El Dr. Hassan Al-Bakri recibió la convocatoria de la Sultana con una premura que le resultó, desde el primer momento, inusualmente alarmante. Llevaba más de veinte años como médico personal de la familia real, había asistido al difunto rey en sus últimos meses de enfermedad, había traído al mundo, con sus propias manos, al propio Khalil, y en todo ese tiempo jamás había recibido una citación con el tono de urgencia velada que percibió en la nota que Fátima le entregó aquella mañana.
Llegó a la biblioteca privada de la Sultana poco después del mediodía, un hombre de sesenta y tantos años, de complexión delgada y manos siempre pulcras, con la expresión serena que había cultivado durante décadas de ejercicio médico en el entorno más exigente y protocolario imaginable. Pero aquella serenidad habitual se resquebrajó, apenas de manera perceptible, en cuanto vio a Khalil sentado junto a su madre, ambos con expresiones que dejaban claro que la conversación que estaba a punto de sostener no tendría nada de rutinaria.
—Su Majestad, Su Alteza —saludó, con una reverencia breve—. ¿En qué puedo servirles?
—Siéntese, doctor —dijo la Sultana, señalando el asiento frente a ellos con un gesto que no dejaba lugar a demasiadas dilaciones—. Hemos descubierto, a través de la investigación que se está llevando a cabo sobre las finanzas de Rashid, una serie de pagos considerables realizados a una clínica privada en Suiza, vinculados directamente a su nombre. Necesitamos que nos explique de qué se trata.
El Dr. Al-Bakri palideció visiblemente, y sus manos, habitualmente tan firmes, se entrelazaron sobre su regazo con una tensión que confirmaba, sin necesidad de palabras adicionales, que aquella pregunta tocaba, en efecto, algo mucho más profundo y delicado de lo que una simple irregularidad financiera podría explicar.
—Su Majestad, yo... —Se detuvo, respirando profundamente, con la expresión de un hombre que ha cargado durante años un peso que jamás esperó tener que revelar en aquellas circunstancias—. Hice un juramento, hace muchos años, de mantener absoluta confidencialidad sobre este asunto. Un juramento que hice directamente a su difunto esposo, Su Majestad.
Khalil sintió que el corazón se le aceleraba, comprendiendo, con una certeza creciente, que estaban a punto de descubrir algo que su padre había considerado necesario ocultar incluso de su propia esposa.
—Mi padre está muerto, doctor —dijo, con una voz que combinaba la firmeza con cierta súplica genuina—. Y si Rashid ha descubierto lo que sea que usted ha estado protegiendo durante todos estos años, entonces ya no es un secreto seguro. Necesitamos saberlo, antes de que él decida utilizarlo como arma en nuestra contra.
El Dr. Al-Bakri guardó silencio durante un largo momento, con la mirada perdida en algún punto distante de la biblioteca, sopesando el peso de una decisión que evidentemente llevaba años temiendo tener que tomar.
—Muy bien —dijo finalmente, con un suspiro que reflejaba tanto alivio como aprensión—. Pero antes de contarles todo, necesito que comprendan que su difunto esposo, Su Majestad, tomó esta decisión pensando únicamente en proteger a su familia de un escándalo que consideraba, en aquel momento, mucho más devastador que cualquier consecuencia de mantenerlo en secreto.
—Continúe, doctor —dijo la Sultana, con una tensión apenas contenida.
—Hace veintiocho años, antes de que Su Majestad contrajera matrimonio con el rey, él mantuvo una relación breve con una mujer llamada Salma Nasser, hija de una familia de comerciantes de la ciudad de Zafir, en el norte del reino. —El Dr. Al-Bakri hablaba ahora con la cadencia pausada de quien relata algo que ha ensayado mentalmente durante años, temiendo el momento en que tendría que pronunciarlo en voz alta—. De aquella relación nació un hijo, un varón, apenas unos meses antes de que el rey conociera a Su Majestad y comenzara el proceso de su propio compromiso matrimonial.
El silencio que siguió a aquella revelación se extendió por varios segundos, durante los cuales Khalil sintió que el suelo mismo de la biblioteca se tambaleaba bajo sus pies, procesando la magnitud completa de lo que acababa de escuchar: un hermano. Un hermano mayor, nacido antes que él, cuya existencia su padre había mantenido en secreto durante toda una vida.
—¿Por qué nunca lo reconoció? —preguntó finalmente Khalil, con una voz que apenas lograba mantener la compostura.
—Porque la madre, Salma, provenía de una familia sin ningún vínculo con la nobleza, y en aquel momento, con su propio padre —su abuelo, Su Alteza— presionándolo fuertemente para que contrajera un matrimonio políticamente ventajoso, el rey temió que reconocer a aquel hijo pusiera en riesgo toda la estabilidad de la sucesión, y quizás incluso la posición de la propia Salma y su hijo, expuestos de repente al escrutinio implacable de una corte que jamás habría aceptado con facilidad a un heredero nacido fuera del matrimonio real. —El Dr. Al-Bakri hizo una pausa, con una expresión que reflejaba la carga emocional genuina de años guardando aquel secreto—. En su lugar, el rey estableció un fondo privado, gestionado a través de intermediarios de máxima confianza, para asegurar el bienestar de Salma y su hijo. Los envió a vivir de manera discreta en Ginebra, donde el niño creció bajo un nombre distinto, con una identidad completamente separada de la familia real.
—¿Y los pagos a la clínica en Suiza? —preguntó la Sultana, con una voz que reflejaba una mezcla compleja de shock e indignación contenida.
—Ese hijo, que ahora tiene veintiocho años, se llama Adam. Adam Nasser. —El Dr. Al-Bakri continuó, con la misma cadencia pausada—. Hace tres años, fue diagnosticado con una enfermedad renal grave que requiere tratamiento continuo y, eventualmente, un trasplante. El difunto rey, antes de morir, me encomendó personalmente la tarea de asegurar que Adam recibiera la mejor atención médica posible, sin importar el costo, manteniendo siempre la máxima discreción sobre su verdadera identidad. Rashid, según entiendo ahora por lo que me cuentan, debe de haber descubierto esos pagos a través de su acceso a ciertos registros financieros de la fundación, aunque desconozco cómo pudo haber conectado los puntos hasta descubrir la verdadera naturaleza de la relación.