Una y Otra vez Tú

Capítulo 4

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Kailan:

Permanecía de pie frente al espejo, ajustando por tercera vez el cuello de su camisa. La fiesta era algo casual, nada elegante, pero Kailan no podía evitar sentirse incómodo con su propio reflejo. No era el tipo de nervios que solía experimentar antes de una reunión con amigos, ni esa ansiedad social que a veces lo embargaba en lugares concurridos. Tampoco era por Hilary, aunque debería haber sido ella el centro de sus preocupaciones.

Era por Odeliah.

Y eso era precisamente lo que lo tenía desconcertado, con el corazón latiendo en un compás que no lograba descifrar.

Cuando aceptó participar en aquel plan, todo parecía sencillo. Un acuerdo mutuo, claro y sin complicaciones: Odeliah fingiría ser su novia. Él se liberaría de las atenciones no deseadas de Hilary de una vez por todas, y ella lo presentaría como su novio para no tener que responder a las preguntas de cuándo llegaría con novio y evitar burlas de su ex. Una mentira conveniente.

Entonces, ¿por qué su cuerpo actuaba antes de consultar a su razón?

Recordaba con demasiada claridad el momento en que la había besado. No había sido planeado, no formaba parte del guión que habían establecido. Simplemente ocurrió, como si sus labios hubieran reconocido en ella un destino que su mente aún se negaba a aceptar. Desde entonces, cada gesto, cada mirada, cada palabra que le dirigía estaba teñida de una autenticidad que peligrosamente comenzaba a parecerse a la verdad.

Kailan pasó una mano por su cabello, suspirando con frustración. ¿Por qué la trataba como si fueran algo real cuando todo había comenzado siendo una farsa? ¿Desde cuándo los límites entre la actuación y sus sentimientos se habían vuelto tan borrosos?

Un pensamiento incómodo se abrió paso entre su mar de dudas: esto podría escaparse de sus manos con facilidad. Convertirse en un caos del que ninguno de los dos supiera cómo salir. Y él no quería perder a Odeliah. No así. No cuando apenas estaba descubriendo lo que significaba tenerla cerca de una manera distinta, más íntima, más suya.

Pero joder, ella era adictiva.

Lo había notado desde el principio, aunque en ese entonces lo disfrazó de complicidad, de química amistosa. Ahora lo sabía con claridad: Odeliah era como un imán que le exigía pegarse a él, que desobedecía cualquier intento de distancia razonable. Cuando ella reía, él quería estar cerca para escucharla. Cuando ella hablaba, él quería atrapar cada palabra. Cuando ella existía, simplemente, él quería existir en su mismo espacio.

Y lo peor —o lo mejor, ya no estaba seguro— era que estaba volviéndose loco por ella.

No le molestaba del todo.

Ese era el verdadero problema. En el fondo, en ese lugar honesto que pocas veces visitaba, la idea de perderse en Odeliah no le generaba resistencia. Al contrario, le provocaba una especie de vértigo dulce, de esos que te empujan al vacío con la promesa de que alguien te atrapará al caer.

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Odeliah

Odeliah se detuvo frente al espejo y sostuvo su propia mirada por un instante, como si buscara en el reflejo una respuesta que todavía no se atrevía a formular.

Su conjunto morado le quedaba perfecto; el tono acentuaba el brillo cálido de su piel con una sutileza que solo ella sabía lograr. Al final había cambiado de opinión y se decidió por aquel conjunto largo, la tela caía con elegancia, ajustándose en los puntos justos y dejando espacio para el movimiento.

Se había hecho una trenza de corazón, meticulosa y delicada, dejando algunos mechones sueltos para enmarcar su rostro. El maquillaje fue ligero —un velo de rubor, un trazo preciso en los ojos—, como quien quiere verse arreglada sin parecer que se ha esforzado demasiado, aunque en realidad cada paso lo había medido con cuidado. Los tacos negros de siete centímetros con plataforma completaban el look: la altura suficiente para sentirse firme, la comodidad justa para no arrepentirse antes de que la noche comenzara.

Afuera el frío se hacía sentir. Desde la ventana podía ver los copos de nieve que caían en diagonal, dibujando lentamente un manto blanco sobre las calles. Así que tomó su gabardina negra, la ajustó sobre los hombros y permitió que el abrigo añadiera ese toque sobrio que equilibraba la calidez del morado.

Todo estaba listo. Solo debía esperar a que Kailan pasara por ella. La gabardina negra colgaba de sus hombros, los tacones ya firmes sobre el piso, y en su pecho un latido insistente que se negaba a obedecerle.

Claro que no estaba nerviosa por la fiesta. ¿Por qué habría de estarlo? Solo iría con Kailan a una reunión de sus amigos, nada que no hubiera hecho antes en otras circunstancias. Solo tenían que "confirmar" que eran novios —aunque no fuera verdad—, sostener la mentira el tiempo suficiente para que Hilary perdiera interés y para que el resto de sus amigos dejaran de preguntar.

Solo iba a tener que estar pegada a él toda la noche.

Eso era todo.

Odeliah se mordió el labio con suavidad, descubriendo que sus propios pensamientos sonaban ridículos incluso en su cabeza. Pegada a él. Toda la noche. Como si fuera algo sencillo, como si sus manos no recordarán la calidez de las suyas, como si su espalda no hubiera aprendido ya la forma exacta de encajar contra su pecho cuando bailaban sin que nadie los viera. Como si el beso que él le había dado sin previo aviso no hubiera dejado una guerra silenciosa contra ella mismo, una guerra que todavía no se animaba a explorar.

Intentó calmarse mientras esperaba a que Kailan tocara la puerta. Las voces en su cabeza la iban a volver loca; sus propios pensamientos la estaban traicionando, sus propios sentimientos no pensaban darle tregua. Lo que hacía unas semanas era Leo, y ahora era Kailan. Y esa simple diferencia lo cambiaba todo.




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