil se vistió con la túnica ceremonial bordada en hilo de oro que reservaba para las ocasiones de mayor formalidad, y se presentó en los Jardines Reales con una máscara de tranquilidad diplomática que ocultaba, con considerable esfuerzo, la tensión acumulada de una semana que se había convertido, sin lugar a dudas, en la más difícil de toda su vida adulta.

Los jardines, iluminados esa noche con centenares de faroles colgantes y decorados con arreglos florales importados especialmente para la ocasión, bullían con la actividad habitual de aquellos eventos: embajadores conversando en corrillos discretos, miembros de la corte circulando entre las mesas con copas de champán, y la orquesta real interpretando, desde una tarima elevada, una selección de piezas clásicas que se mezclaban con el murmullo constante de decenas de conversaciones simultáneas.

Khalil apenas había cruzado los primeros metros del jardín cuando sintió, con una claridad incómoda, el peso de las miradas que se posaban sobre él desde múltiples direcciones: algunas cargadas de curiosidad discreta, otras de una simpatía cautelosa, y no pocas de un escrutinio abiertamente especulativo que confirmaba, sin necesidad de palabras, que el artículo de Al-Nadwa había logrado exactamente el efecto que Rashid, presumiblemente, había buscado desde el principio.

—Su Alteza —saludó el embajador de Francia, con la cortesía profesional habitual, aunque Khalil pudo percibir, en la breve vacilación antes del saludo, el eco de los rumores que también habían llegado hasta los círculos diplomáticos internacionales—. Un placer verlo esta noche.

—El placer es mío, Excelencia —respondió Khalil, con la fluidez practicada de años de entrenamiento protocolario, aunque cada intercambio similar, repetido decenas de veces a lo largo de la velada, le exigía un esfuerzo cada vez mayor para mantener la fachada de normalidad que la situación demandaba.

Fue precisamente en medio de una de aquellas conversaciones diplomáticas, mientras intercambiaba cortesías con el embajador de Alemania sobre acuerdos comerciales pendientes, cuando Khalil sintió una presencia familiar acercarse por detrás, y al volverse, se encontró con Layla Haddad, vestida esa noche de un dorado pálido que resaltaba una elegancia serena distinta de la tensión calculada que había mostrado en encuentros anteriores.

—Su Alteza —dijo ella, con una sonrisa que llevaba, esta vez, algo genuinamente distinto de la cortesía protocolaria habitual—. ¿Podríamos hablar un momento, en privado?

Khalil, sorprendido por la petición, asintió, disculpándose brevemente con el embajador alemán antes de seguir a Layla hacia un rincón más apartado del jardín, cerca de una fuente ornamental cuyo sonido constante ofrecía cierta privacidad frente a oídos indiscretos.

—Quería que supieras algo —dijo Layla, una vez que se encontraron suficientemente alejados de la multitud principal—. He decidido retirarme formalmente de cualquier consideración matrimonial contigo. Se lo comuniqué a mi padre hace unos días, aunque él, evidentemente, no está del todo de acuerdo con mi decisión.

Khalil la observó con una sorpresa genuina, sin haber anticipado en absoluto aquella conversación específica en medio de una gala tan formal.

—Layla, yo...

—No necesitas decir nada, Khalil. —Ella levantó una mano, deteniendo cualquier disculpa o explicación que él pudiera haber estado a punto de ofrecer—. Durante meses, esperé pacientemente una propuesta que se suponía debía llegar basada en un afecto genuino. Cuando descubrí lo de tu relación con esa mujer, sentí, al principio, una humillación considerable. Pero con el tiempo, comprendí algo importante: jamás debí haber estado dispuesta a aceptar un matrimonio basado únicamente en conveniencia política, sin la certeza de un afecto real detrás.

—Lamento profundamente el dolor que esta situación pudo haberte causado —dijo Khalil, con una sinceridad que reflejaba el respeto genuino que había llegado a sentir por Layla a lo largo de aquellos meses de cortejo protocolario, aunque jamás hubiera evolucionado hacia el tipo de conexión que buscaba—. Mereces encontrar a alguien que te elija por quien realmente eres, no por las conveniencias que tu familia y la mía pudieran obtener de una unión.

—Lo sé. Y por eso, precisamente, he decidido dar este paso, a pesar de la presión considerable que mi padre continúa ejerciendo. —Layla sonrió, con una calidez genuina que Khalil no había visto antes en ella—. Solo quería decírtelo directamente, antes de que los rumores distorsionen también esta parte de la historia. Espero sinceramente que encuentres, con esa mujer del zoco, la felicidad que ambos merecemos, cada uno por nuestro propio camino.




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