Una y Otra vez Tú

Capitulo 7

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Odeliah:

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas, dibujando líneas doradas en la pared. Odeliah parpadeó, aún atrapada en esa frontera difusa entre el sueño y la vigilia, y sintió el peso cálido del brazo de Kailan sobre su cintura. Su respiración era profunda y pausada, el tipo de respiración que solo se alcanza cuando el cuerpo está completamente en paz.

No se atrevió a moverse. No quería romper aquel hechizo.

La noche anterior había sido sencilla, casi doméstica. Después de despedirse de Yvonne y Louis en el estacionamiento del cine, habían regresado al departamento con una bolsa de palomitas que nadie terminó y dos latas de refresco ya olvidadas sobre la mesa. Se habían sentado en el sofá, encendieron la televisión, y una película comenzó a sonar mientras ellos, sin darse cuenta, se fueron quedando dormidos enredados entre almohadas y mantas. Ella recordaba haber apoyado la cabeza en el hombro de Kailan en algún momento del segundo acto, y él le había dado un beso en la frente, un gesto tan natural que parecía ensayado.

Nada más. Nada menos.

Y sin embargo, despertar así era más íntimo que cualquier otra cosa que pudieran haber hecho. Porque no había planes, no había expectativas, no había necesidad de fingir ni de ser alguien que no eran. Solo dos personas que habían encontrado el camino de regreso la una a la otra y que, por ahora, se permitían existir en ese espacio compartido sin preguntar demasiado.

Odeliah no podía recordar la última vez que había dormido junto a Kailan, ni la sensación de sus brazos rodeándola en un abrazo protector, como si incluso en sueños temiera su partida. Era curioso: años atrás, esa cercanía había sido moneda corriente. Despertares torpes antes del colegio, piernas enredadas bajo las sábanas, risas ahogadas para no despertar a sus padres. Ahora, todo eso se había convertido en un territorio nuevo y antiguo a la vez, como reencontrarse con la calidez de un hogar que creías perdido.

Al contemplarlo ahora, bañado por la suave luz matutina que acariciaba su rostro tranquilo y sereno, la escena se antojaba un sueño del que no deseaba despertar. Sus pestañas oscuras contrastan con la piel ligeramente bronceada, sus labios estaban entreabiertos, y una pequeña arruga en el entrecejo -que solo aparecía cuando dormía profundamente- le daba un aire casi infantil, desarmado. Odeliah sonrió. Así de vulnerable, así de real, así de suyo.

Por un instante, su mente viajó a los acontecimientos de los últimos días, a la rapidez con la que todo se había precipitado. Apenas dos semanas atrás, Kailan era un fantasma del pasado, una herida que creía cerrada pero que nunca había dejado de sangrar del todo. Y de repente, allí estaba. Bajo el brazo apoyado en su cintura, a tres pasos de distancia, en la puerta de al lado. El universo, pensó, tenía un sentido del humor retorcido y un timing inexplicable.

Sabía que era imprudente dejarse llevar así. La lógica dictaba que debería ir más despacio, proteger su corazón, construir barreras que la resguardaran de un posible desastre. Pero Odeliah estaba cansada de ser prudente. Había sido prudente cuando se alejó de él. Había sido prudente cuando aceptó salir con Leonel para intentar olvidar. Había sido prudente durante once días de encierro, repasando una y otra vez lo que sentía, pensando riesgos, calculando consecuencias. Y la prudencia, se daba cuenta ahora, solo le había traído soledad y una colección de "y si hubiera...".

Por eso, a pesar del miedo, era incapaz de ignorar o negar lo que sentía. El corazón no entiende de plazos ni de convenciones sociales. El corazón simplemente late, o se detiene. Y el suyo, desde que Kailan había vuelto a aparecer, latía con una fuerza que la asustaba y la maravillaba a partes iguales.

Todo lo que estaba viviendo parecía sacado de una novela romántica cliché, de esas historias donde la facilidad y la celeridad de los acontecimientos terminan por aburrir. Ella misma lo sabía bien, pues había pasado incontables noches en vela leyendo hermosas confesiones de amor en libros que devoraba con la avidez de quien busca algo que su propia vida no le da. Adolescente, había soñado con esos encuentros fortuitos, esas miradas que lo dicen todo, esas segundas oportunidades que la vida concede a los merecedores. Ahora, siendo protagonista de una, no podía evitar sentir cierta incredulidad.

-Es demasiado perfecto -murmuró para sí misma, en un hilo de voz que ni siquiera ella estaba segura de haber pronunciado en voz alta.

Y de alguna manera, en medio de esa perfección, echaba de menos las palabras. Las palabras que Kailan solía dedicarle en cada oportunidad cuando eran jóvenes. Antes, él tenía una facilidad innata para convertir cualquier momento en algo memorable. Podían estar en la parada del autobús bajo la lluvia, y él encontraba la frase exacta para que ella se olvidara del frío. Podían discutir por algo absurdo, y él siempre terminaba por desarmarla con una confesión que sonaba a poesía improvisada.

Recordaba las veces que él le cantaba canciones. No canciones cualquiera: las que ella había subido a sus historias, las que mencionaba al pasar, las que una vez dijo que le recordaban a él. Kailan las aprendía en secreto, y en cualquier momento -una tarde aburrida, un viaje en coche, una noche estrellada- comenzaba a tararearlas, y luego a entonarlas con una voz que nunca fue la mejor del mundo pero que a ella le parecía la más hermosa. Melodías que ella se había esmerado en aprender con la guitarra para demostrarle cuánto le importaba, devolviéndole el gesto con callos en los dedos y acordes desafinados que él celebraba como sinfónico.

Eran muchos los elementos que convertían su relación con Kailan en un cliché, y extrañamente, no le importaba. De hecho, le reconfortaba. Porque los clichés existen por algo, pensó: porque hay verdades que se repiten hasta volverse universales. El amor que vuelve, la llama que nunca se apaga, las segundas oportunidades... todo eso sonaba a trama de novela rosa, pero también era, simplemente, su vida. Era su historia, y tenían el poder de moldear a su antojo. Nadie más dictaba las reglas. Nadie más decidía si era demasiado pronto o demasiado tarde. Solo ellos.




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