Una virgen para el jeque.

Capítulo 25: Layla juega su última carta.

—"Sangre de esa casa" —repitió Yusuf, muy despacio, como si cada sílaba pesara—. Farida, necesito que piense con mucho cuidado antes de contestar. ¿A qué casa se refería Carmen? ¿A la casa real?

Farida se dejó caer en la silla junto a la mesa de trabajo, y por primera vez en todos los años que Amara la conocía, pareció una mujer de su edad. Se quitó el chal de los hombros, lo dobló sobre las rodillas con un cuidado innecesario, y tardó tanto en responder que el crujido de la madera del techo volvió a llenar el silencio del taller.

—Yo también creí eso durante mucho tiempo —dijo por fin—. Que se refería a los Al-Mazhar. Por eso jamás quise averiguar nada. Me daba pánico descubrir que tenía razón. —Levantó los ojos hacia Amara—. Pero hace unos años, cuando ya nada podía cambiarse, empecé a recordar detalles que en su momento no me dijeron nada. Tu madre trabajaba en los archivos del palacio, sí, pero no con la familia real. Trabajaba con los libros de cuentas históricos de la corona, con los registros antiguos del ministerio de finanzas. Y hablaba, a veces, de un joven funcionario que iba a consultar los mismos volúmenes. Un hombre serio, callado, que siempre traía las gafas manchadas de tinta.

Amara sintió que algo se le enfriaba por dentro, una certeza que todavía no tenía nombre pero que ya estaba tomando forma, como una figura que emerge lentamente de la niebla.

—Tía.

—Tariq regresó de sus estudios en el extranjero justo ese año, Amara. Se había casado apenas unos meses antes, con una mujer que su familia había elegido, y su esposa acababa de dar a luz a un varón. —Farida hablaba mirando sus propias manos, como si leyera el relato en las líneas de la piel—. Yo lo vi una sola vez en esos meses, de lejos, en la calle, y no me atreví a acercarme. Y tu madre, que sabía toda mi historia, que había llorado conmigo por él, jamás me dijo una palabra de que lo conocía. Cuando me enteré de que estaba embarazada, me confesó solo que el padre era un hombre casado, con una esposa que acababa de tener un hijo, alguien que jamás debía saberlo. Y yo, que la quería como a una hermana, no pregunté más.

—Pero lo sospechaste —dijo Amara, con un hilo de voz.

—Lo sospeché desde el día en que Khalil nombró al ministro por primera vez, durante la conversación que tuviste con él. Y se me heló la sangre. —Farida se llevó una mano al pecho—. Pero sospechar no es saber, hija. Jamás tuve pruebas. Solo una carta guardada en una caja, un recuerdo de una frase, una coincidencia de fechas. Y una vergüenza que llevo dentro desde hace veintiséis años, porque el hombre al que amé y la mujer a quien quise como una hermana... —Se detuvo, con la mandíbula tensa—. No sé qué pasó entre ellos. No sé si fue amor, o soledad, o un error de una sola noche. Solo sé que ella me hizo prometer callar, y yo cumplí esa promesa incluso cuando hubiera querido gritarla.

Amara se quedó inmóvil. Yusuf, con un tacto que ella le agradeció en silencio, retrocedió hacia la ventana y fingió revisar la calle vacía.

—Entonces —dijo Amara, tratando de que la voz no le temblara—. Podría ser Tariq Al-Shami. El ministro que ha estado ayudando a Khalil.

—Podría ser. —Farida asintió—. Pero también podría no serlo, y ese es precisamente el problema. Quien te escribió ese mensaje sabe algo más que yo, o quiere que creamos que lo sabe.

***

La decisión de ir a palacio esa misma noche la tomó Amara sola, y esta vez nadie intentó disuadirla.

—No pienso responder ese mensaje hasta hablar con Khalil —dijo, poniéndose el chal con movimientos secos—. Se lo prometí. Le prometí honestidad, y esta es exactamente la clase de verdad que un hombre como él necesita saber antes de que otro se la cuente al oído.

Yusuf no discutió. Organizó el vehículo discreto en menos de diez minutos y condujo él mismo, en silencio, por las calles nocturnas de Zahir, mientras Amara miraba por la ventanilla las luces de los faroles y trataba, sin éxito, de acomodar en su mente la idea de que la vida entera que creía conocer podía haberse construido sobre un cimiento distinto.

Khalil la esperaba en el jardín interior de su ala privada, sentado en un banco de piedra junto a la fuente, envuelto en una manta ligera que no lograba ocultar del todo la palidez de su rostro. Se levantó apenas la vio, con una mueca de dolor que disimuló mal.

—Amara. ¿Qué pasó?

Ella se lo contó todo, sin adornos, sin pausas, sin ninguna de las evasivas que habría usado semanas atrás. La carta, el mensaje, la hora límite de medianoche, la confesión de Farida, la sospecha sobre Tariq. Khalil la escuchó sin interrumpirla, con las manos cerradas sobre la manta y una expresión que fue cambiando poco a poco, del desconcierto inicial a una comprensión dolorosa.

Cuando ella terminó, se hizo un silencio largo, roto solo por el murmullo de la fuente.

—¿Y piensas que ese es el motivo de la amenaza? —preguntó por fin—. ¿Que quien te escribió quiere apartarte de mí?

—Creo que quieren algo más. —Amara se sentó a su lado, con un cansancio que le pesaba en los huesos—. Piénsalo. Si esto solo fuera sobre nosotros, el escándalo de hoy ya habría bastado. Pero esta carta involucra a Tariq. Tariq, que presentó el testimonio contra Rashid. Tariq, cuyo prestigio es la columna vertebral de toda la acusación. ¿Qué pasaría con ese caso si mañana la prensa publicara que el ministro de finanzas tuvo una hija con una empleada de los archivos, y que la ocultó durante veintiséis años, y que esa hija es la mujer que el príncipe eligió como esposa?

Khalil cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había en ellos la misma claridad implacable que había mostrado ante el Consejo.

—Diría que el testigo principal tiene un conflicto de intereses —dijo despacio—. Que la investigación entera fue montada para favorecerme a mí y a la mujer que amo. Que todo es una conspiración familiar.

—Exacto.

—Y Rashid saldría libre.




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