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Odeliah:
Odeliah se consideraba una cobarde en ciertas situaciones. No era un pensamiento que la llenara de orgullo, pero tampoco podía negarlo. Y en esos días, la palabra le pesaba más que nunca, instalada en su pecho como una losa que le impedía respirar con libertad.
No habló con Kailan al día siguiente de la fiesta. No porque no quisiera —en realidad, tenía las palabras en la punta de la lengua, imágenes de su sonrisa, de sus manos rodeando su cintura mientras bailaban— sino porque el miedo la había vencido. La amenaza de Hilary, esa chica de labios finos y ojos que prometían tormentas, no tuvo nada que ver. De hecho, si Odeliah no hubiera estado hundida en esa tristeza viscosa que la había atrapado desde hacía dos días, probablemente se habría reído a carcajadas del intento de intimidación. Pero no. Lo que la paralizaba era otra cosa: la posibilidad de que lo que había sentido en la fiesta fuera real. Porque si era real, entonces tenía algo que perder.
Así que se encerró en su departamento. Apagó el celular antes de que el primer mensaje pudiera llegar, lo dejó mudo sobre la mesita del comedor como quien abandona un testigo incómodo. No salió ni para revisar el correo. Durante dos días, el mundo exterior se redujo al murmullo de la calle al otro lado de la ventana cerrada, a la luz gris del invierno filtrándose entre las persianas.
Escuchó a Kailan golpear su puerta. La primera vez fue el mismo domingo por la tarde, un par de nudazos firmes pero no agresivos, seguidos de su voz llamándola con esa calma que a ella siempre le desarmaba. Luego, el lunes en la mañana, otra vez. Y otra más al atardecer. Cada golpe la encontraba en el sofá, con las rodillas pegadas al pecho y el helado derritiéndose lentamente en el tazón, deseando con todas sus fuerzas levantarse, abrir, enfrentarlo. Pero su cuerpo no respondía. Era como si el valor se hubiera quedado del otro lado de la puerta, con él.
Lo que no había previsto era a Yvonne.
Su mejor amiga tenía un sexto sentido para el desastre, y cuando Odeliah desaparecía del mapa, Yvonne no llamaba: actuaba.
Eran las 10:30 de la mañana de aquel martes de diciembre cuando la cerradura de la puerta principal hizo clic. Odeliah ni siquiera se movió. Ya sabía quién era. La única persona en el mundo con llave de su departamento entró con paso firme, sin pedir permiso, y se plantó frente a ella con una mirada que no admitía excusas ni rodeos.
—Te desapareces por dos días —comenzó Yvonne, y su tono, serio, cortante, le erizó la piel—. No respondes los mensajes y te encuentro aquí acostada en tu sofá con tu pijama comiendo helado de chocolate en invierno, Odeliah, en invierno.
No era una observación. Era una acusación cargada de preocupación.
Odeliah la miró y sintió cómo se le quebraba algo por dentro. Las lágrimas amenazaron con asomarse, calientes e inoportunas, y las contuvo a duras penas, desviando la mirada hacia la ventana, hacia cualquier lugar que no fuera el rostro de su amiga. No quería que la viera así: rota, pequeña, derrotada por su propio miedo.
Pero Yvonne nunca había sido de las que se rinden. Se dejó caer a su lado en el sofá, le quitó el helado con suavidad pero sin preguntar y le tomó la mano con una firmeza que decía aquí estoy, no te vas a escapar.
—Liah… —su voz cambió, se volvió más baja, más íntima—. ¿Qué pasó, bonita? ¿Él te hizo algo?
Odeliah negó con la cabeza, rápido, casi con violencia. Y entonces, sin que pudiera evitarlo, las palabras comenzaron a brotar.
Le contó todo. La fiesta, las miradas, los bailes en los que sus cuerpos parecían hablarse en un idioma que solo ellos entendían. Los besos. Esos besos que todavía sentía como una marca cálida en los labios. Le contó las sonrisas compartidas, cómo sus dedos se habían entrelazado con los de él sin pensarlo, cómo el aire a su alrededor se había vuelto más ligero, más fácil. Le contó que nada de aquello se había sentido como una farsa.
Yvonne solo la escuchó y la abrazó cuando sintió que ella se rompía.
—Ay, linda —dijo su amiga con suavidad, acunándola contra su hombro—. Debí suponer que era tu corazón indeciso. Tienes esa mala costumbre de esconderte cuando tienes miedo.
—Lo sé… —respondió Odeliah con la voz entrecortada, aferrándose a la chaqueta de Yvonne como si fuera un salvavidas—. Pero apenas han pasado unos diez o once días desde que descubrí lo de Leonel y Alaska. Y me da miedo, Yvonne. Mucho miedo.
Respiró hondo, y las palabras siguieron saliendo, desordenadas, como si llevaran días esperando su turno.
—La forma en la que sus amigos se sorprendieron al verme… el hecho de que él nunca la miró como me miró a mí. Con ella nunca bailó, nunca la besó en una fiesta, nunca la presentó a sus amigos como si fuera un trofeo. Y yo… yo no sé qué hacer con eso, Yvonne. Porque si es verdad, si él nunca hizo esas cosas con ella… entonces todo lo que pasó anoche no fue fingido. Y eso me da más miedo que cualquier amenaza.
El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que Odeliah había estado conteniendo desde la noche anterior. Yvonne acarició sus brazos con movimientos lentos y pausados, como si el gesto pudiera tranquilizarla mientras buscaba en su mente la respuesta adecuada.
—¿Y por qué te da miedo? —preguntó al fin, con voz baja.
Editado: 07.04.2026