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Odeliah
Odeliah no podía apartar el beso de su mente. Ni siquiera en la soledad de sus sueños lograba escapar de él; era como si dentro de ella, en algún lugar profundo que se negaba a reconocer, se aferrara a ese instante con una obstinación silenciosa. La memoria del roce de sus labios se había instalado bajo su piel, latiendo suavemente con cada latido de su corazón, negándose a ser olvidada.
Y entonces estaba Kailan. Verlo a la mañana siguiente, cruzar miradas en el pasillo, compartir el mismo aire sin mencionar lo ocurrido. Lo extraordinario, lo que la tomó completamente por sorpresa, fue descubrir que fingir con él no resultaba tan difícil como había imaginado. Al contrario, existía una facilidad perturbadora en actuar como si nada hubiera pasado, como si su boca no recordará todavía la textura de la suya. Era casi natural, y quizás eso era lo más aterrador de todo.
Esa noche, Odeliah yacía en el sofá de su sala, envuelta en una manta ligera a pesar del calor. En la pantalla, El Diario de la Princesa 2 transcurría con sus colores brillantes y su música alegre, pero Odeliah no podía prestar atención a las aventuras de Mia Thermopolis. Sus ojos miraban sin ver, perdidos en un punto indefinido más allá de la televisión, mientras sus dedos jugueteaban distraídamente con el borde de la manta.
Porque en su mente, una y otra vez, seguía Kailan.
No era solo el beso ya. Era su sonrisa ladeada cuando algo le parecía gracioso. Era la forma en que sus ojos se entrecerraban ligeramente cuando la miraba, como si intentara descifrar un secreto que ella misma desconocía. Era la manera en que había dicho "buenos días" esa mañana, con una naturalidad tan perfecta que dolía. Cada pequeño detalle se había convertido en un fragmento de un recuerdo que se reproducía en bucle, negándose a ser silenciado.
De pronto, Odeliah se incorporó bruscamente, interrumpiendo el movimiento pausado de la película con su repentina agitación. Se cubrió el rostro con ambas manos, como si pudiera ocultarse de sus propios pensamientos, como si la oscuridad detrás de sus párpados pudiera borrar lo que su corazón insistía en sentir.
—Dios, ¿qué me está pasando? —murmuró contra sus palmas, su voz apagada y temblorosa.
Se obligó a respirar hondo, bajó las manos y las entrelazó sobre su regazo con fuerza, como intentando sujetarse a la razón. Miró fijamente la pantalla sin verla, y se habló a sí misma con la severidad de quien intenta convencerse de algo que no quiere escuchar.
—Vamos, Odeliah, es Kailan —dijo en voz alta, como si verbalizar pudiera darle poder sobre sus sentimientos—. Tu exnovio... tu amigo. No puedes permitir que eso reviva.
Hizo una pausa, y su voz se quebró ligeramente en la siguiente frase, traicionando la fachada de fortaleza que intentaba construir.
—Además... apenas has terminado con Leonel. Apenas. No puedes pensar en nadie más. No de esa forma.
El corazón, sencillamente, sentía. Y el suyo, en ese mismo instante, latía con un nombre que no debería estar pronunciando.
El frío de diciembre se colaba por las rendijas de la ventana, pero Odeliah apenas lo notaba. Estaba demasiado absorta en el calor incómodo que le quemaba por dentro, ese que no tenía nada que ver con la calefacción del departamento.
Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, sabía que era inútil. Para su buena o su mala suerte —aún no podía decidirlo—, el silencio de la sala se vio interrumpido por la repentina vibración de su teléfono sobre la mesa de centro. La pantalla iluminó el rostro de Mia Thermopolis justo en el momento en que Mia y Nicholas se besaban y caían a la fuente, pero Odeliah apenas lo notó. Sus ojos se fijaron en el nombre que aparecía en la notificación: Mamá.
Durante un instante, consideró no responder. Su cabeza era un torbellino de confusión y emociones contradictorias, y lo último que necesitaba era explicarle a su madre por qué su voz sonaba extraña o distraída. Pero la llamada insistía, y Odeliah sabía que su madre era de esas personas que llamaban tres veces seguidas si no contestabas la primera.
Respiró hondo, tratando de recomponerse, y deslizó el dedo por la pantalla.
—¿Sí, mami? —preguntó, esforzándose para que su voz sonara natural.
Del otro lado, la voz cálida y animada de su madre llenó el auricular, tan familiar que por un momento Odeliah sintió un extraño consuelo.
—¡Mi niña! —exclamó su madre con ese entusiasmo que siempre la caracterizaba—. Tu papá y yo hemos estado hablando, y queríamos preguntarte si tú y tu novio pueden venir a cenar con nosotros el viernes. Ya sabes, para que lo conozcamos antes de las fiestas. No queremos que llegue a la cena de Navidad sin presentación formal.
Odeliah parpadeó, confundida. Su cerebro, aún atrapado en el remolino de pensamientos sobre Kailan, tardó unos segundos en procesar la pregunta.
—¿Por qué? —fue lo único que atinó a decir, con un tono que delataba su desconcierto.
Su madre rió suavemente al otro lado de la línea, esa risa cálida que siempre hacía sentir a Odeliah como si tuviera cinco años otra vez.
—¿Por qué crees, hija? Porque queremos saber quién es antes de que lo lleves con la familia en Nochebuena. Ya sabes cómo son tus tías, si aparece en una reunión sin presentación formal, no le darán tregua. Mejor que lo conozcamos primero en un ambiente tranquilo. Además, con este frío, una cena en casa siempre sabe mejor.
Editado: 28.02.2026