Sergio se miró las manos; las tenía cerradas y apretadas.
Él no quería ser el modelo de Jennifer; nunca se vio atractivo, guapo o llamativo. Pero el pecho le ardía pensando en su amiga tocando al guaperas del curso.
—¿Tiene que ser él?
—El mejor escaparate es el mejor maniquí. —argumentó Jennifer.
Sergio pensó que Brian siempre podía negarse. El americano no sacaba muy buenas notas, y siempre estaba pendiente de acaparar las miradas más que de siquiera mirar por donde pisaba; podía decir que no.
Se le escapó una sonrisilla suspicaz.
—¿Y esa cara? —le preguntó su amiga.
—Pues, ¿qué te puede decir que no?
—¿Perdona? —Jennifer se ofendió—. ¿Dónde está ese amigo incondicional que me ayuda, hasta en las ideas más locas?
—Dándote un baño de realidad, Jenny.
Se acercaron juntos hacia donde Brian estaba.
—Jennifer, quería hablar contigo. —Brian se puso en pie al verles llegar.
—¿Conmigo? —se extrañó Jennifer.
—Me han comentado los profesores que eres la mejor alumna de la optativa de moda.
Sergio volteó la vista; era muy cantoso.
—¿Ah, sí? —Jennifer se sonrojó.
—Te he estado observando desde antes. —Brian sacó su lado más seductor—. Y me sorprendió saber que eras la creadora y no la modelo de los maniquíes que se expusieron hasta primeros de marzo.
—Jennifer. —La despertó Sergio—. La propuesta.
—¡Sí, cierto!
—¿Te puedo proponer yo a ti una cita también? —cortó Brian de manera abrupta.
—¿Querrías ser mi modelo? —se lanzó Jennifer.
Sergio miró hacia otro lado. El cruce de supuestas sugerencias no le gustaba.
—¡Me has leído el pensamiento! —El rubio mostraba una sonrisa de ilusión bastante genuina.
—¿Para eso era la cita? —Sergio intentó que Brian dejara las cosas claras.
—Me parece guapa, pero es eso lo que iba a comentarle en la cita. —Su sonrisa no mostraba maldad ninguna—. Han caído dos patos de un solo disparo.
Una carcajada limpia y sincera salió de Jennifer.
—¡Se dice "matar dos pájaros de un tiro"! —le corrigió con un cariño que Sergio creía exclusivo para él.
Se sintió molesto e intentó racionalizarlo con gestos ambiguos como rascarse el codo o meter la mano en el bolsillo.
El timbre sonó y Sergio suspiró.
Acudieron a clase, y por primera vez, no era él quien andaba al compás de Jennifer, sino Brian y su comodidad de galán sin esfuerzo.
Le dolió en el pecho más de lo que se permitía admitir.
Su propio cuerpo le había distraído de la voz de Jennifer.
—Te decía que la próxima vez que vaya a ver telas, Brian puede venir con nosotros, ¿qué te parece?
El dolor se acrecentó hasta casi ser insoportable; acompañarla a la calle Atocha era una molestia que solo quería soportar él.
—¿Es necesario? —preguntó intentando desviar el tema.
Jennifer se cruzó de brazos. No entendía las reservas de su mejor amigo.
—Será el modelo, Sergio. —Reparó en los cuadernos de su amigo—. ¿Tú diseñarías un edificio sin haber investigado el terreno? —Se giró hacia Brian, aunque seguía hablándole a Sergio—. ¡No voy a dejar que mi trabajo de fin de curso sea una Torre de Pisa!
Tocado y hundido. El ejemplo más internacional de las meteduras de pata por desinformación en el mundo del arte.
—Me parece a mí que un futuro arquitecto no pinta mucho viendo telas. —Brian sonreía sin malicia, y eso le dolió más.
Jennifer se lo tomó en serio y agachó la cabeza. Mientras Sergio le dio la vuelta a la situación en su beneficio.
—¿Acaso sabes de qué año son esos edificios? —replicó.
Jennifer sonrió a su amigo y también contestó a Brian.
—Ver telas perdería la gracia si no pudiera molestarle un poco; ¿no crees que sería divertido ir los tres juntos?
Sergio se sintió atacado y lo único que pudo pensar era en no ser tan predecible.
—Si vosotros estáis dentro, yo me puedo dedicar a replicar la fachada en mi cuaderno de dibujo.
Jennifer le miró entrecerrando los ojos como si intentara desencriptar su mente.
—¡Como quieras!
Agarró a Brian del brazo y siguió caminando hasta la clase de literatura, sentándose junto al americano y dejando a Sergio solo.
El chico no entendía el motivo del brote de su amiga y solo pudo resignarse ante la idea de la intrusión por parte del contrincante americano.
Pero no estuvo mucho tiempo sentado solo.
—Jennifer no ve lo que se pierde. —Comentó la voz hacia la que se giró.
—¡Carlos!
—No creas que no sabe lo que piensas de ella. ¡Le encanta hacerse la inocente, pero yo ya la he calado hace mucho!
—Eres una víbora venenosa, Carlos. Jennifer es tu hermana y hablas así de ella…
—No te equivoques, Sergio. —Le intentó acariciar el brazo con el dorso de los dedos—. El hecho de convivir con una hermanastra como Jennifer es lo que me hace inmune a esos encantos que os tienen obnubilados a todos.
—No me interesan tus insinuaciones, Carlos, déjame en paz.
Recibió un chasquido de lengua como respuesta, seguido de su punto de vista.
—Y por eso mismo no ha dudado en dejar de lado a su fiel escudero para correr en pos del brillante príncipe encantado, ¿cierto?
Sergio le miró frunciendo el ceño. La sensación de que Carlos había dado en el clavo no le pasaba inadvertida.
—Eres un metemierda.
Sergio volvió a mirar al profesor y la pizarra llena de quebrados.
Carlos se jactó en silencio y se dispuso a apuntar los ejercicios de clase como ya hacía Sergio.
La clase de matemáticas y la de historia pasaron rápido y llegó la hora de regresar a casa.
Al tándem habitual se acoplaron Carlos por obligación y Brian por afinidad.
Justo al salir del edificio y antes de llegar al exterior, Sergio tuvo que esquivar a su hermano, que iba corriendo. Pero ni siquiera eso normalizó la nueva situación de volver a casa los cuatro en vez de los dos amigos de siempre.
Brian se separó del grupo al pasar la segunda manzana y aún así, después de lo ocurrido en clase de matemáticas y con Carlos como testigo, el silencio entre Sergio y Jennifer dejó un doloroso regusto amargo que no supieron disolver hasta llegar a sus respectivas habitaciones.