Una virgen para el jeque.

Epílogo: Un año después

El jardín de naranjos amargos del palacio de Al-Zahiri olía distinto en primavera, cuando los azahares se abrían todos a la vez y el aire se volvía tan denso de aroma que hasta los guardias más veteranos, acostumbrados a patrullar aquellos senderos durante décadas, ralentizaban el paso sin darse cuenta. Fue allí, sentada en el mismo banco de piedra donde Khalil solía refugiarse de niño, donde Amara Al-Mazhar —porque así firmaba ya, aunque en el zoco todos siguieran llamándola simplemente Amara, sin más apellido que hiciera falta— recibió, una mañana de mediados de abril, la noticia que llevaba semanas esperando.

—Su Majestad —dijo Fátima, entrando con una discreción que un año de servicio a la nueva reina no había logrado suavizar del todo—, el Dr. Al-Bakri solicita audiencia.

Amara sonrió, adivinando de inmediato el motivo de aquella visita, y se llevó una mano instintiva al vientre, todavía plano bajo la tela ligera del vestido de primavera.

—Hazlo pasar.

La confirmación llegó apenas unos minutos después, con la discreción profesional habitual del médico, y aquella misma noche, cuando Khalil regresó de una jornada larga de audiencias sobre el nuevo programa de becas para artesanos del zoco —una de las primeras iniciativas que había impulsado como rey, inspirada directamente en el taller donde había conocido a su esposa—, Amara lo esperó en la terraza con una sonrisa que él reconoció de inmediato, antes incluso de que ella pronunciara una palabra.

—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose junto a ella con una curiosidad expectante.

—Vamos a tener un hijo, Khalil.

El rey de Al-Zahiri, que había enfrentado sin parpadear a un consejo de doce ancianos, a un primo chantajista y a la revelación completa de los secretos más íntimos de su propia familia, sintió que las piernas le fallaban ligeramente, y se dejó caer de rodillas frente a ella, con las manos temblando mientras las apoyaba sobre el vientre de su esposa.

—¿Estás segura?

—Completamente segura.

Khalil rió, una risa limpia y genuina que hacía tiempo no se permitía con tanta libertad, y la abrazó con una ternura que contenía, en un solo gesto, todo lo que habían construido durante aquel primer año de matrimonio: las noches en que ambos aprendían, todavía a tientas, a equilibrar el peso de la corona con la sencillez que jamás habían querido perder; las tardes en que Amara seguía bordando, ahora en un pequeño taller instalado dentro de los muros de palacio, insistiendo en que una reina que dejara de trabajar con sus propias manos dejaría también de recordar por qué gobernaba; los viajes discretos, cada pocas semanas, al zoco viejo, donde Farida todavía la recibía con la misma taza de té de siempre, sin importar cuántos guardias esperaran, ahora, en la puerta.

***

La noticia del embarazo se anunció oficialmente un mes después, coincidiendo, no por casualidad, con la inauguración del primer Centro de Oficios Tradicionales de Al-Zahiri, un proyecto que Amara había impulsado desde los primeros meses de su reinado y que convertía el antiguo local contiguo al taller de Farida —el mismo que Rashid había comprado con intenciones de intimidación— en una escuela gratuita donde jóvenes de todo el reino, sin importar su origen, podían aprender bordado, tallado en madera, orfebrería y otros oficios que llevaban generaciones transmitiéndose solo dentro de las familias del zoco.

—Es una manera de honrar de dónde vengo, sin olvidarlo jamás —había explicado Amara durante la inauguración, ante una multitud que incluía tanto a embajadores extranjeros como a la señora Hanan, sentada en primera fila con un pañuelo bordado en azul añil que jamás se quitaba del cuello desde el día del escándalo—. Este reino tiene más talento del que jamás le ha dado espacio para crecer. Vamos a cambiar eso, un aprendiz a la vez.

Farida, ya con el cabello completamente plateado pero con las manos tan firmes como siempre, dirigía el centro con una autoridad que ningún título oficial podría haberle otorgado con mayor legitimidad. Tariq, que visitaba el taller casi todas las semanas desde su despacho en el ministerio, había desarrollado con ella una relación que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo, aunque Amara, cada vez que los veía compartir una taza de té con una familiaridad que ya no llevaba rencor, sonreía para sus adentros, permitiéndose la esperanza silenciosa de que, algún día, aquella historia interrumpida hacía treinta años pudiera encontrar, todavía, un capítulo distinto.

—No me mires así —le decía Farida, cada vez que sorprendía a su sobrina observándolos con aquella expresión esperanzada—. A mi edad, una ya no cree en los cuentos de hadas.

—Yo tampoco creía —respondía siempre Amara—, hasta que un carrete de hilo rodó por el callejón equivocado.

***

Adam se había quedado en Al-Zahiri, tal como había anticipado aquella primera semana de convalecencia, aunque no de la manera en que nadie hubiera imaginado. Rechazó cualquier título nobiliario que el Consejo, en un gesto de reconciliación tardía, le ofreció, y en su lugar, con el apoyo entusiasta de Khalil, fundó el primer instituto de matemáticas aplicadas del reino, dedicado a formar a jóvenes talentosos de familias sin recursos, becados íntegramente por la corona.

—No necesito un trono para sentirme parte de esta familia —le había dicho a Khalil, poco después de que el Consejo le ofreciera, sin demasiada convicción, un lugar formal en la línea de sucesión, ahora que las leyes habían sido revisadas—. Ya la tengo. Y prefiero construir algo con mis propias manos, como ustedes me enseñaron a valorar.

Su relación con Layla Haddad, que había empezado con aquella conversación casual sobre astronomía la noche de la boda, había florecido durante el año siguiente con una lentitud deliberada que ambos parecían disfrutar, libres, por primera vez en sus respectivas vidas, de cualquier presión familiar o política. El jeque Malik, humillado tras el fracaso de su alianza con Rashid, había pasado meses distanciado de su hija, hasta que Layla, con la misma determinación que la había llevado a entregarles aquella grabación decisiva, le dejó claro que su cariño ya no dependería jamás de que él aprobara sus decisiones.




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