Es raro cuando tienes que sintonizar la radio para inspirarte y a Jennifer le ocurre algo parecido, porque quiere ser diseñadora y solo se inspira con el tacto de los tejidos. Le gusta la costura, entiende de tejidos y miente a sus padres cuando les dice que ha quedado con amigas para ir a tomar algo porque en realidad va a la calle Atocha para ver las novedades en las tiendas de retales.
Sergio le acompaña de vez en cuando, aunque a él, lo que le gusta es ver edificios antiguos y abocetar en su cuaderno las fachadas más inusuales. Aunque en un pequeño rinconcito de su cuaderno de bocetos siempre hay un espacio para hacer un retrato de Jennifer.
Y ahí les teníamos, de nuevo frente a la puerta de la tienda de retales que abre media hora antes que la otra.
—¡Viniste el martes, Jennifer, no va a haber nada nuevo!
Ella le sacó la lengua y entró. Obviamente, Sergio la siguió.
Mesas enormes llenas de tubos cubiertos con metros y metros de telas con distintos colores.
—Esta es nueva. —Comentó Jennifer mientras acariciaba el rollo de tul de color crema.
—Esa tela estaba en la pared contra las cajas. —Le recordó su amigo—. Solo han traído las mallas al exterior porque en seis meses se acerca Halloween y la gente se querrá hacer disfraces con tiempo.
Jennifer movió la mano con desgana, indicando a Sergio para que se callara.
—¡Qué desperdicio de sábado! —se quejó Sergio.
—¡No haber venido! —le recriminó Jennifer.
—¡Tenía que comprar un bloc de papel vegetal y te has ofrecido a acompañarme!
—Luego nos acercamos a El Corte Inglés y te compras el bloc, ¿Vale?
—¡Jennifer!
La chica desoyó la queja de su mejor amigo. Para ella, Sergio solo era el único chico que no se quejaba de sus padres porque al seguir el linaje familiar no tenía que lidiar contra una familia que estaba en contra de dedicarse al arte.
—¡Sergio, ven, toca esta tela!
—¿Y ahora qué? —Sergio resopló.
—Pásate la tela por la cara, creo que es muy suave, quiero saber si te es agradable a la piel.
El chico accedió a regañadientes, se acercó un poco a Jennifer, aunque no mucho. Ella dió un paso hacia Sergio, con el metraje del tejido cargado y le pasó la tela por la cara.
Ni medio segundo tardó Sergio en apartarse del tacto de Jennifer. Le tomó el tejido y lo hizo él. Se había sonrojado con demasiada velocidad, y él mismo se había dado cuenta.
—Tiene tacto de camisa. —Desvió la mirada—. Es como la camisa hawaiana de mi tío Serafín, seda.
Sergio puso cara de superioridad, aunque solo fuera por imitar a su tío materno. Jennifer sonrió con complicidad ante el comentario del chico y siguieron mirando y palpando telas.
—A veces me da envidia que tus padres acepten que seas arquitecto. —soltó Jennifer con total naturalidad.
—No hemos llegado aún al examen PAU, y ¿tú ya me estás alcanzando la carrera?
—Mi madre preferiría que yo estudiara periodismo como ella o economía como el padre de Carlos. —suspiró— Aunque en realidad Marco trabaje como pez gordo en una multinacional de la empresa textil.
—Tienes razón, que le parezca mal, cuando su marido entiende estas cosas, parece algo hipócrita por parte de tu madre.
—¡Pero que Carlos suspenda o escoja irse de fiesta, eso les da igual! —Jennifer se frenó en seco.
—¿Pero tú no procedes de una estirpe de comunicadores? —Sergio hizo lo mismo.
—¿Y por eso tengo que tener las mismas aspiraciones que mi familia? —Se dio cuenta de que Sergio estaba contento con su posición en su propio linaje—. Sin ofender.
Sergio se acercó a su amiga y le palmeó el hombro como si le sacudiera un par de pelusas. Enseguida se percató de la tensión que sentía y la animó a regresar, intentando cambiar de tema.
Pasaron un ratito por la zona central de Madrid, compraron el material para Sergio, y en la papelería, Jennifer pecó comprándose un bolígrafo borrable de color rosa.
Regresaron juntos a casa, pues además de ir a la misma clase de bachillerato artístico en el instituto; Jennifer y Sergio, también eran vecinos.
A las siete y cuarto de la mañana, salían de su casa y se reunían en el portal para acudir juntos a clase. Todos los días, la misma rutina desde que descubrieron que irían al mismo instituto, seis años atrás.
—¿Crees que me quedaría bien un mechón rosa? —preguntó Jennifer.
Sergio se paró, mira a su amiga de arriba a abajo, y sin contemplaciones, respondió:
—Chicle o fucsia, vale, pero pastel, ni se te ocurra. —Prosiguió su camino.
—¿Qué hay de malo en el rosa clarito?
—Pues que tu pelo es marrón y parecerías una muñeca. —Sergio se negaba a darse la vuelta.
—¡Oye! ¿Me estás tomando el pelo?
Él reía y ella se enfurruñaba. Pero ese lunes parecía diferente. La clase de matemáticas de primera hora no se dió. Y los amigos se dedicaron a dibujar en sus cuadernos algún boceto aleatorio de lo que le gusta.
—Creo que se lo voy a pedir. —Comentó Jennifer.
—¿Qué, a quién? —Sergio se hizo el despistado.
—Le voy a pedir al "ojitos de cielo" que me haga de maniquí.
"Ojitos de cielo" era el apodo que tenía Brian, el único chico neoyorquino que había en el instituto y que casualmente también iba a la misma clase que Jennifer y Sergio.
—¡Qué cliché! —comentó Sergio con desagrado.
—Brian es alto, guapo, rubio, atractivo, y es físicamente un modelo perfecto para mi moulage.
Sergio se quedó sin aire, imaginándose a Jennifer tocando el cuerpo de Brian.
—¿Por qué Brian? —musitó.
—Porque es el más guapo del instituto. —Jennifer bajó la vista a su cuaderno y siguió dibujando.
Editado: 04.01.2026