El puerto viejo de Zahir, a aquella hora, todavía pertenecía a la noche. Las farolas de sodio proyectaban un resplandor anaranjado sobre los adoquines húmedos de salitre, y el olor a pescado y a diésel se mezclaba con la brisa fría que subía del Golfo, distinta por completo del calor seco que reinaba en el resto de la ciudad. Amara caminó sola desde el punto donde el coche la había dejado, siguiendo las indicaciones que Yusuf le había repetido tres veces: la segunda calle a la derecha, el almacén con el número pintado en rojo desvaído sobre la persiana metálica, la puerta lateral entreabierta.
El micrófono, oculto bajo el pliegue del chal, le rozaba la piel con un peso casi imperceptible, pero que ella sentía, en aquel momento, como el único ancla real entre su miedo y la determinación que la había traído hasta allí.
El almacén siete olía a óxido y a redes de pesca viejas, apiladas contra las paredes en montones que la penumbra convertía en sombras informes. Una única bombilla, colgada de un cable pelado en el centro del techo, iluminaba un círculo estrecho donde una mesa metálica y dos sillas esperaban, dispuestas con una pulcritud que no encajaba con el resto del lugar, como el escenario preparado de antemano para una obra cuyo final ya estaba escrito por otra persona.
—Llegas puntual —dijo una voz desde las sombras, y Saud Al-Amiri emergió hacia el círculo de luz con el mismo aplomo pausado que Amara había escuchado en la grabación de Layla.
Era un hombre de mediana edad, de traje impecable a pesar de la hora, con una calvicie cuidadosamente disimulada y unos ojos pequeños que la examinaron con la frialdad profesional de quien evalúa una mercancía.
—Dijiste que sabías algo sobre mí —respondió Amara, obligándose a mantener la voz firme—. Aquí estoy. Habla.
—Todo a su tiempo, señorita Beltrán. —Al-Amiri señaló una de las sillas con un gesto casi cortés—. Siéntese. Esto será una conversación civilizada, si usted lo permite.
Amara no se sentó.
—No he venido a tomar el té con usted. He venido porque amenazó con contarle a Khalil algo que yo ya sé. Así que dígame qué es lo que realmente quiere.
Al-Amiri sonrió, con una expresión que no llegaba a sus ojos, y rodeó lentamente la mesa, deteniéndose a una distancia calculada, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, el tipo de distancia que solo alguien acostumbrado a negociar sabe medir con precisión.
—Muy bien, seré directo. —Se apoyó en el borde de la mesa—. Mi cliente posee documentación que demuestra que usted es hija biológica del ministro Tariq Al-Shami. Documentación que, presentada en el momento y la forma adecuados, invalidaría por completo su testimonio contra el señor Rashid Al-Mazhar, alegando conflicto de intereses y manipulación familiar de la investigación.
—Eso ya lo sé.
Aquello pareció descolocarlo apenas un instante, una fracción de segundo en la que sus ojos pequeños se estrecharon con algo parecido a la sorpresa.
—Entonces sabrá también —continuó, recuperando la compostura— que mi cliente está dispuesto a no hacer pública esa información, a cambio de algo relativamente sencillo: que usted convenza al príncipe Khalil de retirar su compromiso conmigo... con usted, quiero decir, de renunciar a cualquier vínculo público con esta familia, y que abandone Al-Zahiri de manera discreta, con una compensación económica generosa que mi cliente está dispuesto a ofrecerle.
—¿Y si me niego?
—Entonces mañana, antes del mediodía, tres periódicos y un canal internacional recibirán copias de la carta de su madre, del informe médico que confirma la incompatibilidad de fechas con el señor Rafael Beltrán, y de una declaración jurada de un testigo que puede confirmar la relación entre su madre y el ministro. El escándalo destruirá al ministro Al-Shami, invalidará su testimonio, y sumirá a la casa real en una crisis de la que dudo que se recupere antes de la próxima generación.
Amara sintió que el corazón le latía con fuerza, pero no de miedo, sino de una furia fría que había estado acumulando desde la medianoche anterior.
—¿Sabe qué es lo más curioso de toda esta conversación, señor Al-Amiri? —dijo, dando un paso hacia él—. Que usted cree que todavía tiene algo con qué amenazarme.
El abogado enarcó una ceja.
—Su tía —dijo Amara, sin apartar los ojos de él— ya reconoció la carta. El ministro Al-Shami ya confesó la relación, con su propia voz, ante la Sultana, ante el príncipe, y ante un notario de la corona, hace apenas dos horas. Su esposa lo sabrá esta misma mañana, por boca de él, no por un periódico. Y en cuanto al testimonio contra Rashid, el propio Consejo ya lo examinó y lo validó, con pruebas financieras independientes que no dependen en absoluto de la reputación personal del ministro.
Al-Amiri palideció apenas, aunque se esforzó por mantener la fachada.
—Está mintiendo.
—¿Lo estoy? —Amara sacó su teléfono del bolsillo del chal y lo sostuvo en alto, sin mostrar la pantalla—. Verá, señor Al-Amiri, cometió un error. Asumió que yo vendría sola a suplicarle discreción. Pero vine a decirle, con toda la calma del mundo, que su "última carta" ya no vale nada, porque cada una de las personas a las que pensaba amenazar decidió, esta misma noche, contar la verdad antes de que usted tuviera oportunidad de contarla por ellos.
—Eso no cambia el hecho de que la publicación seguirá causando un daño considerable —dijo Al-Amiri, con una voz que ya empezaba a perder aquella suavidad calculada—. El escándalo, la vergüenza pública, eso no se puede desmentir con un comunicado.
—Tiene razón. —Amara sonrió, por primera vez desde que había entrado en aquel almacén, con una tristeza que no intentó ocultar—. El escándalo dolerá. La gente hablará. Habrá quien nos juzgue durante años. Pero eso, señor Al-Amiri, ya no es una amenaza. Es simplemente el precio de haber decidido, todos nosotros, dejar de tener miedo.
Fue en ese instante cuando las puertas laterales del almacén se abrieron de golpe, y la luz de varias linternas cortó la penumbra con una precisión coordinada. Yusuf entró primero, seguido de dos agentes de seguridad de palacio y, para sorpresa de Al-Amiri, de un hombre uniformado de la policía real que Amara no reconoció.