Una y Otra vez Tú

Capítulo 6

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Odeliah:

Odeliah intentaba mantenerse tranquila, pero algo en su interior se negaba a ceder. La repentina aparición de Leonel le erizaba la piel, le tensaba los hombros, le secaba la boca. No era solo el miedo a que el engaño que había construido con Kailan frente a su familia se derrumbara —aunque ese temor, pululaba constante—, sino todo lo que su presencia arrastraba: los once días recientes, las heridas que aún supuraban, la verdad que nadie en su familia conocía. Agradecía, con una intensidad que casi dolía, que Kailan fuera su sostén aquella noche.

De él amaba muchas cosas, pero sobre todo su paciencia. Esa manera de esperar sin presionar, de estar sin asfixiar. Kailan no le había exigido explicaciones sobre su pasado con Leonel, no la había interrogado ni había dejado que sus propias insegurmas se interpusieran. Simplemente se había quedado, con los brazos abiertos, dispuesto a ayudarla a recomponerse sin pedirle que fingiera estar entera.

—Iré al baño, ya vuelvo —murmuró, separando suavemente sus dedos de los de él.

Kailan sonrió y, antes de que ella pudiera incorporarse del todo, tomó su mano de nuevo y depositó un beso lento y deliberado sobre sus nudillos. Aquel gesto tan suyo, tan íntimo, provocó un escalofrío en la espalda de Odeliah. Era asombroso cómo un hombre que había estado ausente años podía conocerla mejor que nadie.

—Cualquier cosa me escribes y entro a rescatarte —dijo él, con esa media sonrisa que la desarmaba desde los quince.

Odeliah asintió, devolviéndole el gesto, y se levantó de la mesa. Mientras cruzaba hacia el interior de la casa, sintió las miradas de varios familiares clavarse en su espalda: su madre, Rhys, incluso Alaska, que la siguió con los ojos hasta que la puerta corrediza del jardín se cerró tras ella.

Dentro, la casa flotaba en una penumbra cálida. Solo unas luces navideñas parpadeaban en el salón, y el árbol brillaba en un rincón con sus adornos rojos y dorados. El aroma a canela y pino se hacía más intenso allí, y por un instante Odeliah sintió una punzada de nostalgia por todas aquellas Navidades de su infancia, cuando la vida era más sencilla y el corazón aún ignoraba la palabra desamor.

Caminó hacia el baño del pasillo, pero antes de llegar una voz la detuvo.

—Odeliah.

Se giró, sobresaltada. Leonel estaba apoyado contra la pared, justo al lado de la puerta, con los brazos cruzados y esa sonrisa que ella había aprendido a temer. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y sostenía su teléfono, que giraba distraídamente entre sus dedos. La luz tenue del pasillo le confería un aspecto fantasmal, como si fuera un personaje salido de una pesadilla que ella creía haber dejado atrás.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con una firmeza que no sentía del todo—. El baño está ocupado.

—No he llamado a la puerta —respondió él, encogiéndose de hombros con una despreocupación que a ella le resultó ofensiva—. Solo quería hablar contigo. A solas.

—No tenemos nada de qué hablar.

—¿Segura? —Leonel se enderezó y dio un paso hacia ella. Odeliah retrocedió uno, instintivamente, sintiendo cómo el espacio entre ambos se volvía peligroso—. Porque tengo la impresión de que estás mintiendo. A tu familia. A tu… ¿novio? —pronunció la palabra como si fuera un chiste privado, alargándola con sarcasmo—. ¿No crees que deberían saber la verdad?

El corazón de Odeliah golpeaba con fuerza contra las costillas, pero se obligó a mantener la calma, a no dejar traslucir cuánto la afectaban sus palabras.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes —insistió Leonel, acercándose un paso más. Esta vez Odeliah no pudo retroceder porque su espalda chocó contra la pared fría del pasillo. Quedó atrapada entre él y el muro, con la respiración entrecortada—. Terminamos hace once días, Odeliah. Once. Y ya tienes otro novio. Un novio al que presentas a toda tu familia como si llevara meses juntos. ¿No te parece un poco… patético?

—Lo que me parece patético —respondió ella, con la voz temblorosa pero desafiante, buscando fuerzas en algún lugar profundo de su interior— es que vengas a reclamarme después de lo que hiciste. Tú llevas con Alaska los mismos meses que llevabas conmigo. Así que no vengas a hablar de hipocresías.

Leonel rió, pero no fue una risa alegre. Fue seca, cortante, y rebotó en las paredes del pasillo como un latigazo.

—¿Así que de eso se trata? ¿Venganza? Vamos, Odi, ya te dije que no sabía que eran primas. Pero decir que llevan cuatro meses juntos, que es una segunda oportunidad… eso sí que es patético. Yo no conozco a ese tal Kailan. Nunca hablaste de él.

—Sí, claro —dijo Odeliah, con amargura, sintiendo cómo la rabia empezaba a reemplazar al miedo—. La verdad es que me humillaste. Me hiciste sentir que no valía nada. Y ahora vienes aquí, a casa de mis abuelos, en Navidad. ¿O ya olvidaste que mi abuela no te ha aceptado nunca? Qué valentía la tuya, Leonel. Si no te hablé de Kailan es porque nunca debiste saber de él.

—Solo quiero que seas sincera —dijo Leonel, inclinándose ligeramente hacia ella, tan cerca que Odeliah pudo sentir su aliento mezclado con el vino—. Con tu familia. Con Kailan. Porque si no lo haces tú…




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