Una virgen para el jeque.

Capítulo 27: El enfrentamiento en el desierto

Pasaron cuatro días antes de que la investigación formal contra Rashid llegara a su fase final, cuatro días en los que Al-Zahiri entero pareció contener el aliento colectivamente: la prensa internacional había recogido ya la noticia de la corrupción del segundo en la línea de sucesión, los mercados locales especulaban sobre la estabilidad futura de la corona, y en el interior de palacio, cada nueva pieza de evidencia —el testimonio de Al-Amiri bajo custodia, la confirmación de que las cuentas suizas de Rashid habían sido congeladas, la declaración jurada de Fahad Al-Rashidi ya validada formalmente por el tribunal— se sumaba a un expediente que ya no dejaba resquicio alguno para la duda.

Khalil, todavía recuperándose de la cirugía pero ya capaz de caminar sin ayuda, insistió en presidir personalmente la última reunión antes de la sentencia formal del Consejo, una reunión a la que había pedido, contra el protocolo habitual, que asistiera también Amara.

—Es tan parte de esto como cualquiera de nosotros —había dicho, cuando Fátima le sugirió con delicadeza que quizás no fuera apropiado—. Y merece ver cómo termina.

Fue durante aquella reunión, sin embargo, cuando llegó la noticia que ninguno de ellos esperaba: Rashid, desde su celda de custodia en el ala de detención de palacio —un privilegio que su rango todavía le concedía, a pesar de todo—, había solicitado una audiencia privada, no con el Consejo, sino directamente con Khalil.

—No tienes que aceptar —dijo la Sultana, con una desconfianza que no intentó disimular—. Después de todo lo que ha hecho, no te debe ninguna cortesía.

—Lo sé. —Khalil consideró la petición con una calma que sorprendió incluso a Amara—. Pero quiero escuchar qué tiene que decir. Si es otra manipulación, lo descubriremos rápido. Y si no lo es, quizás sea la última pieza que nos falta para entender el alcance completo de todo lo que hizo.

—Iré contigo —dijo Amara, sin dejar espacio para la discusión.

—No creo que sea buena idea —empezó Khalil, pero ella lo interrumpió con una mirada que él ya había aprendido a no contradecir.

—Rashid intentó destruir mi vida, mi familia, y la reputación de un hombre que resultó ser mi padre. Tengo tanto derecho como tú a mirarlo a los ojos mientras responde por ello.

***

La sala de audiencias privada, dentro del ala de detención, era pequeña y austera, con una mesa de metal atornillada al suelo y dos sillas fijas frente a una tercera donde Rashid esperaba, vestido con ropa sencilla, sin ninguno de los símbolos de estatus que lo habían acompañado durante toda la crisis. Había perdido peso en apenas unos días, y algo en su rostro, en la manera en que sostenía las manos entrelazadas sobre la mesa, sugería un hombre que por fin había dejado de calcular cada gesto.

—Gracias por venir —dijo, cuando Khalil y Amara se sentaron frente a él, flanqueados por dos guardias que permanecieron junto a la puerta—. No esperaba que trajeras compañía.

—Ella tiene tanto derecho a escucharte como yo —respondió Khalil, con una frialdad que no dejaba espacio para la familiaridad de otros tiempos—. Habla, Rashid. ¿Qué querías decirme?

Rashid guardó silencio un largo momento, con la mirada fija en sus propias manos, y cuando finalmente habló, su voz había perdido por completo la seguridad calculada que había definido cada una de sus intervenciones durante meses.

—Quería decirte que no ordené la desaparición de Nasir. —Levantó la vista—. Sé que lo sospechas, sé que las circunstancias apuntan en esa dirección, pero necesito que sepas que, a pesar de todo lo que hice, jamás di la orden de hacerle daño a nadie. Ese hombre actuó por su cuenta, aterrorizado, cuando comprendió que la investigación llegaría hasta él. Le pagué durante meses para que me informara sobre los movimientos de tu madre. Nada más.

—¿Y Al-Amiri? ¿La carta de la madre de Amara? —preguntó Khalil, sin ceder ni un ápice de su frialdad.

—Eso sí fue idea mía. —Rashid no intentó justificarlo—. Cuando descubrí, a través de la investigación sobre las finanzas de la familia Beltrán, aquella fotografía antigua en el archivo del ministerio, supe que tenía algo mucho más poderoso que cualquier deuda o escándalo mediático. Contraté a Al-Amiri para que lo usara como último recurso, si todo lo demás fallaba. Y falló, Khalil. Todo falló, uno por uno, porque tú tuviste la maldita insistencia de elegir la honestidad cada vez que yo esperaba que eligieras el miedo.

Amara sintió que algo en el pecho se le endurecía, una mezcla de rabia contenida y una curiosidad amarga por comprender, finalmente, la mente de un hombre que había estado dispuesto a destruir tantas vidas por una corona.

—¿Por qué? —preguntó, hablando por primera vez—. ¿Por qué hacer todo esto? Usted ya tenía riqueza, posición, respeto. ¿Por qué arriesgarlo todo, y arriesgar a tanta gente inocente, por un trono que ni siquiera sabía si algún día llegaría a ocupar?

Rashid la miró, y por un instante, algo genuino cruzó su expresión, algo que no era ni la arrogancia calculada de sus primeras apariciones ni la resignación amarga del presente, sino una tristeza antigua que parecía haber estado enterrada bajo capas de ambición durante toda su vida adulta.

—Porque crecí siendo el segundo, señorita Beltrán —dijo, con una voz que se quebraba apenas—. El segundo en todo. El segundo en la línea de sucesión, el segundo en el cariño de mi propio padre, que siempre comparaba mis logros con los de mi primo como si yo fuera una copia imperfecta de algo que él consideraba superior por el simple accidente de haber nacido en la rama correcta del árbol familiar. Pasé toda mi vida convencido de que la única manera de demostrar mi propio valor era ocupando un lugar que nunca me correspondió por derecho de nacimiento, y en el proceso, me convertí en exactamente el tipo de hombre que siempre juré que jamás sería.

El silencio que siguió a aquella confesión se extendió por varios segundos, cargado de una humanidad incómoda que ninguno de los presentes esperaba encontrar en aquella sala fría.




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